Toma de posesión de S.E.R. José Francisco González González

Queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes y seminaristas, religiosos y religiosas. Distinguidos miembros de los diversos órganos de gobierno. Hijos todos de la iglesia particular de Campeche.
 
Convocados desde la fe, el pueblo de Dios que peregrina en Campeche, y nosotros, elevamos gozosos nuestra acción de gracias al Padre por la amorosa solicitud que nos manifiesta al enviar hoy a estas tierras un nuevo pastor que, en nombre y en persona de su Hijo Jesucristo guíe a los hombres y mujeres que son de Cristo por la senda de la vida, al encuentro con Él. También por ello, con el salmista nosotros podemos decir a toda voz: “proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”. 
 
La llegada de un nuevo obispo a una iglesia particular, un evento que de suyo planta sus raíces en lo más profundo del misterio salvífico de Dios en favor del hombre, suele suscitar muchas y variadas expectativas; no solo en el pueblo de Dios, sino también en la sociedad, porque de él se prevén y esperan nuevas iniciativas, determinadas acciones, específicas posiciones. De tal manera que, así, las esperanzas contenidas en los corazones de muchos tratan de abrirse espacio dentro de lo habitual o de lo normal de la vida eclesial. Sin embargo, -y conviene subrayarlo-, lo que en definitiva espera Cristo, la Iglesia, la sociedad, el mundo y el mismo ser humano, es que, a semejanza de Jesús, el obispo sea el “profeta” de Dios, que hable con la boca y con la vida, de Dios; que sea imagen viva del Buen Pastor, Jesucristo el Señor, dispuesto a gastar su vida, sin reserva alguna, por las ovejas. 
 
Ser profeta, llamado a romper barreras, a atravesar esquemas que al hombre frecuentemente parecen imposibles de superar. Ser profeta, palabra que se hace “espada afilada" y “flecha bruñida" que apunta lejos, muy lejos; porque la palabra no tiene límites; porque es como el viento, como el Espíritu que cubre todo y abraza todo, alcanzando hasta los más recónditos desiertos del hombre. Ser profeta. Profeta verdadero, de aquellos que nunca encajan con la realidad de quienes nada quieren cambiar. Pero que es precisamente para ello que Dios lo elige y llama: para dar un giro radical a la realidad, para hacer nuevas todas las cosas: las personas, el mundo, las sociedades; para que conduzca a todos los pueblos, a todos los seres humanos a Dios.
 
Misión retadora, fascinante y nada fácil. Lo experimentó en su momento Jeremías quien, escuchada la llamada de Dios, si bien siempre pronto a obedecer, no teme manifestar también sus temores ante el encargo recibido (Jer 15,10.18-19). Es consciente de la misión, y sin embargo, no esconde su anhelo de nada tener que ver con aquello de “arrancar y derribar” (Jer 1,10; 20,14-18). Pero Jeremías ha sido elegido para hablar sin miedo todo lo de Dios, sin anteponer sus propios límites. Dios le ha encargado una misión, y para realizarla, contará siempre con su asistencia y protección. Experiencia que corresponde a lo que Jesús exigirá luego a sus discípulos de todos los tiempos.
 
“Antes de formarte en el seno materno, -dijo Dios a Jeremías-, yo te conocía; antes de que salieras del seno materno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones (…). No temas ante ellos, porque yo estoy contigo para librarte”.
 
         Ser verdadero profeta, particularmente en nuestro tiempo, no es fácil. De suyo nunca lo ha sido. Pero esta es vocación del obispo: ser profeta y, también, ser pastor. Profeta para anunciar y mantener viva la esperanza; y pastor, para caminar con las ovejas, guiándolas, protegiéndolas, curándolas.
 
Y, ¡cuánto es hoy necesario que el obispo responda eficazmente a su vocación de ser profeta, testigo y servidor de la esperanza que “toma su fuerza de la certeza de la voluntad salvadora universal de Dios, y de la presencia constante del Señor Jesús” (Cfr.P.G.3; 4). La Iglesia, ante todo en la persona de sus obispos es deudora de esta profecía de esperanza a un mundo angustiado por los problemas del sin sentido de la vida. Es deudora de esta profecía para el hombre que vive en la oscuridad, en “un mundo sin Dios” (S.S. 44). Ser profetas de esperanza, -decían los Padres Sinodales-, sin “dejarnos intimidar por las diversas formas de negación del Dios vivo que, con mayor o menor autosuficiencia buscan minar la esperanza cristiana, parodiarla o ridiculizarla”.
 
Ser profetas, desde la certeza de la fe que hace que en nosotros, obispos, sea cada día sea más firme la esperanza, y más grande la confianza en que Dios seguirá abriendo amplios caminos de salvación y de verdadera libertad para el hombre; esperanza capaz de llenar el corazón de compasión para acercarse al dolor de cada hombre y de cada mujer que sufre, para aliviar, como el Buen Pastor, sus llagas físicas y sobre todo morales y espirituales.
 
Los obispos, en efecto, -como ha dicho el Papa Francisco-, hemos sido llamados y constituidos pastores precisamente por el Señor, no para servirnos a nosotros mismos, sino al rebaño que se nos ha confiado, servirlo hasta dar la vida como Cristo.
 
Pastores que poseen un corazón, tan grande, como para saber acoger a todos los hombres y mujeres que encuentran a lo largo de sus jornadas y, también, a aquellos que irán a buscar cuando se pongan en camino en sus parroquias y comunidades. Pastor que acoge con magnanimidad para caminar con su rebaño, con los propios fieles y con todos, compartiendo alegrías y esperanzas, dificultades y sufrimientos, como hermanos y amigos, más aún, como padres capaces de escuchar, comprender, ayudar, orientar; en un caminar juntos que requiere amor.
 
Un caminar juntos ayudándose; pidiendo disculpas, reconociendo los propios errores y pidiendo perdón, pero también, aceptando las disculpas de los demás, perdonando. Caminar unidos. Y un caminar, en el que el obispo no olvida que sus sacerdotes son sus primeros prójimos, sus indispensables colaboradores de quienes hay que buscar consejo y ayuda; a quienes hay que cuidar como padres, hermanos y amigos; cuidar su vida espiritual, pero también atender a sus necesidades humanas, sobre todo en los momentos más delicados e importantes de su ministerio y de su vida.
 
Luego, pastores con el olor de las ovejas, presentes en medio del pueblo, como Jesús Buen Pastor; en medio de los fieles, también en las periferias de la diócesis y en todas esas «periferias existenciales» donde hay sufrimiento, soledad, degradación humana. Caminando con el Pueblo de Dios: delante, indicando el camino, indicando la vía; en medio, para reforzarlo en la unidad; detrás, para que ninguno se quede rezagado, y para hallar nuevos caminos; para escuchar ‘lo que el Espíritu dice a las Iglesias’ y para escuchar la ‘voz de las ovejas’ 
 
¡Sí!, hermanas y hermanos. Ciertamente la tarea del obispo, profeta y pastor no es fácil. Pero, por otra parte, el obispo sabe que “nada es más bello que conocer –a Jesús- y comunicar a los otros la amistad con Él” (cfr. Benedicto XVI, 24.04.2005). El obispo, por ello, -como decía el Papa emérito Benedicto XVI-, se esfuerza con perseverancia por lograr que “la santa inquietud de Cristo” anime su ser pastor, para jamás mostrarse indiferente ante la realidad de “que muchas personas vaguen por el desierto (…). El desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. (…), el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores (que) se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores”.
 
Querido Mons. José Francisco. ¡Ponte en camino! Lleva a todos los hombres y mujeres de estas tierras “la esperanza que no defrauda” (Rom 5,5). Esa esperanza que es Cristo mismo. Esperanza que brota de la cruz, revelándonos cuánto en efecto la vida ha vencido a la muerte. “La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo" (Benedicto XVI, 24.04.2005).
 
Cumple, querido hermano en el episcopado, el “amoris officium” que constituye, según San Agustín, la esencia misma de tu ministerio, asumiendo fielmente la exhortación de San Pedro: “apacienten el rebaño que Dios les ha confiado y cuiden de él (…); no como si ustedes fueran los dueños de las comunidades que se les han confiado, sino dando buen ejemplo”. Oficio del Buen Pastor que gasta su vida enseñando, santificando y rigiendo al pueblo de Dios desde la sincera y profunda humildad, la fidelidad y la perseverancia, el sacrificio, la donación y la valentía, confiando plenamente en la gracia del Señor. 
 
Abraza con el alma y corazón a esta tu “esposa”, y hazla objeto de tu solicitud pastoral. Abraza con amor, sin distinción alguna, a todos y cada uno de los hijos de Dios que conforman esta tu nueva familia; a esta Iglesia de fuertes raíces cristianas permanentemente renovadas gracias al dinamismo y servicio pastoral de quienes te han precedido en esta Sede, en particular, de S.E. Mons. Ramón Castro Castro, hoy obispo de Cuernavaca y a quien toda la comunidad cristiana de Campeche, con afecto y gratitud encomienda a la custodia de la Virgen Santísima. 
 
¡Ánimo! A Ella, a María Santísima, Madre de los Apóstoles y de toda la Iglesia, que no cesa de velar por el bien de sus obispos y de cada uno de sus hijos, confiamos tu persona y ministerio. Que Ella alcance de Jesús la abundancia de gracias, dones y bendiciones a tu persona, a los sacerdotes, religiosas y religiosos, a las familias, a los jóvenes, niños y ancianos y a todos los hombres y mujeres de esta diócesis. Que Ella, con su auxilio e intercesión impulse a todos y a cada uno hacia una cada vez más creciente perfección espiritual, en el encuentro personal y fecundo con su amado Hijo, Jesucristo Nuestro Señor.
 
Así sea.
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter