Homilía: “Manso y Humilde de Corazón”

HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
6 de Julio de 2014
 
“Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga”
 
En este día la Palabra de Dios muestra a Jesucristo como nuestro liberador y mediador entre Dios y los hombres; liberador que da la paz interior si, cansados y agobiados, nos acercamos a él y tomamos sobre nosotros su yugo y su carga ligera.
 
La lectura del profeta Zacarías anunciaba un rey Mesías: “justo y victorioso, humilde y montado en un burrito” que, haciendo desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate, traería la paz a las naciones. La paz es un don de Dios, pero también es una tarea, la paz hay que construirla. El Señor Jesús llevó a cabo esta profecía entrando en Jerusalén montado en un burrito para manifestar que es un rey de paz, o como dice el evangelio de hoy, “manso y humilde de corazón”. Tan manso y humilde de corazón que fue crucificado y, extendiendo los brazos en la cruz, abrazó a todos los pueblos haciéndolos uno solo. Cristo crucificado unió en la cruz el cielo y la tierra y a todos los hombres entre sí.
 
La lectura de san Pablo a los Romanos pone en oposición a los que viven conforme al desorden egoísta del hombre y a los que viven conforme al Espíritu de Dios. Pareciera que en este mundo sólo hubiera dos maneras de ser, los que viven según la carne y los que viven según el Espíritu. Es la misma oposición que aparece en los evangelios entre los que hacen la voluntad de Dios y los que hacen su propia voluntad. Todos pertenecemos a Dios puesto que él es nuestro creador, pero dice san Pablo que: “Quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”. Habrá que decir que el Espíritu de Cristo lo recibimos desde el bautismo y que con la confirmación recibimos una nueva efusión, pero no siempre nos dejamos guiar del Espíritu del Señor, sino de nuestro propio espíritu o de nuestros propios criterios, los cuales se convierten en regla de conducta que desafortunadamente muchas veces lleva por caminos de muerte contarios al camino de Dios.
 
El evangelio, por su parte, opone los sabios y entendidos a la gente sencilla. En la oración de Jesús, en primer lugar, se dirige a Dios como Padre: “Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra”. El motivo de la oración de Jesús es: “Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla”. En estas palabras no se nos dice cuáles son “estas cosas” pero es evidente que se refiere a los misterios del Reino de Dios que tienen como centro la revelación del Padre y del Hijo. Ahora bien, ¿Por qué Dios oculta sus misterios a sabios y entendidos y los revela a la gente sencilla? No es que Dios no quiera que todos conozcan los misterios del Reino, sino que los sabios y entendidos, por confiar en su conocimiento humano, tienen cerrados los ojos del espíritu a la revelación de Dios. En cambio, la gente sencilla que no tiene ninguna seguridad o apoyo humano, está, por esa misma situación, abierta para que Dios le revele el designio de su amor, o mejor dicho para que se le revele como amor en su Hijo Jesucristo.
 
En la explicación que Jesús da, después de su oración, se ve muy claro cuál es el contenido de la revelación, que Dios oculta a los sabios y entendidos y revela a la gente sencilla. Se trata de la revelación que Dios hace de sí mismo y de su Hijo, por eso dice: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. De manera que el medio para conocer al Padre es Jesús, y el que más conoce a Jesús es el Padre. Así que al conocer a Jesús se conoce más al Padre y al conocer al Padre se conoce más a Jesús. Sin embargo, como “El Padre ha puesto todo en sus manos”, tanto la revelación del Padre como del Hijo tienen como medio a Jesús; Jesús es el revelador del Padre y revelador de sí mismo. Jesús es el revelador del misterio de Dios así como del misterio del hombre, el que conoce a Jesús, conoce al Padre y se conoce más a sí mismo en el conocimiento de Dios.
 
La carga de los agobiados y el yugo de Jesús. En sentido amplio los fatigados y agobiados por la carga son todos los que sufren. Sin embargo, en los tiempos de Cristo podía entenderse por carga todas las exigencias de la ley, las cuales en lugar de liberar oprimían a los que querían seguirlas. Bien dice san Pablo que la ley mata el espíritu da vida (cfr. 2 Co 3, 6); pues bien el yugo de Jesús libera y da vida. Ciertamente Jesús no dice que va a quitar la carga a todo aquel que se acerque a él, sino que le ayudará a llevarla. En efecto todo el que sufre alguna enfermedad y se acerca a Jesús pidiendo la salud corporal y Jesús no se la da, ciertamente que le da la salud espiritual y esa persona ya no va a sufrir sola, sino que se une a la pasión de Jesús y Jesús se une a ella en su sufrimiento y de esta manera su carga, es decir su cruz, se hace ligera.
 
Acercándonos a Jesús, la carga se hace ligera porque Jesús nos impone otra carga, es decir su yugo, sin embargo el yugo de Jesús es el yugo de su amor, es el yugo de la comunión con él, que siendo de condición divina se hizo pequeño, sencillo, humilde (cfr. Flp 2, 6-1). Por esto nos dice: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Este es el camino del evangelio que da el descanso, la paz y aligera la carga de la vida: la imitación de Jesús manso y humilde de corazón. La humildad es el camino de la verdad, de la comunión y de la santidad. Precisamente porque es camino de la verdad, Dios releva a los sencillos la verdad de su propio misterio; porque es camino de la comunión, Dios se nos da en Jesucristo y nos ayuda a llevar nuestra cruz de cada día; porque es camino de santidad, unidos a Jesús, la carga de nuestra cruz nos santifica.
 
Además, siempre constatamos que los sencillos y humildes son los que más se acercan y más se parecen a Jesús, por esto Dios les revela su amor; son los que toman su yugo, son los que toman su cruz y lo siguen, son los que no tienen conocimientos humanos para conducirse en esta vida, sino que su yugo es la ley del Señor, su Palabra, su voluntad; en cierto sentido son todos aquellos que se mencionan en las bienaventuranzas: los pobres de espíritu, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos (cfr. Mt 5, 3-10).
 
Hermanos, que Dios nos conceda ser humildes y sencillos y acercarnos a Jesús para que nos ayude a llevar nuestra carga. Acerquémonos a Jesús y aprendamos de él la mansedumbre y la humildad para poder conocer y vivir, en la verdad, en la comunión con él y en la santidad. ¡Que así sea!
 
 
† Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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