Homilía Mons. José Trinidad 22 de Junio

HOMILÍA EN EL XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
22 de junio de 2014
 
“Ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”.
 
Queridos hermanos: El profeta Jeremías, por el anuncio del mensaje de Dios, experimenta el rechazo de sus mismos compatriotas, siente en carne propia que el Señor de los ejércitos, lo pone a prueba; pero al mismo tiempo, experimenta la presencia del Señor como guerrero poderoso a su lado. El profeta, en carne propia, fue una profecía del mismo Cristo nuestro Señor, rechazado, condenado y colgado en la cruz.
 
El salmista vive una situación similar a la de Jeremías, dice: “Extraño soy y advenedizo, aun para los de mi propia sangre”; pero también confiesa que Dios es fiel en el socorro y, porque es bueno, en su ternura vuelve a él sus ojos. Dios no dejó en el olvido a Cristo crucificado, y sin embargo no lo bajó de la cruz. En la aparente derrota de la cruz está la victoria de Dios sobre el pecado y sobre la muerte. Aunque parezca lo contrario, en esto está la fuerza de la cruz para el discípulo de Jesucristo. Es lo que dice el salmista: “El Señor jamás desoye al pobre ni olvida al que se encuentra encadenado”.
 
Hermanos, Dios quiere que, en la fe, vivamos, en cierto modo el cielo en la tierra, pero con todo y esta gracia, estamos inclinados al pecado. Esta doble relación aparece en la carta a los Romanos con la figura de Adán y de Cristo; de uno heredamos el pecado, del otro la gracia; Adán simboliza nuestra condición pecadora y mortal, Cristo es nuestra esperanza de vida eterna. Si bien, por nuestra condición humana, somos hijos de Adán, por la gracia del bautismo somos sumergidos en Cristo y llegamos a ser hijos de Dios, ya desde este mundo. En este sentido dice san Juan: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 1-2). Así pues, ahora somos hijos en la fe, después lo seremos en la contemplación de la gloria de Dios.
 
El evangelio es una invitación entusiasta y realista de Jesús a sus apóstoles, para anunciar el evangelio, a pesar de todas las adversidades. En tres ocasiones Jesús dice a sus apóstoles: “No tengan miedo”. “No tengan miedo a los hombres”, dice en la primera vez; “A los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, dice en la segunda, y en la tercera agrega: “Porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”. Seguir a Jesús es estar dispuestos a todo, menos a perderlo a él y la vida eterna. Con la invitación a no temer, Jesús invita a vivir, realizar la misión y morir, si es necesario, por esta causa, confiados a su presencia, poder y victoria en la paradoja de la cruz.
 
En las palabras de Jesús: “Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas”, se puede ver que es urgente anunciar el evangelio. Sin embargo, los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio en medio de un mundo adverso, por lo tanto se necesita valentía, pero sobre todo se necesita ser hombres de fe que van a realizar la misión no confiando en sí mismos sino en Dios. Así que, por un lado está la urgencia y por otro lado la adversidad y, en medio de esta situación la debilidad de los apóstoles. ¿Cómo hacer para anunciar, con entusiasmo y alegría, el evangelio en una situación así? Para esto Jesús les da varios motivos a sus apóstoles:
 
El evangelio no tiene fronteras ni de tiempo ni de espacio: “No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse”. A los apóstoles les toca colaborar en el anuncio del evangelio, pero la gracia de que otros acepten este mensaje no depende ellos, sino de Dios; ellos ciertamente deben ir a anunciar el evangelio con todo el entusiasmo y con todos los recursos humanos o materiales de que dispongan, pero lo más importante no es lo que hacen ellos, sino lo que hace Dios. Cierto que al anunciar el evangelio han de tratar de tocar los corazones, pero finalmente el que toca las fibras más profundas es el Señor. En este sentido vale la pena recordar que la fe es una puerta que se abre cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón de deja plasmar por la gracia que transforma (cfr. Porta Fidel No.1).
 
Otro motivo es la inmortalidad del alma: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. En el anuncio del evangelio los discípulos están expuestos a perder la vida terrena, pero no la vida eterna porque saben que Cristo murió en la Cruz, fue sepultado pero resucitó al tercer día y en él está nuestra esperanza de vida eterna. Después de Cristo, el príncipe de los mártires, ¡cuántos a lo largo de la historia de la Iglesia han seguido sus pasos precisamente anunciando y esperando la resurrección de entre los muertos! Con este evangelio Jesús insiste en que no hay que tener miedo a morir, sino a la condenación eterna. Por esto mismo dice Jesús: “Teman, más bien, a quien pude arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo”.
 
Otro motivo es la filiación divina: “Ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo”. La razón última y definitiva para no desfallecer en el anuncio del evangelio, en medio de las adversidades, es porque los discípulos son hijos de Dios. Para ilustrar esto último, Jesús dice que los pajarillos no caen por tierra: “Si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados”. El valor y la grandeza de los discípulos está en su filiación divina. Como Dios es un padre amoroso, saben que siempre estará con ellos en las pruebas y en sus alegrías, en la cruz y en la gloria.
 
El resultado final: “Quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos”. Se trata del premio a la misión, se trata de la entrada en la gloria. A quien haya realizado su parte en la obra de la salvación, Cristo le dirá: “Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 23). Sin embargo las últimas palabras de este evangelio parecen una amenaza: “Al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre”. Las primeras palabras, sobre todo la frase “delante de los hombres”, expresa el testimonio público que se debe de dar; pero la frase “yo también los negaré” no es el juicio final, sino la invitación a no dejar para después de la muerte la conquista de la vida eterna que tenemos que hacer día a día en el seguimiento de Jesús.
 
Hermanos, lo que Jesús dijo para sus apóstoles lo dice hoy para nosotros, Por lo anterior no debemos tener miedo. Es urgente anunciar el evangelio con valentía, pero sobre todo con la alegría de que somos hijos de Dios y él cuida de nosotros. ¡Qué Dios les bendiga!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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