“Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua”

HOMILÍA EN EL XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1 Re 19, 9.11-13; Sal 84; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33
10 de agosto de 2014
 
“Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”
 
El día de hoy, la lectura del primer libro de los Reyes, la lectura de la carta a los romanos y el evangelio nos hablan de pruebas o situaciones difíciles que hubo que superar, pero terminan con una profesión de fe. Elías, huyendo de la reina Jezabel estando en una cueva, sale el encuentro de Dios en la montaña; Pablo, triste por la incredulidad de sus hermanos de raza, profesa que Jesús es Dios bendito por los siglos y; los discípulos, una vez que se calmó el viento que amenazaba hundir la barca, se postran ante Jesús y dicen: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.
 
El profeta Elías, después de su lucha contra los profetas de Baal, huyendo de la reina impía Jezabel para salvar su vida se dirige hasta el monte Horeb o Sinaí para ir al encuentro del Verdadero Dios por quien ha luchado y sufrido. En el camino es alimentado por un ángel (cfr. 1 Re 19, 4-8) y con aquel alimento pudo llegar hasta el monte de Dios. Todo su esfuerzo se vio coronado por un encuentro con Dios que lo llenó de fuerza para seguir su misión. A diferencia de Moisés, Dios no se le manifiesta en medio del viento, del terremoto o del fuego, sino que la presencia de Dios fue anunciada por una brisa suave: “Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva”, al encuentro de Dios.
 
En la carta a los Romanos, Pablo nos abre su corazón para manifestar su tristeza porque sus hermanos de raza no se han encontrado con Cristo. Esto le hace reflexionar en las promesas de Dios, las cuales son irrevocables, por tanto Dios no ha roto la alianza con Israel, ha sido Israel el que no ha descubierto en Cristo la plenitud de la alianza. Sin embargo, los privilegios de Israel son irrevocables y el mayor privilegio es que de su raza nació Cristo nuestro Señor. Por eso Pablo concluye con una profesión de fe diciendo que Cristo: “está por encima de todos y es Dios bendito por los siglos”.
 
Hay que recordar que después de la resurrección, el Señor Jesús se apareció a los apóstoles y les envió a anunciar el evangelio a todas las naciones. Mientras tanto, él subió a la gloria del Padre para enviarles el Espíritu Santo a fin de que éste Espíritu les quitara el miedo y les diera la valentía para la misión en medio de todas las dificultades que se les iban a presentar. Pues bien, en este evangelio tenemos como un anticipo de eso que la Iglesia va a vivir después de la Ascensión de Cristo a los cielos, y hasta el final de los tiempos.
 
“Después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla”. La multiplicación de los panes evoca la última cena y la barca simboliza a la Iglesia que navega en medio de la historia y del mundo, sorteando toda clase de dificultades, hasta que llegue a la otra orilla, es decir hasta el encuentro definitivo con Dios al final de la historia. Cuando el evangelista Mateo escribió este evangelio ya tenía la experiencia de diversas persecuciones que estuvieron a punto de acabar con la Iglesia, pero sobre todo la experiencia de muchos que por su fe en Cristo resucitado, como Pedro, habían caminado por encima de todas las persecuciones sufridas por la Iglesia.
 
Cuando el evangelio dice que Jesús: “subió al monte a solas para orar” y que: “llegada la noche estaba él solo allí”, es una alusión a su ascensión a los cielos, después de que les dijo a sus apóstoles: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el final del mundo” (Mt 28, 20). De manera que, cuando aquí se dice que: “La barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían porque el viento era contario”, significa que ya la Iglesia ha caminado varios años después de que Jesús la envió a predicar el evangelio y ya ha sufrido muchas persecuciones, cosa que ha sucedido a lo largo de su historia. En este momento se está dando la expulsión de cientos de miles de cristianos en Iraq. Todos ellos están sufriendo persecución, están siendo desplazados de sus hogares y muchos han sido torturados y asesinados. ¡Se necesita que el Señor Jesús les haga caminar por encima de las aguas!  “¡Sálvalos, Señor!”.
 
El relato nos dice que: “A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua”. La madrugada es la hora de la resurrección, es la hora de la manifestación divina. En esta hora se aparece Jesús resucitado caminando sobre el agua. Hay que notar que: “Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: ‘¡Es un fantasma!’ Y daban gritos de terror”. Se trata del miedo que produce la falta de fe ante las dificultades o el miedo a la muerte; es el no creer a Jesús que dijo: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), es pensar que Jesús no es Dios, que no ha resucitado y que no ha ascendido a los cielos y, por lo mismo, no tiene el poder sobre todas las cosas, como él había dicho: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18).
 
Por eso Jesús aquí les dice: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Esta última palabra de Jesús, “Soy yo” es el nombre de Dios revelado a Moisés en la zarza ardiente: “Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros” (Ex 3, 14), de manera que Jesús dice aquí: ‘No teman soy Dios’. Después de esta revelación Pedro se llena de ánimo y dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”; sin embargo, al poco andar, al sentir la fuerza del viento, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”.
 
El grito de Pedro es el reconocimiento de que Jesús es el Señor resucitado, el único que ha vencido la muerte, el único que puede salvarnos. Si tenemos dificultades, hay que decir como Pedro: “Si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”, es decir, si estas dificultades o angustias tú las permites, ayúdame a sobreponerme a ellas y a caminar por encima de todas las adversidades. El Señor Jesús no nos dejada solos, podrá haber muchos vientos contrarios que amenacen hundir la barca de la Iglesia o la barca de nuestra propia vida, Jesús está a un grito de fe, para auxiliarnos. Basta decir sálvame Señor, y nos tenderá la mano, como a Pedro.
 
Jesús nos va a decir, como a Pedro, “Ven”, pero si nuestra fe está muy débil y nos hundimos en medio de las dificultades, hay que gritar como Pedro: “¡Sálvame Señor!”. Aunque Jesús nos diga: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”, nos tenderá la mano y nos salvará. Como el Profeta Elías, hay que salir al encuentro de Dios; como Pablo, hay que confesar que Jesús es bendito por los siglos; como los discípulos, hay que confesar que verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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