Homilía: “El que tenga oídos que oiga”

 HOMILÍA EN EL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
20 de julio de 2014
 
“¿Qué no sembraste buena semilla en tu campo?”
 
Queridos hermanos, la Palabra de Dios nos enseña que Dios es misericordioso y compasivo, que nos da su Espíritu y tiene paciencia con nosotros que somos pecadores.
 
En la primera lectura el Señor Dios aparece como un Dios providente que muestra su fuerza a los que dudan de su poder, castiga a los que conociéndolo lo desafían, juzga con misericordia y gobierna con delicadeza. Como providente Dios cuida de todo y de todos. No es simplemente un Dios causa y origen de todo, que una vez creado el mundo se ha desentendido de él, sino que está cuidando constantemente de su obra, especialmente de los seres humanos creados a imagen y semejanza suya y por los cuales nos ha enviado a su Hijo Jesucristo para que muriera por nosotros en la Cruz. El libro de la Sabiduría dice: “Tú muestras tu fuerza a los que dudan de tu poder soberano y castigas a quienes, conociéndolo, te desafían”, sin embargo hay que aclarar que Dios hace esto a su manera. Los malvados, muchas veces, cometen atrocidades y Dios parece que no se entera y ni les muestra su poder ni los castiga. Y, por el contrario, los justos hacen el bien y Dios no los premia, sino que, muchas veces, permite que sufran muchas tribulaciones, e incluso algunos llegan al martirio. Naturalmente este actuar de Dios se comprende mejor porque “juzga con misericordia” y “gobierna con delicadeza”, es decir que él sabe en qué momento y de qué manera va a hacer sentir la fuerza de su poder al malvado, sobre todo, dándole tiempo a que se arrepienta; o en qué momento va a darle el premio al justo, ya sea en esta vida o en la vida eterna.
 
En la carta a los Romanos se nos recuerda que Dios ayuda a nuestra debilidad dándonos su propio Espíritu Santo. Dios no sólo nos ha creado a su imagen y semejanza, sino que nos ha dado su mismo Espíritu porque quiere que seamos santos y que estemos en constante comunicación con él. En definitiva, Dios quiere revelársenos para anunciarnos: “Todo lo que estaba oculto desde la creación del mundo”. Para ello nos ayuda con su Espíritu, por un lado, para que entendamos su mensaje y, por otro, para que nos dirijamos a él pidiéndole lo que más necesitamos. En esto, la Palabra de Dios dice que: “No sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no puede expresarse”. No despreciemos el Espíritu de Dios, dejémosle que ore en nosotros; la oración del Espíritu en nosotros, siempre será “conforme a la voluntad de Dios”.
 
En el evangelio nos encontramos tres parábolas, la de la cizaña, la de la semilla de mostaza y la de la levadura, seguida de la explicación del por qué Jesús hablaba en parábolas, que en este caso es para revelar: “Lo que estaba oculto desde la creación del mundo”. Finalmente, ya en privado, a petición de sus discípulos, Jesús les explica el significado de la parábola de la cizaña, la cual muestra que en este mundo coexisten el bien y el mal, los buenos y los malos y, por otro lado, que los pensamientos humanos no se identifican con los pensamientos del creador. Bien dice el Señor en Isaías: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Is 55, 8). La pregunta que los trabajadores le hacen al amo: “Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo?” es la pregunta que le hacen muchos a Dios, en este momento, ante la violencia y la inseguridad; la explicación que da el amo es la de Dios: “De seguro lo hizo un enemigo mío”. En la parábola no se menciona, pero sabemos quién es el enemigo de Dios, se trata de Satanás, sólo así se explica la crisis de legalidad, de moralidad y del tejido social que estamos padeciendo.
 
La segunda pregunta de los trabajadores: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”, refleja el pensamiento de quienes quieren acabar con todos los malvados como si fueran plantas que simplemente hay que arrancar. Sin embargo, la respuesta del amo los deja desconcertados: “No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo, dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha…”. Se trata de la impaciencia humana ante el mal o ante los malvados y la paciencia divina en orden a darles tiempo para que se arrepientan, por eso dice el amo: “Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”. Con esta respuesta Jesús confirma lo que dice el libro de la sabiduría: “Al pecador le das tiempo para que se arrepienta” (Sb 12, 19).
 
Una tentación podría ser la de acabar, ya desde ahora, con: “Todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados”. Ante la situación de violencia e inseguridad, muchos quisieran el castigo divino sobre los malvados o hacer justicia por propia mano arrancando de este mundo a todos los malos. Naturalmente hay de malos a malos; pero ¡si se trata de arrancar a todos! a lo mejor no quedamos nosotros tampoco. El libro del Génesis nos dice que en tiempo de Sodoma y Gomorra no hubo ni uno justo para que Dios perdonara a la ciudad (cfr. Gn 18, 23-33). El único justo, lo sabemos es Cristo nuestro Señor, el cual cuando le llevaron a aquella mujer sorprendida el flagrante adulterio, dijo: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Sabemos que no hubo quien tirara la primera piedra. Todos somos pecadores, todos necesitamos la misericordia de Dios, todos necesitamos su Espíritu, todos necesitamos arrepentirnos.
 
Como aparece al final, en la explicación que Jesús da a sus discípulos, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo. Ciertamente, a pesar de tanta violencia, muerte, injusticia e inseguridad, antes de que llegue el fin del mundo, y aunque no lo parezca, el bien está venciendo al mal, el Reino de Dios está presente ya en el mundo. Precisamente la parábola de la semilla de mostaza nos dice que el Reino está en constante crecimiento y la parábola de la levadura nos enseña que está fermentando todas las realidades humanas. Quizá, por apartarnos de él, Dios permite la violencia y la inseguridad para que nos volvamos a él y le pidamos por los que olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte para que les dé el don de la conversión. De cualquier manera, todo y todos nos encaminamos hacia el final, cuando los segadores arranquen la cizaña para quemarla y el trigo para almacenarlo, es decir, cuando: “El Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados y los arrojen al horno encendido… entonces, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.
 
Jesús termina diciendo: “El que tenga oídos que oiga”. El malvado tiene oídos pero no oye el mensaje de Dios y, por lo mismo, él es la cizaña o el sembrador de la maldad en el mundo; el que da oídos a la Palabra de Dios es la buena semilla, es el trigo, es el que vive conforme a la Palabra que ha oído y espera ser contado entre los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre. ¡Que nosotros seamos contados ahí! ¡Que así sea!
 
† Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter