Homilía Mons. José Trinidad: La Santísima Trinidad

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Día del Padre, 15 de junio de 2014
 
Queridos hermanos, después de haber tomado posesión de esta diócesis de Papantla, el 11 de junio, la primera Misa que vengo a celebrar en mi catedral es la Misa de la Santísima Trinidad, en este día en el que se festeja también al padre. Aunque todos los días y todos los domingos en la Misa celebramos a la Santísima Trinidad, es decir a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia ha querido que haya un día más especial. Por esto, cada año, después de haber celebrado la resurrección del Señor y la donación de su Espíritu Santo, es decir la fiesta de Pentecostés, el domingo siguiente se celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Esta fiesta cierra con broche de oro la celebración de los misterios de nuestra salvación y con ella nos adentramos a vivir el tiempo ordinario, el cual vivido en la presencia de Dios, no tiene nada de ordinario, porque la gracia de Dios es extraordinaria y Dios está interviniendo en cada momento de nuestra vida.
 
La lectura del libro de éxodo nos revela que Dios es: “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Cuando Dios le reveló esto a Moisés, Moisés “se postró en tierra y lo adoró” y le dijo: “Dígnate venir con nosotros”. En realidad, Dios al revelarse ya ha venido a nosotros, se nos ha acercado, nos ha buscado, en una palabra nos ama, es el Emmanuel, Dios con nosotros, como lo vivimos en Navidad (cfr. Mt 1, 23). Esta cercanía a nosotros lo irá revelando cada vez más como un Dios que es amor, así nos lo dirá más tarde san Juan (1 Jn 4, 8), por esto mismo, como dice el libro del éxodo: “perdona nuestras iniquidades y pecados”. San Pablo nos dirá en la carta a los Romanos que: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8).
 
El evangelio de hoy dice que: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único”. Es decir: tanto amó el Padre, a la humanidad que su Hijo se hizo hombre para que entráramos en comunión de amor con él. Sabemos, por la Sagrada Escritura, que ese Hijo, para llegar al mundo, fue concebido por obra del Espíritu Santo, en el vientre de la Santísima Virgen María (cfr Lc 1, 26-38), y vivió toda su vida revelándonos el amor del Padre, y revelándose a sí mismo, como Hijo del Padre y, finalmente, reveló y prometió el Espíritu Santo. Esta es la revelación por excelencia: que Dios es uno en tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hoy que también celebramos al padre que nos ha engendrado en este mundo comprendemos mejor que de Dios brota toda paternidad. Dice San Pablo que de Dios: “toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef. 3, 15). Este es el misterio de la Santísima Trinidad.
 
Ahora bien, hay que aclarar que cuando en la Biblia se habla de misterio no se trata de algo para asustarse o de algo que nada se puede saber. Todo lo contrario, misterio en la Biblia es un secreto antes oculto, pero luego revelado por las Escrituras. San Pablo dice que: “La predicación de Jesucristo es revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen” (Rm 16, 25-26). Así pues, esta revelación ha llegado a su plenitud especialmente por nuestro Señor Jesucristo, él es el gran revelador de este misterio. Así que el misterio de la Santísima Trinidad no es un misterio para temer, sino un misterio para creer, es un misterio de fe, de vida y de amor. Si queremos entender mejor esto es necesario crecer en la fe y en el amor a Dios y a nuestro prójimo. Entre más fe y amor a Dios, más revelación de Dios a nosotros acerca de su propio misterio. Entre más entrega de nosotros a Dios y más amor al prójimo, más entrega de Dios a nosotros en su Hijo Jesucristo con el Espíritu Santo.
 
Dios es amor nos dice san Juan en su primera carta (cfr. 1 Jn 4, 8). Por esto, porque es amor se exige en Dios unidad, (es un solo Dios) y pluralidad (en tres personas). Si Dios no fuera “uno” no sería Dios, pero si Dios no fuera “trino”  tampoco sería amor. Ahora bien, porque Dios es amor se exige en él riqueza de ser y acto de dar y recibir: el Padre se da amorosamente al Hijo y el Hijo se entrega también amorosamente al Padre y ese amor de los dos hace una tercera persona, el Espíritu Santo. También en Dios se exige plenitud en sí mismo, y emanación fuera de sí mismo. Por esto, por su emanación fuera de sí mismo, creó todas las cosas, por eso es nuestro creador, somos fruto de su amor.
 
El evangelio dice también que: “El que crea en él tiene vida eterna porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Para esto es necesaria la fe, por eso dice Jesús: “El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”. Así pues, la fe es vida y salvación eterna; la incredulidad es condenación porque es negarse al amor, es negarse a vivir en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así Jesús reveló el misterio de Dios, su propio misterio y también el misterio del hombre en relación con Dios: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (cfr. GS No. 22).
 
Ahora bien, lo más importante es que nosotros vivamos, cada momento, en la fe, inmersos en el misterio de la Santísima Trinidad, en el misterio de ese Dios Uno y Trino que es amor: somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, al levantarnos o acostarnos nos santiguamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo mismo a la hora de empezar un trabajo, a la hora de bendecir los alimentos o hacer oración. La Misa la empezamos y terminamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y en ella, cuando profesamos la fe decimos que creemos en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo; el sacrificio de Cristo que se hace presente en el pan y el vino consagrado lo ofrecemos al Padre en el Espíritu Santo. Así que la vida cristiana está marcada por el misterio de la Santísima Trinidad. Por todo esto debemos estar siempre alegres y vivir el misterio de la Trinidad en nuestra vida concreta de cada día, en unidad espiritual interior y en unidad exterior con nuestros hermanos. Si Dios es comunidad de personas, de Dios brota toda fraternidad, por esto debemos buscar siempre la unidad.
 
Hermanos, el misterio de la Santísima Trinidad es una verdad revelada por Cristo, es un misterio no fácil de comprender (San Agustín dijo “si lo comprendes no es Dios”), se trata de un misterio que hay que creer y vivir en la fe y en el amor a nuestros hermanos. Por esto, si creemos en Dios Uno y Trino, es decir en Dios Unidad y Trinidad, debemos vivir en unidad unos con otros. Que: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes” (2 Co 13, 13).
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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