HOMILÍA EN EL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

HOMILÍA EN EL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 56, 1.6-7; Sal 66; Rm 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28
17 de agosto de 2014
 
“También los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”
 
Queridos hermanos, en la Palabra de Dios de este domingo aparece el universalismo de la salvación que Dios quiere y la condición única para entrar a formar parte del pueblo de Dios, es decir la fe. La fe que se hace súplica, la fe que se hace oración, la fe que nos lleva al encuentro del Señor.
 
En la lectura del profeta Isaías, el Señor dice que a los extranjeros que se adhieran a él y se mantengan fieles a su alianza los conducirá a su monte santo y los llenará de alegría en su casa de oración. Dios quiere reunir a todos los pueblos de la tierra en uno solo. En ese sentido el salmista exclama: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero”.
 
Sin embargo, sabemos que Israel se encerró en su nacionalismo. A él se le reveló Dios, pero no difundieron esa gracia, no lo dieron a conocer. Por eso Dios permitió el destierro para que su designio de salvación fuera conocido en otras naciones. Más aún, en tiempos de Cristo, permitió que su pueblo cayera en rebeldía y no lo aceptaran como su salvador; en cambio, fue aceptado por muchos pueblos paganos. Es lo que Pablo les recuerda a los romanos: “Ustedes antes eran rebeldes contra Dios y ahora han alcanzado su misericordia con ocasión de la rebeldía de los judíos, en la misma forma, los judíos, que ahora son los rebeldes y que fueron la ocasión de que ustedes alcanzaran la misericordia, también ellos la alcanzarán”. San Pablo dice en otra carta que: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1 Tm 2, 4). Dios no quiere que nadie se pierda, por eso, como dice en la lectura de hoy: “Dios ha permitido que todos cayéramos en rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.
 
En el evangelio, Jesús traspasa los límites territoriales de Israel y paradójicamente descubre una fe muy grande en una mujer cananea, es decir en una extranjera, probablemente mujer abandonada o por lo menos sola ya que pide, probablemente, por su única hija que además está endemoniada. Hace quince días, con la Palabra de Jesús a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”, pensamos en los niños migrantes que, prácticamente como refugiados llegan a Estados Unidos; la semana pasada, por los vientos contrarios que amenazaban hundir la barca en la que iban los discípulos, pensamos en los cristianos desplazados en Iraq; hoy con el evangelio de este domingo no puede uno dejar de pensar en las mujeres solas o abandonadas, que, muchas veces, son un ejemplo de fe y de oración para salir adelante, ellas y sus hijos.
 
En el evangelio, Jesús camina hacia la comarca de Tiro y Sidón, pueblos que no pertenecían a Israel y: “Una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Aunque esta mujer no pertenecía a Israel, las palabras con las que se dirige a Jesús muestran que conocía la promesas a Israel, pues le dice: “Hijo de David”.
 
Llama la atención que Jesús no le haga caso a la mujer, pues: “No le contestó una sola palabra” y, además, que cuando los apóstoles le dicen que la atienda les diga a ellos: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”, es decir a los israelitas dispersos por todas las naciones. La mujer parece haber oído aquellas palabras pero no se desanimó, sino que, al contrario: “Se acercó entonces a Jesús, y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!”. Nuevamente nos desconcierta la respuesta de Jesús cuando le dice: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.
 
Hay que recordar que los israelitas, por ser parte del pueblo de Dios, se consideraban los hijos, y llamaban perros a los que no pertenecían a ellos. Jesús, para probar la fe de aquella mujer, recoge esta expresión irónica e hiriente y la suaviza con el diminutivo “perritos”. La mujer por su parte reconociendo su condición de extranjera, dice: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Por estas palabras Jesús alabó la fe de aquella mujer y le concedió lo que le pedía: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija”.
 
Podemos ver en esta mujer cananea, que ha salido al encuentro de Cristo, que momento a momento, en el diálogo con Jesús, va madurando su fe. Contrasta la fe de esta mujer con la fe de Pedro en el relato del domingo pasado. En aquella ocasión, Pedro, también sale al encuentro del Señor, caminando sobre el agua, pero lo hizo con muchas dudas y desconfianzas, las cuales terminaron por hundirlo y cuando Jesús lo ayuda le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”; en cambio, en este evangelio, esta mujer no tiene ninguna duda, a pesar de las aparentes negativas de parte de Jesús y de que no forma parte del pueblo de Dios y por esto Jesús le dice: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija”.
 
Esta mujer cananea nos representa y es modelo de fe para todos nosotros que, como ella, no formamos parte del pueblo de Dios según la sangre, sino que hemos venido a ser parte de la familia de los hijos de Dios por la fe. Y precisamente esa fe que nos ha hecho formar parte del pueblo de Dios la tenemos que purificar y madurar constantemente. Hoy vemos en el evangelio que la fe no tiene fronteras territoriales o de nacionalidad, la fe debe ser humilde, suplicante y perseverante hasta alcanzar no sólo la gracia pedida, sin la fuente de la gracia. En efecto no podemos utilizar o engañar a Dios para conseguir sólo nuestras necesidades más inmediatas, en realidad cuando la mujer cananea obtiene la curación de su hija, en realidad ya se ha encontrado con Dios. San Agustín decía que Dios escucha nuestras súplicas si lo buscamos a él; en cambio, si a través de él buscamos otras cosas, entonces no nos escucha, es decir no nos atiende.
 
Hermanos, por nosotros mismos no tenemos ningún derecho; por la gracia del bautismo llegamos a ser hijos de Dios, pero no debemos olvidar a los que no han llegado a esta gracia, especialmente si sufren, como la mujer cananea. Si el dolor no tiene fronteras, tampoco la caridad. Como la mujer cananea, pidámosle a Cristo por nuestros seres queridos que sufren, pidámosle también por las mujeres solas o abandonadas, pero sobre todo salgamos al encuentro de Cristo buscando la comunión con él. ¡Que así sea!
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter