La Unciòn de los Enfermos

EL PAPA: NO HAY QUE TENER MIEDO DE LLAMAR AL SACERDOTE PARA QUE DÉ LA UNCIÓN A LOS ENFERMOS O A LOS ANCIANOS, YA QUE ES EL MISMO JESÚS QUIEN LOS VISITA

Queridos amigos, les ofrecemos a continuación el texto completo de la catequesis de hoy del Papa Francisco sobre el sacramento de la Unción de los enfermos:

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy las previsiones decían “lluvia” ¡y ustedes han venido lo mismo! Tienen valor, ¿eh? ¡Felicidades!

Hoy quisiera hablarles del Sacramento de la Unción de los enfermos, que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado era llamado “extrema unción”, porque se entendía como consuelo espiritual en la inminencia de la muerte.

Hablar en cambio de “Unción de los enfermos” nos ayuda a ampliar la mirada hacia la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay un ícono bíblico que expresa en toda su profundidad el misterio que se trasluce en la Unción de los enfermos: es la parábola del buen samaritano, en el evangelio de Lucas (10,30-35). Cada vez que celebramos este Sacramento, el Señor Jesús, en la persona del sacerdote, se acerca a la persona que sufre y está gravemente enfermo, o es anciano.

La parábola dice que el buen samaritano cuida del hombre que sufre derramando sobre sus heridas aceite y vino. El aceite nos hace pensar en aquél que es bendecido por el Obispo cada año, en la Misa Crismal del Jueves Santo, justamente en vista la Unción de los enfermos. El vino, en cambio, es signo del amor y de la gracia de Cristo que brotan del don de su vida por nosotros y que se expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

Por último, la persona que sufre es confiada al dueño del albergue para que pueda seguir cuidándo de ella, sin considerar los gastos. ¿Quién es este dueño del albergue? Es la Iglesia, la comunidad cristiana, somos nosotros, a quienes cada día el Señor Jesús confía a los que están afligidos, en el cuerpo y en el espíritu, para que podamos continuar a derramar sobre ellos, sin medida, toda su misericordia y su salvación.

Este mandato está confirmado en modo explícito y preciso en la epístola de Santiago – que hemos escuchado – donde se recomienda: “Quién está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que ellos oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. Y la oración hecha con fe salvará al enfermo: el Señor lo aliviará y, si tuviera pecados, le serán perdonados” (5,14-15).

Se trata por lo tanto de una praxis que estaba en uso ya en tiempos de los Apóstoles. Jesús, de hecho, ha enseñado a sus discípulos a tener su misma predilección por lo enfermos y por quienes sufren, y les ha transmitido la capacidad y el deber de continuar derramando, en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de este Sacramento. Pero esto no nos debe hacer caer en la búsqueda obsesiva del milagro o en la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación.

Se trata más bien de la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque todo anciano, toda persona de más de 65 años puede recibir este Sacramento: es Jesús quien se acerca. Pero cuando hay un enfermo se piensa: “Llamemos al cura, al sacerdote para que venga. No, no, porque trae mala suerte, entonces no, no lo llamamos” o “después de asustará el enfermo”.

¿Por qué? Porque existe un poco la idea que, cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después de él llegan las pompas fúnebres: y eso no es verdad, ¡eh! El sacerdote viene para ayudar al enfermo o al anciano: por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Hay que llamarlo: “Ah, hay un enfermo, venga, le dé la unción, lo bendiga”.

Porque es Jesús que llega para aliviarlo, para darle fuerza, para darle esperanza, para ayudarlo. También para perdonarle los pecados. ¡Y esto es hermoso! Y no piensen que esto sea un tabú, porque siempre es hermoso saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos: el sacerdote y quienes están presentes durante la Unción de los enfermos representan, en efecto, a toda la comunidad cristiana que, como un único cuerpo, con Jesús, se estrecha entorno a quien sufre y a los familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno.

Pero el consuelo más grande deriva del hecho de que es el mismo Señor Jesús quien se hace presente en el Sacramento, quien nos toma de la mano, nos acaricia como hacía con los enfermos, Él, y nos recuerda que ya le pertenecemos y que nada – ni siquiera el mal y la muerte – podrá nunca separarnos de Él.

Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote, para que venga y dé a nuestros enfermos – no digo los enfermos de gripe, de tres, cuatro días, sino cuando es una enfermedad seria – y también a nuestros ancianos, este Sacramento, este consuelo, esta fuerza de Jesús para seguir adelante ¡Hagámoslo! Gracias».

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