Homilía: “Una vez salió un sembrador a sembrar”

 
HOMILÍA EN EL XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
13 de julio de 2014
 
“Una vez salió un sembrador a sembrar”
 
Queridos hermanos, la Palabra de Dios en este día se compara a la lluvia y a la nieve que bajan del cielo y a la semilla sembrada en la tierra, las cuales dan vida a la creación, creación que el hombre ha trastocado y, por lo mismo, fue sometida al desorden y, junto con el hombre, espera la liberación de los hijos de Dios.
 
En la lectura del profeta Isaías se afirma que así como la lluvia y a nieve bajan y empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, así será la palabra que saldrá de la boca de Dios. Esta lectura aparece seguida inmediatamente del salmo 64 cuyo tema central es la creación, en la que Dios aparece como aquel que cuida de la tierra y regula todo el ciclo natural para que dé abundantes frutos y, colmada de los dones de Dios, los prados se vistan de rebaños. En una palabra y como resultado de la acción divina, dice la última frase del salmo: “Todo aclama al Señor. Todo le canta”. Esta lectura y el salmo nos hacen recordar a Francisco de Asís al cual todas las criaturas le hablaban de Dios. En un primer sentido esta lectura y el salmo es un himno al Dios creador y providente, pero la lectura de Isaías es un anuncio velado de la futura encarnación del Hijo de Dios. En efecto, en la comparación que se hace de la lluvia y de la palabra se dice que la palabra que sale de la boca de Dios, no volverá a él sin resultado, sino que hará la voluntad de Dios y cumplirá su misión. En este sentido, decía Cristo: “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38).
 
En la carta a los Romanos también aparece el tema de la creación, pero sometida al desorden. Es la misma creación de Dios, pero ha perdido la armonía y belleza original porque existe una misteriosa solidaridad entre la creación y el hombre. Recordemos que en el libro del Génesis, como culmen de la creación, Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Pero el hombre se apartó de la voluntad de Dios por el pecado y esta ruptura con el creador manchó también a la creación. Por tanto, si lo acontecido al hombre con el misterio de la desobediencia y del pecado, afectó a la creación; de la misma manera, el misterio de la redención sobre el hombre tiene un efecto positivo sobre la creación. En ese sentido se afirma que la: “La creación está ahora sometida al desorden… Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.
 
En el evangelio tenemos la conocida parábola del sembrador, según la tradición de san Mateo. Originalmente las parábolas eran una simple imagen con un punto concreto de comparación y por lo mismo con una sola enseñanza, pero la primitiva iglesia hizo una interpretación alegórica y puso en boca de Jesús la respectiva explicación. En esta interpretación el sembrador es Cristo, la semilla es la Palabra de Dios y la tierra somos nosotros. En la parábola parece que Jesús no sabe sembrar pues no sólo echa granos en tierra buena, sino también en el camino, entre piedras y entre espinos. Lo que pasa es que Jesús no es sembrador de granos, sino de la Palabra de Dios. Si los distintos tipos de tierra representan distintos tipos de personas, eso significa que Jesús no discrimina a nadie y por otro lado confía en la eficacia de la Palabra y espera nuestra conversión.
 
En la explicación de Jesús a sus discípulos, los granos que cayeron en el camino y que los pájaros se comieron, representan a los que oyen la Palabra, no la entienden y el diablo les arrebata lo sembrado en su corazón, o más bien lo sembrado en su duro corazón que parece tierra de camino. Hay algunas personas que por un oído les entra la Palabra y por el otro les sale. Son los de corazón duro, impenetrables a la Palabra de Dios.
 
Los granos que cayeron en terreno pedregoso germinaron pronto, pero el sol marchitó a las plantitas; estos representa al que oye la Palabra con alegría, pero es inconstante, la Palabra no puede echar raíces y en la primera dificultad a causa de la Palabra, sucumbe. Se puede pensar en aquellas personas cuya vida está muy pedregosa, hay mucho entusiasmo, mucha emoción, mucho sentimiento, pero no resisten las pruebas o el serio y maduro compromiso de la vida cristiana. Se trata de personas de fe inmadura y sentimental en donde no hay convicciones sólidas y cualquier cambio en las circunstancias externas de su vida las arrastran sin rumbo fijo.
 
Los granos sembrados entre espinas, cuyas plantitas fueron sofocadas por los espinos, representan al que oye la Palabra de Dios pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y no dan fruto. En este mundo moderno nos encontramos con preocupaciones que tienen como raíz el olvido de Dios y el endiosamiento del dinero. Desconfiamos de Dios y queremos asegurar nuestra vida presente y futura con los bienes materiales, es decir poniendo nuestra confianza en el dinero. A nivel universal, a situación que están padeciendo nuestros países vecinos y que se ve reflejada en los niños migrantes en los Estados Unidos nos habla de una fuerte injusticia social internacional de este sistema económico neoliberal que enriquece a unos pocos y deja a millones en la pobreza extrema.
 
Finalmente los granos en tierra buena dieron fruto, unos el ciento por uno, otros el sesenta y otros el treinta. En este caso, dice Jesús, representa a los que oyen la Palabra, la entienden y dan fruto; no importa la cantidad, lo importante es dar fruto.
 
Jesús no discrimina a nadie y de todos espera fruto, es decir quiere nuestra conversión, nuestro cambio de vida. El problema es que muchas veces no queremos convertirnos, es por eso que las parábolas a unos esconden los misterios del Reino y a otros se los revelan. En ellos se cumple, dice Jesús, la profecía de Isaías: “Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve”.
 
¿Qué tierra somos nosotros? Una tierra de camino se puede aflojar y convertir en tierra buena para sembrar, una tierra pedregosa o con espinas se puede limpiar y convertir en buena tierra. Es la invitación de Jesús a que seamos tierra buena, a que demos fruto, sea el ciento por uno, el sesenta o el treinta. Lo importante es dar fruto. Así como la lluvia da vida a la semilla así Dios da vida a la siembra de su Palabra para que dé mucho fruto. ¡Esperamos que así sea!
 
 
† Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
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