Homilía: Un tesoro escondido en un campo…

HOMILÍA EN EL XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
27 de julio de 2014
 
“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…”
 
Queridos hermanos, nuevamente el tema central de la Palabra es el Reino de Dios, ante cuyo hallazgo todo lo demás queda en segundo término, por eso el que lo encuentra vende todo lo que tiene para obtener esa perla o tesoro encontrado que, en definitiva es Cristo.
 
En la primera lectura aparece la figura del rey Salomón, como aquel que supo descubrir la acción misericordia de Dios en la historia y, por otro lado, supo reconocer que, para gobernar al pueblo de Dios, lo más importante era la sabiduría del corazón y con humildad la pidió al Señor diciendo: “Yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo”. Todos necesitamos la sabiduría de Dios para poder discernir qué es lo más importante en la vida. Eso fue lo que hizo Salomón y la prefirió a una larga vida, a las riquezas y a la victoria sobre sus enemigos y Dios le concedió la sabiduría y todo lo demás que no pedía. En él se cumplió lo que dice el evangelio de San Mateo: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33).
 
En este mismo sentido el salmista exclama: “Para mí valen más tus enseñanzas que miles de monedas de oro o plata”… Amo, Señor tus mandamientos más que el oro purísimo”. No es que se desprecien los bienes materiales, sino que se pone a Dios y a sus dones espirituales en primer lugar. Quienes buscan la sabiduría que procede de Dios, dice el salmista: “La explicación de tu palabra da luz y entendimiento a los sencillos. Haciendo esto, Dios nos da todo lo demás. No nos quiere llenar de cosas, sino que nos quiere llenar de sí mismo, nos quiere llenar de su amor. Teniendo esto, como dijera san Pablo: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?” (Rm 8, 35.38-39). Si Dios es nuestra riqueza, nada nos puede separar de su amor.
 
La lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los Romanos nos dice que Dios quiere que todos reproduzcamos la imagen de su Hijo. Para ello, no sólo necesitamos ser creados a imagen suya como dice el libro del Génesis, sino que necesitamos estar llenos del amor de Dios Ahora bien, la imagen perfecta de Dios es su propio Hijo, de manera que nosotros somos creados a imagen de la imagen, es decir a imagen de Cristo. Por eso san Pablo dice que Dios nos predestina para que reproduzcamos la imagen de su propio Hijo. Ahora bien san Pablo insiste en que: “A quienes predestina los llama; a quienes llama los justifica; y a quienes justifica, los glorifica”. Ahora bien ¿qué significa todo esto? Significa que Dios es nuestro origen y nuestro fin y si él ha querido que vengamos al mundo es porque quiere que seamos sus hijos; y si quiere que seamos sus hijos, quiere también que seamos santos; y si quiere que seamos santos es porque quiere que vayamos a gozar de su gloria en el cielo.
 
En el evangelio de hoy tenemos tres parábolas, la del tesoro escondido en un campo, la de la perla muy valiosa y la de la red que los pescadores echan en el mar. En las dos primeras parábolas se dice que el que encuentra el tesoro escondido o la perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo o aquella perla preciosa. Además en la parábola del tesoro escondido se dice que esto lo hace lleno de alegría y de gozo. Esa es la alegría de haber encontrado a Dios o de que Dios nos haya encontrado a nosotros.
 
Así pues, encontrar el Reino de los cielos es encontrar algo muy valioso por lo que vale la pena venderlo todo, cambiarlo todo, con tal de poseer aquel tesoro o perla preciosa que se ha encontrado. Encontrar el Reino es encontrar a Cristo que es el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6); es decir el camino al cielo, la verdad que nos viene de Dios y la vida eterna. Por esto muchos, como san Francisco al encontrarse con Cristo, lo dejaron todo. Encontrar a Cristo es también encontrar la sabiduría misteriosa y secreta que Dios preparó para nosotros (cfr. 1 Co 1, 30; 2, 7). Buscar la sabiduría es buscar a Cristo, y buscar a Cristo es buscar la sabiduría, esa que Dios da a los humildes y sencillos de corazón. San Cipriano decía que así como Cristo es la resurrección porque en él resucitamos, así también él es el Reino porque en él reinamos.
 
Encontrar a Cristo es encontrar un tesoro que nos llena de alegría y nos da la fuerza para cambiarlo todo por él, es decir para convertirnos. “Vender todo” significa que, ante Cristo, todo pasa a segundo plano, no hay nada ni nadie que pueda estar en primer lugar, sólo Cristo debe ocupar el primer lugar en nuestra vida. San Pablo decía: todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo (cfr. Flp 3, 8). Lástima que muchos no se han encontrado con Cristo ni buscan su Reino, sino que, a costa de los demás, buscan el reino de este mundo, cuyo dios es el dinero y cuyo camino para obtenerlo es el pecado y cuyo salario o paga finalmente es la muerte, en cambio el don gratuito de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor. (cfr. Rm 6, 23).
 
La tercera parábola nos dice que la red que los pescadores echan al mar recoge toda clase de peces y, cuando se llena, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados, ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Y termina diciendo: “Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido”. En la parábola de la cizaña veíamos como en el reino de Dios coexisten el bien y el mal, el trigo y la cizaña. Pues bien, la parábola de la red nos dice también que en este mundo coexisten buenos y malos, por eso se insiste en que la red recoge toda clase de peces, es decir buenos y malos, pero después los pescadores, al final de la pesca, se ponen a separar unos de otros. Las dos primeras parábolas nos hablan de lo que sucede ahora, en el tiempo presente, si en verdad nos encontramos con Cristo; la última parábola nos habla de lo que sucederá al final de la vida terrena en el encuentro definitivo con Dios.
 
Hermanos, para que seamos recogidos por la red, es necesario tener la medida de Cristo, es necesario revestirse del hombre nuevo y llegar al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (cfr. Ef 4, 13). En efecto, una red recoge peces de cierta medida. Si los peces están muy chicos no se quedan en la red y si son unos peces gordos tampoco. Hay que madurar en el encuentro y seguimiento de Cristo, que no seamos peces chicos, es decir infantiles en la fe; pero, por otro lado, que no nos hagamos peces gordos que se comen a los chicos por tantos pecados e injusticias. ¡Que Dios nos conceda la gracia de encontrar el tesoro y la perla que es Cristo y dejar todo con tal de seguirlo!
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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