Homilía: “Denles ustedes de comer”

HOMILÍA EN EL XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 55, 1-3; Sal 144; Rm 8, 35.37-39; Mt 14, 13-21
3 de agosto de 2014

“Denles ustedes de comer”

Queridos hermanos, nuevamente, el día de hoy, aparece el tema de la sabiduría, sobre todo en la primera lectura, la cual es un pequeño fragmento del final del libro de la consolación (cfr. Is 40-55) que anunciaba el final del destierro en Babilonia y cuyo regreso a Jerusalén era considerado como un regreso a Dios, verdadera sabiduría, que alimentaría gratuitamente a su pueblo con agua, trigo, vino y leche, sin pagar. En esa palabra, Dios invitaba a volverse a él: “¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta?… Vengan a mí, escúchenme y vivirán”. Invitación parecida hará Nuestro Señor Jesucristo en el Nuevo Testamento: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt, 11, 28). La invitación de Dios a través del profeta: “saborearan platillos sustanciosos”, anunciaba un banquete de Dios con su pueblo. Esta palabra va a tener su cumplimiento en Cristo que alimentaba a las multitudes. En él se cumplió la palabra del Salmo: “Abres. Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos”. En definitiva, Cristo es el regalo más grande que Dios nos ha dado y del que nada ni nadie nos puede apartar de su amor: “Ni las muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna”.

El evangelio comienza diciendo que: “Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario”. Hay que decir que la muerte de Juan el Bautista, en cierto modo anunciaba la muerte de Jesús, pero en este momento Jesús hace una prudente retirada, porque todavía no llega su hora. Jesús se retiró: “A un lugar apartado y solitario”, lo cual nos recuerda el desierto en el que Dios enseñó a su pueblo: “Que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así pues, Jesús quiere enseñar a sus discípulos y a la multitud que así como Dios alimentó a su pueblo en el desierto con el maná, así él alimentará al nuevo pueblo de Dios y más tarde él mismo se convertirá en alimento (cfr. Jn 6; Mt 26, 26). Jesús aparece como un nuevo Moisés que, aunque sus discípulos no lo crean, como tampoco el pueblo de Israel lo creyó en su momento (cfr. Sal 78, 19), prepara un banquete para el nuevo pueblo de Dios. Recordando que el Profeta Eliseo había dado de comer a cien gentes con veinte panes de cebada (cfr. 2 R 4, 42-44), también aparece Jesús como un nuevo Eliseo, que en este caso, con sólo cinco panes y dos pescados, ofrecidos por los discípulos, alimenta a una muchedumbre. ¡Qué importante ofrecerle a Dios lo poco que tenemos para que él lo multiplique!

Como se hizo tarde, los discípulos dicen a Jesús: “Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Esto nos indica que la gente que siguió a Jesús viene de pueblos lejanos, pues si vinieran de los caseríos cercanos no tendrían necesidad de comprar comida. Jesús aprovecha esta circunstancia para enseñar lo que después tendrán que hacer sus discípulos. Jesús dice: “No hace falta que vayan a los caseríos… Denles ustedes de comer”. El mandato de Jesús es una prueba para los discípulos que muestran su imposibilidad diciendo: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Los discípulos proponen una solución cómoda y poco comprometida: “Que vayan a comparar”, es decir que cada quien resuelva sus problemas como pueda; Jesús insiste: “Denles ustedes de comer”, es decir: ayúdense unos a otros. De hecho en este milagro bastaron cinco panes y dos pescados para que todos comieran y quedaran saciados. Si con lo poco que tenían ellos, puesto en manos de Jesús, se pudo alimentar a cinco mil, qué se podría hacer con todos los bienes que hay en la tierra si se ofrecieran a Dios. Los recursos de la tierra son muchos, si estuvieran bien distribuidos no habría hambre ni pobreza. Si el mundo pasa hambre como vemos con los miles de niños migrantes que llegan a los Estados Unidos no es por falta de bienes en el mundo, sino por una mala distribución. El sistema económico neoliberal hace ricos a unos cuantos y crea muchos millones de pobres. A los niños migrantes en este momento se les quiere mandar a sus países para que compren pan para comer, el problema es que no hay pan en su País de origen. El mensaje de Jesús es: “Denles ustedes de comer”, no les den la espalda, busquen las causas más profundas de esta migración y denle solución.

Jesús nunca vivió indiferente ante las necesidades humanas. La respuesta que da a sus discípulos indica cual es el estilo de la misión de sus seguidores, los cuales no pueden vivir de espaldas a las necesidades del pueblo. El mandato de Jesús tiene hoy todo su valor. “Denles ustedes de comer”, significa que no sólo hay que predicar la caridad, sino que debe ser parte de nuestra vida. La Palabra de Dios hay que predicarla, celebrarla y vivirla. Sin embargo, este último aspecto lo dejamos muy olvidado; la Palabra de Dios la predicamos, la celebramos; pero, nos hacen falta obras de caridad. El Papa Juan Pablo II decía que: “Por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane Nobiscum Domine No. 28). Tendríamos que preguntarnos, como Iglesia, y como personas cada uno de nosotros, qué hacemos por los pobres, cómo disfrutamos de comida y de bienes, mientras a lado de nosotros muchos no tienen que comer.

La parte final del evangelio tiene una referencia eucarística y eclesial. Jesús: “Mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. ¡Lo poco ofrecido, bendiciendo a Dios, se multiplicó! Lo que Jesús hizo es una anticipación de la última cena, es un anticipo de la Eucaristía. En efecto, el gesto y la oración de bendición es lo que se hace en la celebración de la Misa: el sacerdote toma el pan y bendice a Dios, luego, al aceptar Dios la ofrenda la consagra, es decir la convierte en el cuerpo de Cristo. En la multiplicación Jesús dijo a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”, mandó que la gente se sentara en el pasto, multiplicó los panes y él no los repartió, sino que: “Se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”, es lo que hacen los sacerdotes en la Misa, dan la comunión a la gente que se encuentra preparada para recibir el cuerpo de Cristo.

Hermanos, ofrezcámosle a Jesús lo poco que tenemos, nuestros cinco panes y dos pescados, y él los bendecirá y los multiplicará. El mandato: “Denles ustedes de comer”, nos exige hacer obras de caridad. Para poner en práctica este evangelio cada parroquia debería tener su cáritas parroquial para no dejar a los pobres abandonados a su suerte. Haciendo esto Jesús nos dirá después: “Tuve hambre y me diste de comer” (Mt 25, 35). ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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