Homilía Mons. José Trinidad

HOMILÍA EN LA TOMA DE POSESIÓN DE PAPANTLA

11 de junio de 2014, Plaza de Toros “El Pinal”

Queridos hermanos en Cristo Nuestro Señor. 

La Palabra de Dios que escogieron aquí en la diócesis de Papantla para mi toma de posesión e inicio de mi ministerio en estas tierras de Puebla y Veracruz son un llamado de este pueblo para el que ahora viene en el nombre del Señor como su Obispo.

Respondiendo a esta Palabra quiero decir con sencillez y como un acto de fe que hace diez el Señor me ungió y me envió a san Andrés Tuxtla para pastorear al Pueblo de Dios; ahora nuevamente me envía, pero a esta nueva tierra prometida, la diócesis de Papantla. Como siempre, se trata de anunciar el evangelio a los pobres, de curar las heridas del corazón, especialmente con el perdón de los pecados; se trata de anunciar el Reino de Dios: “Reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de Cristo Rey).

Esta unción y misión evangelizadora adquiere un carácter especial en estos tiempos que nos toca vivir nuestro País. Es necesaria la pastoral del consuelo a los afligidos, los afligidos de la violencia y la inseguridad para: “cambiar su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría y su abatimiento en canticos”. Dios quiera que su servidor, junto con los sacerdotes, ungidos del Señor, seamos ministros de una iglesia más samaritana para curar las heridas de los hermanos encomendados a nuestro ministerio pastoral. Dijo el Papa Francisco en la Misa crismal del año pasado que: “La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón” Se trata de ungir a nuestro pueblo: “en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús”.

Para lograr lo anterior, quiero invitar a todos a poner nuestra confianza en el Señor. La diferencia para que las cosas salgan bien no está en confiar en nosotros, sino en el poder de Dios. Por boca del profeta Jeremías el Señor nos dice: maldito el hombre que confía en sí mismo y en él pone su esperanza… Bendito el que confía en el Señor, será como un árbol plantado junto al agua, con raíces profundas, que no temerá el calor ni el año de sequía (cfr. Jr 17, 5-8). El salmo que acabamos de escuchar está en esta sintonía: “Por ser un Dios fiel a sus promesas me guía por el sendero recto. Así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad”.

Teniendo en cuenta el Magisterio latinoamericano todos juntos debemos hacernos discípulos misioneros en comunión. El Papa Francisco nos ha dicho recientemente en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium que quiere una Iglesia en salida hacia las periferias existenciales. Este es el reto que tenemos hoy. Espero en Dios que para lograrlo, caminemos como familia de fe, obispo, sacerdotes, religiosas y fieles del pueblo de Dios: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4, 5-6). Como dijo san Agustín: “Si me asusta lo que soy para vosotros me consuela que estoy con vosotros, para vosotros soy el obispo, con vosotros soy un cristiano; ser obispo es una responsabilidad, ser cristiano es un don; ser obispo es un peligro, ser cristiano es la salvación”.

Como su obispo, unido a Jesucristo debo orar por todos ustedes y ofrecer dones y sacrificios por los pecados del pueblo y los míos propios; sé que ustedes también lo harán por mí, porque saben que como ustedes estoy envuelto en debilidades; sé que debo cargar la cruz de cada día, la cruz del episcopado; sé que algunas veces la cruz se hará más pesada y tendré que dirigirme a Dios con fuertes voces y lágrimas y; sé que siempre seré escuchado aunque no siempre Dios me conceda lo que le pida porque él nos enseña a obedecer padeciendo, y así nos santifica y santifica también a los que están bajo nuestro cuidado pastoral.

Este nuevo llamado y envió que me hace el Señor es una gracia muy especial que significa cambio, conversión. Considero que cambiando las circunstancias externas, y vaya que el envío a Papantla es un cambio externo, es más fácil el cambio interior del corazón, sobre todo si queremos permanecer en el amor de Cristo, el cual es la fuente de todo lo demás. Dios nos ha amado primero, sólo experimentando y viviendo en ese amor podremos vivir el mandamiento de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo los he amado”. Esta es la fuente del discipulado. El fundamento y la razón última y definitiva es el amor de Cristo y, por lo mismo el amor va a tener, por un lado, sus exigencias, es decir cumplir sus mandamientos, y, por otro lado, sus gozos y alegrías “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”.

Los discípulos de Jesús debemos amarnos, pero no de cualquier manera, sino como él nos ha amado, es decir dando la vida, esa es la forma como él nos ha amado. Por eso agrega el Señor: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos”. Jesús ha dado la vida por nosotros. “Ustedes son sus amigos”, pero aclara en seguida: “Si hacen lo que yo les mando”, es decir, amor con amor se paga. La amistad con Jesús exige cumplir los mandamientos, que en definitiva se reducen a uno, ‘al mandamiento del amor, como él nos ha amado’. Amar es dar la vida por los seres amados. La prueba de que Jesús nos ama es que dio la vida por nosotros. Así nosotros debemos dar la vida unos por otros.

Jesús insiste también en la amistad como intimidad, comunicación y revelación. Dice: “Ya no los llamó siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamó amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre”. Si somos sus amigos debemos platicar frecuentemente con él, en la oración; él es el amigo que nunca falla, que nos conoce y comprende, el amigo que nos espera y escucha. Pero Jesús, no sólo nos escucha, sino que nos revela los misterios más íntimos y profundos de su Padre Dios: “Lo que he oído a mi Padre”, dice aquí; o como dice en san Lucas: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños… nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 21-22). Si nosotros somos sus amigos, sus pequeños y sencillos, él nos revelará los misterios del Reino, es decir nos hablará incluso sin palabras, de corazón a corazón como a los discípulos de Emaús que decían: con razón nuestro corazón ardía mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras (cfr. Lc 24, 32).

Finalmente, con el tema de la elección gratuita, Jesús retoma las enseñanzas de la alegoría de la vid, cuando les dice a sus discípulos: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre”. Jesús nos ha elegido, no somos amigos de Jesús por méritos nuestros, sino por gracia suya, por eso como agradecimiento debemos corresponder permaneciendo en su amor y dando muchos frutos.

Al inicio de mi ministerio entre ustedes quiero recomenzar desde Cristo mi vida personal y pastoral encomendándome: a san Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes; a san Rafael Guizar y Valencia, quien siendo obispo de la entonces diócesis de Veracruz propuso y obtuvo de la Santa Sede la erección de la Diócesis de Papantla; a san Juan Pablo II que me ordenó sacerdote, me nombró obispo de San Andrés Tuxtla y para esa ocasión me revistió con esta mitra, báculo y el ornamento que traigo puesto; a san Miguel Arcángel, protector del pueblo y defensor contra las asechanzas de Satanás; a san José, custodio del Redentor y, por lo mismo, patrono de la Iglesia Universal; y, naturalmente, a la Santísima Virgen María del Monte Carmelo quien junto con Cristo ha pisado la cabeza de la serpiente que es el diablo y Satanás. Que todos los santos intercedan por nosotros. Que así sea.

 

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