Homilía: San Pedro y San Pablo

HOMILÍA EN EL XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo
29 de junio de 2014

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

Queridos hermanos, por la importancia que tuvieron san Pedro y san Pablo en los primeros tiempos de consolidación de la Iglesia, desde el siglo III: “Después de haber congregado por caminos diversos a la familia de Cristo, esa misma familia los asocia ahora en su veneración en una sola corona” (Prefacio de la Mis), es decir en una sola celebración y, no es para menos, porque ellos son las principales columnas de la Iglesia. Ambos predicaron incansablemente el evangelio y ambos sufrieron el martirio en Roma, según la tradición, Pedro por el año 64 y Pablo por el año 67, durante la persecución de Nerón a los cristianos.

Pedro simboliza a la Iglesia institución, Pablo a la Iglesia misión; por su profesión de fe, con Pedro se ve más clara la solidez de la Iglesia; con Pablo, se nos muestra la expansión de la Iglesia hasta los confines del mundo. En este sentido el prefacio de la misa dice que: “Pedro es nuestro guía en la fe que profesamos; Pablo, expositor preclaro de tus misterios. Pedro consolidó la Iglesia primitiva con los israelitas que creyeron; Pablo fue preceptor y maestro de los paganos, que Dios quería llamar a su Iglesia”.

En este día, en las primeras lecturas se ve claramente que el Señor no olvida a sus fieles ni en la prisión ni en la tribulación y al final de todas las pruebas les da la corona merecida a los trabajadores del evangelio. Por el año 44 el Rey Herodes (Agripa), para agradar a sus súbditos judíos: “Mandó pasar a cuchillo a Santiago, el hermano de Juan” y ordenó el encarcelamiento de Pedro. Sin embargo, Pedro fue liberado milagrosamente por el ángel del Señor. Hay que señalar la importancia de la oración, pues: “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad no cesaba de orar a Dios por él”. Una vez liberado, Pedro confiesa: “El Señor envió a su ángel para librarme de las manos de Herodes”.

En este mismo sentido el salmista exclama: “Cuando acudí al Señor, me hizo caso y me libró de todos mis temores… el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias”. Pablo también experimenta a ese Dios liberador, que aunque no le evita cargar con la cruz del seguimiento de Cristo, siempre estuvo con él: “Cuando todos me abandonaron, el Señor estuvo a mi lado… Y fui librado de las fauces del león. El Señor me seguirá librando de todos los peligros y me llevará sano y salvo a su Reino celestial”.

El evangelio, por su parte, nos muestra que la fe de Pedro es fruto de una revelación, sobre la que está edificada la Iglesia y hace bienaventurado al que la profesa. Llegados a Cesarea de Filipo, Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” A esta primera pregunta los discípulos contestaron lo que otros piensan: “Unos que eres Juan el Bautista; otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas”. Hay que recalcar que es más fácil responder a esta pregunta porque no se comprometen personalmente en lo que dicen, simple y sencillamente dicen lo que otros piensan. Sin embargo, Jesús después se dirige directamente a ellos: “Y ustedes, quién dicen que soy yo”. Hay que notar que Jesús pregunta a todos, pero el único que contesta, “tomando la palabra”, es Simón Pedro. Pareciera que Pedro además de, a nombre propio, contesta en nombre de todos ellos: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”. La respuesta es brevísima, pero su contenido es fundamental porque se trata de lo esencial sobre la fe de la Iglesia en la identidad de Jesús.

Por estas palabras, Jesús dice a Pedro “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos!”. En estas palabras de Jesús se puede notar que lo que acaba de decir Pedro no puede ser conclusión de un razonamiento ni resultado de la sola experiencia con Jesús, sino que se trata de una revelación, por eso Pedro es dichoso, bienaventurado; la fe es una gracia, un don de Dios. Si bien todo lo anterior entra en juego, el razonamiento y la experiencia con Jesús, lo importante y decisivo es que Dios le reveló a Pedro el misterio de Jesús. En este mismo sentido el Señor Jesús dijo en otra ocasión: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 25-27).

Jesús añade: “Yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”. Estas palabras de Jesús han derramado mucha tinta para afirmar o negar cuál es esa piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia. Es evidente que Pedro cuyo nombre significa piedra o roca no puede ser el fundamento sobre el que Jesús edifique su Iglesia, pero sí la fe de Pedro que tiene como fundamento la misma persona de Jesús, cuya misión es ser la pierda viva en la cual todos somos también piedras vivas del edificio espiritual que es la Iglesia (cfr. 1 P 2, 4-5), por eso dice san Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo la piedra angular” (Ef 2, 20).

También dice Jesús a Pedro: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. De manera que Pedro, por su fe, participa de la solidez de la Piedra fundamental que es Cristo. Por lo mismo el Papa, como sucesor de Pedro, tiene la misión de atar todo aquello que constituye parte fundamental de la fe o desatar todo aquello que le sobra y, por lo mismo, también puede atar o desatar a todos aquellos que aceptan o rechazan la fe de Pedro. El poder de atar a desatar es el poder de unir o separar de la Iglesia y esta unión o separación se extiende al Reino de los cielos.

Hermanos, el Señor nos pregunta hoy a cada uno de nosotros ¿qué pensamos acerca de él?, ¿quién es él para nosotros? No es una pregunta de catecismo, sino de relación personal con él, es una pregunta de comunión vital y por lo mismo nuestra respuesta tiene que ser más una gracia de Dios que un razonamiento nuestro. Contestémosle en la fe, de manera personal y privada, y profesemos públicamente la fe de Pedro y pidámosle a Dios el celo evangelizador de Pablo y así, todos unidos, participemos en la evangelización y en la oración de intercesión por los que sufren o están encarcelados. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 

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