Día Internacional de los Pueblos Indígenas

México es un país con una diversidad cultural muy amplia, porque a lo largo de su historia se han venido desarrollando pueblos que crearon su identidad con elementos muy propios: lenguaje, territorio, festividades, danza, música, lugares sagrados, relación con la naturaleza, medicina, etc. A pesar del gran valor que cada uno de estos pueblos tiene, desafortunadamente han vivido siglos de opresión, despojo, discriminación, explotación e intento de exterminio, ante lo cual muchos han resistido y permanecen vivos en la actualidad. 
 
Tlaxcala, sin lugar a dudas, es una Diócesis en la que perdura el espíritu de los primeros pueblos. Según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, el dos por ciento de la población habla una lengua indígena. Históricamente se destacan la cultura náhuatl y la otomí, cuyas lenguas se siguen hablando. Ellas nos legaron muchos elementos de su gran riqueza cultural, como los apellidos, los nombres de nuestros pueblos y comunidades, sistemas de cargo, formas de hacer trabajo colectivo, comisiones en bien de nuestras comunidades, festividades vinculadas a los ciclos agrícolas, leyendas de nuestros territorios, comida, maíces, lugares sagrados, el amor por la vida y la naturaleza, etc.
 
La reivindicación y respeto por los pueblos originarios ha sufrido una resistencia muy larga, que en las últimas décadas se ha vuelto a poner en la discusión y preocupación pública. El 23 de diciembre de 1994 la Asamblea General de las Naciones Unidas determinó, a través de una resolución, que cada 9 de agosto se celebrara el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, con cinco objetivos fundamentales:
 
1. “El fomento de la no discriminación y de la inclusión de los pueblos indígenas en la elaboración, aplicación y evaluación de la legislación, las políticas, los recursos, los programas y los proyectos en todos los niveles;
2. El fomento de la participación plena y efectiva de los pueblos indígenas en las decisiones que afectan directa o indirectamente a sus estilos de vida, a sus tierras tradicionales, su integridad cultural o cualquier otro aspecto de sus vidas;
3. La redefinición de las políticas de desarrollo para que incluyan una visión de equidad y respeto de la diversidad cultural y lingüística de los pueblos indígenas;
4. La adopción de políticas, programas, proyectos y presupuestos que tengan objetivos específicos para el desarrollo de los pueblos indígenas, con parámetros concretos, e insistiendo en particular en las mujeres, los niños y los jóvenes indígenas;
5. La creación de mecanismos de supervisión estrictos y la mejora de la rendición de cuentas a todos los niveles en lo tocante a la aplicación de los marcos jurídicos, normativos y operacionales para la protección de los pueblos indígenas y el mejoramiento de sus vidas.”
 
El compromiso de la iglesia con el respeto a la dignidad de las personas y los pueblos originarios se ha manifestado en toda su historia, desde su llegada a México. Ejemplos claros de ello los vemos en varios religiosos, como Fray Bartolomé de las Casas en Chiapas, Vasco de Quiroga en Michoacán y Fray Julián Garcés, quién llega a la Nueva España a principios de 1528 e inmediatamente toma posesión del Obispado de Tlaxcala, el más antiguo del territorio mexicano.
 
Para muchos de los conquistadores europeos, las gentes originarias de nuestras tierras eran seres inferiores, a los que no era necesario educar y evangelizar, pues su condición “natural” era la esclavitud, ya que no eran seres racionales. Ante los abusos que se cometían en base a esas ideas, el Obispo Fray Julián Garcés envió una carta al Papa Paulo III, denunciando los abusos contra los indígenas y al mismo tiempo resaltando las virtudes humanas que ellos tenían. Entonces el Papa promulgó la Bula  “Sublimis Deus”, en la que se les reconoce a los naturales de estas tierras la categoría de personas, y por tanto su racionalidad y  libertad. Para algunos escritores, como Rodríguez Lois Nemesio, esta Bula es el fundamento de los derechos humanos de los indios.
 
En el documento de Aparecida, los obispos “reconocemos las “semillas del Verbo” presentes en las tradiciones y culturas de los pueblos indígenas;… valoramos su profundo aprecio comunitario por la vida, presente en toda la creación, en la existencia cotidiana y en la milenaria experiencia religiosa, que dinamiza sus culturas, la que llega a su plenitud en la revelación del verdadero rostro de Dios por Jesucristo” (DA 529).
 
“… acompañamos a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio, una educación intercultural bilingüe y la defensa de sus derechos. Nos comprometemos a crear conciencia en la sociedad acerca de la realidad indígena y sus valores, a través de los medios de comunicación social y otros espacios de opinión. A partir de los principios del Evangelio apoyamos la denuncia de actitudes contrarias a la vida plena en nuestros pueblos originarios, y nos comprometemos a proseguir la obra de evangelización de los indígenas…” (DA 530). No volvamos a los tiempos en los que los pueblos originarios fueron discriminados, excluidos y violentados.
 
Los Tlaxcaltecas somos herederos de una gran riqueza cultural como pueblo originario; sintámonos orgullosos de ello; y rescatemos, conservemos y mostremos al mundo nuestra identidad, que valora a sus indígenas y promueve la dignidad de sus comunidades.
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