“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

HOMILÍA EN EL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 22, 19-23; Sal 137; Rm 11, 33-36; Mt 16, 13-20
24 de agosto de 2014
 
“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”
 
Queridos hermanos, en Cristo nuestro Señor, el tema central de la Palabra de Dios es el poder de las llaves. Así aparece en la primera lectura con la investidura de Eleacín a quien el Señor le puso al frente de su casa, diciendo: “Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá”. Pero sobre todo el tema del poder de las llaves aparece en el centro del evangelio. Antes de este pasaje, Jesús predica por toda Galilea y su enseñanza está dirigida a las multitudes, cosa que aprovechan sus discípulos más cercanos. Después de este momento, Jesús, se dirigirá a Jerusalén y aprovechará para enseñar de manera personalizada a sus discípulos. En este sentido Jesús les hace dos preguntas, una que recoge las enseñanzas a las multitudes por toda Galilea y otra que debe ser respondida personalmente por cada discípulo, especialmente si quiere seguir a Jesús.
 
Así pues, después de todo el ministerio de Jesús en Galilea, llegados a Cesarea de Filipo, Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” A esta primera pregunta contestan lo que otros piensan: “Unos que eres Juan el Bautista; otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas”. Hay que recalcar que es más fácil responder a esta pregunta porque no se comprometen personalmente en lo que dicen, basta simplemente recoger lo que la gente ha dicho por la enseñanza recibida de Jesús en Galilea. Sin embargo, si bien la fe tiene un aspecto comunitario porque nos llega a través de otros y creemos y vivimos en medio de una comunidad, no se pude seguir a Jesús y vivir sólo de lo que otros dicen, en el seguimiento de Jesús se tiene que dar una respuesta personal.
 
Por eso, después de la primera pregunta Jesús se dirige directamente a los discípulos diciendo: “Y ustedes, quién dicen que soy yo”. Jesús pregunta a todos sus discípulos; pero, como podemos darnos cuenta, el único que contesta, “tomando la palabra”, es Simón Pedro. Sin embargo, pareciera que Pedro además de, a nombre propio, contesta en nombre de todos ellos: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”. La respuesta es brevísima, pero su contenido es fundamental porque se trata de lo esencial sobre la fe en la identidad de Jesús. Se trata de lo que será después la fe de la Iglesia que, aunque trinitaria porque creemos en el Padre, en el Hijo y en Espíritu Santo, sin embargo el centro de esta fe está en Jesucristo. En ese sentido decía él: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quién él ha enviado” (Jn 6, 28-29). Jesucristo es el mensaje y el mensajero, el revelador del misterio de Dios y el misterio revelado. De aquí que es muy importante la respuesta que demos porque con ella se manifestará la intensidad y vitalidad de la relación personal que tenemos con él.
 
Por las palabras que dijo Pedro a Jesús, éste le dice a Pedro “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos!”. En estas palabras de Jesús se puede notar que lo que acaba de decir Pedro no puede ser resultado de un razonamiento o una conclusión sobre la persona de Jesús. Se trata de una revelación, de Dios, se trata de una gracia, por eso Pedro es dichoso, bienaventurado, porque Dios le ha revelado la identidad de Jesús. Se cumple en Pedro lo que Jesús había dicho: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). En efecto, Dios le hizo vislumbrar en la carne de Jesús al Hijo de Dios, al salvador. ¿Si Dios no nos diera a conocer un poquito de sus misterios quién podría conocerlo. Bien dice san Pablo: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!”, pero Dios se nos ha revelado. ¡Bendito sea el Señor!
 
Jesús añade: “Yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Estas palabras de Jesús han derramado mucha tinta para explicar cuál es esa piedra sobre la que Cristo edifica su Iglesia. En este sentido, ya los Padres de la Iglesia, de los primeros tiempos, decían que no es Pedro, sino la fe de Pedro (San Agustín decía así). Pedro no puede ser la piedra o el fundamento sobre el cual Jesús edifica su Iglesia, pero sí la fe de Pedro que tiene como fundamento la misma persona de Jesús y sobre el cual todos somos piedras vivas del edificio espiritual que es la Iglesia (1 P 2, 4-5), por eso dice san Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo la piedra angular” (Ef 2, 20).
 
También dice Jesús a Pedro: “Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”. De manera que Pedro, por su fe, participa de la solidez de la piedra fundamental que es Cristo y por lo mismo está protegido contra los poderes del infierno. Por eso, por experiencia propia sabe que la fe y la profesión de la fe derrota las asechanzas de Satanás como nos lo dice en su primera carta: “El Diablo, como león rugiente ronda buscando a quien devorar, resistidle firmes en la fe” (1 P 5, 8). Basta profesar y vivir a fe para derrotar a Satanás.
 
También afirma Jesús: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. El poder de atar o desatar es el poder de unir o separar aquello que concuerda o no concuerda con la fe; o también, de unir o separar a aquellos que profesan o se apartan de la fe, es decir el poder de excluir o de readmitir. Por esto el Papa, como sucesor de Pedro, tiene la misión de atar o desatar (unir o separar) a todos aquellos que aceptan o rechazan la fe de Pedro. Esta unión o separación tiene su causa primera en la profesión o rechazo de la fe de Pedro; posterior a ello, vendría, en el caso de que fuera necesario, la declaración oficial que une o separa de la fe de Pedro.
 
Hermanos, en la Eucaristía profesamos la fe de Pedro, de manera personal y comunitaria. La profesión de fe nunca es un hecho privado ni aunque lo hagamos privadamente porque formamos parte de la Iglesia de Jesucristo. Creo y creemos expresa nuestra fe y la fe de la Iglesia, nuestra Madre, que nos enseña los contenidos de la fe a los cuales nos adherimos plenamente con nuestra inteligencia y voluntad (cfr. Porta Fidei No. 10). Ahora bien, es verdad que él nos dio una doctrina que debemos conocer y seguir, pero sobre todo nos dio una vida nueva: “Yo he venido al mundo para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Por tanto, profesemos nuestra fe, pero sobretodo creamos firmemente en Jesucristo y vivamos en comunión con él. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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