Homilía de S.E.R. Mons. Chirstophe Pierre Nuncio Apostólico en México – Sábado 24 de Noviembre del 2013 – XVI Asamblea Diocesana – Papantla, Ver.

Clausura Año de la Fe, lanzamiento de la misión continental y despedida de Mons. Patrón Wong
(Diócesis de Papantla -23 de noviembre de 2013)

Querido hermano en el Episcopado.
Queridas hermanas y hermanos,

“El Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Nueva a los pobres”.

Llevando grabadas en su corazón estas palabras, Jesús entro aquel día en la Sinagoga de Nazaret para, leyendo del libro del profeta ese texto, hacer el anuncio que todos esperaban: ”hoy se ha cumplido este pasaje de la escritura que acaban de oír”. “el espíritu del señor esta sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”, para llevar el feliz anuncio de la salvación a todas las gentes. Ungido y enviado por el Padre para ungir al pueblo de Dios con el óleo de su realeza, y para ungir a los que Él elige y llama para que, ungiendo a su vez a los pueblos y personas, prosigan su misma misión, consagrando el mundo al Padre.
Unción de los elegidos para ponerse en marcha a la manera de Cristo y siguiendo a Cristo, lo cual, -ha dicho el Papa Francisco en su primera audiencia general-, “quiere decir aprender a salir de nosotros mismos (…), salir al encuentro de los demás, para ir hasta las periferias de la existencia, ser nosotros los primeros en movernos hacia nuestros hermanos y hermanas, especialmente los que estánmás alejados, los olvidados, los que estánmásnecesitados de comprensión, de consuelo y de ayuda”. “No debemos contentarnos con permanecer en el recinto de las noventa y nueve  ovejas, debemos “salir”, buscar con Él a la oveja perdida, a la máslejana. “¡Salir siempre! Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios quien los guía y hace fecundas todas nuestras acciones”.

¡Salir! ¡Ponerse en camino! Es eso lo que los discípulos de Jesús que conforman la Iglesia de Papantla se disponen precisamente a llevar a cabo con dinamismo y confianza en el Señor a lanzar la Misión Continental hoy, día en que concluimos el Año de la Fe y en el que, con sentimientos de gratitud y de perene comunión fraterna, damos a Mons. Jorge Carlos Patrón Wong, Pastor de esta iglesia que peregrina en Papantla nuestro: “hasta luego”, augurándole un fructífero ministerio allá y desde allá a donde el Señor lo conduce.

Nuestra fe.

Al concluir el Año de Fe damos gracias a Dios por ese precioso don; y lo hacemos confesando con el Papa Francisco, que si bien “somos vasijas de barro, frágiles y pobres”, “dentro llevamos un gran tesoro” que queremos ver acrecentado y madurado en nosotros y queremos compartir con los demás.

Damos gracias por el don de la fe que particularmente a lo largo de este año hemos contemplado, agradecido, celebrado y renovado a través de las iniciativas llevadas a cabo y que nos mueven a mirar con optimismo el horizonte de esta nueva época en el cualJesús debe llegar y reinar.

¡Este es el tiempo de la Nueva Evangelización! Tiempo de vivir la fe, de testimoniarla y transmitirla en toda su pureza y riqueza. Para ello es que el señor nos ha elegido, llamado y enviado a cada uno. Nos ha elegido para seguirlo, conocerlo, amarlo y, también para proclamarlo. Elección y envió: Dos movimientos que respectivamente parten de Dios y conducen a Dios, en Cristo Jesús. Dos movimientos que recíprocamente se dinamizan y refuerzan: de Jesús al hombre y del hombre, amado al modo de Jesús, a Cristo: “como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor, si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; (…). Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”.

Permanecer unidos en Cristo, significa aprender día a día a pensar, a sentir, a actuar como Él, para, a partir de ahí y en todo momento conformes a Él, hacer su voluntad. Permanecer unidos a cristo, como el sarmiento a la vid. Y la vid a los sarmientos no son cosas distintas, sino una cosa sola. Así, sostenidos por Él, los miembros  podemos recíprocamente sostenernos juntos de frente a las tempestades, para ofrecernos protección unos a otros y para crecer en vida. Juntos, en comunión, porque es así que hemos confesado y queremos confesar nuestra fe a lo largo de nuestras vidas.

Confesar que creemos que Dios es Padre, es Amor, y que nosotros somos sus hijos pensados, creados y sostenidos en la existencia, desde el amor; que en la historia caminamos en esperanza hacia la plenitud del Amor. Confesar que creemos que en Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios, rostro visible del Padre que nos llama a la conversión para que, transformados “en hombres nuevos”, permanezcamos unidos a Él, lo sigamos y seamos discípulos misioneros suyos.

Que creemos en el Espíritu Santo que nos anima, conforta, fortalece y santifica. Que recrea y transforma toda la creación. Que, presente en nuestras vidas, nos capacita para saber amar y luchar por la justicia y por la “civilización del amor”, renovado nuestra esperanza, disponiendo nuestros corazones para afirmar los vínculos de comunión y solidaridad con los hermanos y hermanas; para compartir sus gozos y tristezas, sus angustias y esperanzas, sobretodo de los pobres y afligidos.

Que creemos en la Iglesia de Cristo habitada por el Espíritu Santo, servidora del Reino de Dios y sacramento de salvación para todos, llamada a suscitar la fraternidad universal y  a ser hogar que acoge, comparte y envía, rostro alegre y festivo de la fe, dispensadora del perdón de Dios y promotora de la reconciliación. Ella es santa y al mismo tiempo pecadora, siempre llamada a la conversión y convocada a configurarse con su Señor.

Que creemos en la vida nueva que nos regala Jesús en su Pascua gloriosa; vida eterna, porque es la misma vida de Dios. Que creemos, por tanto, que resucitaremos con Jesús.

Misión Continental

Y hoy, nosotros, desde esa fe, como discípulos misioneros nos lanzamos a la Misión Continental a la cual nos han convocado los Obispos de América Latina y el Caribe reunidos en la Vª conferencia General en Aparecida: “En el vigor del Espíritu Santo, -escribieron los Pastores-, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda” (Mensaje Final, 5).

Y es que, como es fácil constatar, hoy asistimos a un cambio de época marcado por profundos cambios culturales y, por tanto, también por profundos cambios religiosos. Ya no es Dios, y ni siquiera el ser humano, el referente fundamental para las decisiones personales y sociales, sino el “sujeto”, el “yo”, el que determina que está bien y que está mal. Y en el campo religioso reina una análoga desorientación: cada quien determina la forma como quiere vivir su relación con el “dios” hecho a su medida. En el conjunto de la sociedad se percibe una crisis de sentido, el debilitamiento de la vida cristiana, la indiferencia y falta de referencia a los valores del Evangelio. Estos cambios culturales dificultan la transmisión de la fe en la familia y en la sociedad.

El propósito de la misión es, entonces, lograr que el evangelio convierta ante todo nuestros corazones, para, luego, unidos, en la iglesia, transformar juntos el mundo, llamado a gozar de la plenitud de la vida en la unión íntima con Dios Uno y Trino. Por tanto, -como afirman los Obispos-, se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros (cf. DA 11). Llevar, con creatividad y audacia, el anuncio a todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido; en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y másallá de nuestras fronteras (Mensaje Final 4).

Se trata, en consecuencia, de pasar de una iglesia centrada en sí misma, a una iglesia que sale al encuentro del otro, que mire al mundo para evangelizarlo, que no tiene miedo, que se arriesga y adentra hasta las másrecónditas periferias existenciales de la persona humana y de la sociedad.

Imagen, modelo, prototipo y guía en este camino, es María, la discípula por excelencia. Ella escucho la Palabra de Señor y la guardo en su corazón. Ella, con Jesús en su seno, corrió presurosa para asistir a Isabel. Ella dio al mundo al Hijo de Dios llenándonos de alegría. Ella proclamo, en nombre de todos los creyentes, las maravillas de acción salvadora del Señor en su cantico de acción de gracias. Ella nos fue dada en la cruz por el Señor como Madre. Ella, como con sus apóstoles, ora con nosotros implorando el Espíritu Santo. Ella, que amorosa nos espera en la casa del Padre común, nos acompaña siempre, sosteniéndonos con su intercesión.

Despedida

Prosigamos, pues, queridas hermanas y hermanos, la Eucaristía. Demos gracias por los frutos del Año de la Fe. Imploremos los dones del Espíritu Divino para emprender con valentía y coherencia, la Misión Continental, pero, también, al ofrecer el Sacrificio Eucarístico al Padre, encomendemos particularmente y muy de corazón al Señor, Dador de todos los bienes, la persona, el ministerio, las intenciones de Mons. Jorge Carlos.

La fe, querido hermano, es la que da claridad a los eventos que el Señor va poniendo a lo largo de la existencia de cada uno. La obediencia, característica fundamental del discípulo, y la llamada del Papa Francisco –“llamada” que a la base en realidad es “envió”-, te conduce a tierras lejanas desde las cuales podrás vislumbrar un horizonte tan amplio como el mundo y tan bellamente retador como la iglesia universal.

¡Animo y adelante! ¡Gracias! ¡Gracias a ti por tu generosa entrega a la Iglesia de Papantla! ¡Gracias a Dios, por habernos “prestado” tu persona y por habernos bendecido con tu presencia, testimonio y labor pastoral! ¡Animo y adelante!  La fe que nos une en este momento, la caridad y la esperanza que compartimos, seguirán manteniéndonos unidos siempre.

Queridos hermanos y hermanas. Es la hora de salir, de ponerse a caminar. ¡Vamos pues! Como los primeros discípulos de Jesús, díganle al mundo que: “eso que hemos visto y oído se los anunciamos, para que estén unidos con nosotros” (1 Jn 1,3). El Espíritu del Señor esta con ustedes. Vayan y unjan con el óleo de la palabra y de los sacramentos a las familias, las escuelas, los hospitales donde la vida nueva comienza y también donde la vida sufre y termina, vayan y unjan a los niños, jóvenes, adultos y ancianos, a todas las gentes y a todos los lugares de la diócesis y de mas allá, para que la bondad se consolide y se expanda en la sociedad; vayan y unjan los espacios en donde la bondad esta en lucha, en los que a veces son la mentira, el robo, la injusticia y toda criminalidad.

Con su Fiat al anuncio del Ángel, Maríaacogió en su seno al Verbo eterno dándole Ella su carne y su sangre. A María se le pidió creer que a quien concebía “por obra del espíritu santo” era el “hijo de Dios”(cf. Lc 1, 30.35). A nosotros se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, está presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y el vino.

Abrazando la fe viva este gran misterio, acojamos también a María presente a su modo en cada Eucaristía; y reconociéndola como Madre, abrámosle incesantemente nuestros corazones para que su presencia nos convoque y reúna como Iglesia discípula y misionera, nos ayude a amar entrañablemente a su Hijo presente en la Eucaristía y nos obtenga de Él, a todos y a cada uno, sus gracias, bendiciones y dones.

 

Querido Don Jorge Carlos: ¡que el Señor te bendiga!

 

Queridos hermanos y hermanas: el mundo y el hombre de hoy tiene hambre de Dios. Tiene hambre de sed de Cristo Jesús. Vayan, pues, y ¡Denles ustedes de comer!

Así sea.
 

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