Homilía: “Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”

HOMILÍA EN EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Jr 20, 7-9; Sal 62; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27
31 de agosto de 2014
 
“Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”
 
Queridos hermanos, en la Palabra de Dios de este domingo, me parece a mí, que el tema unificador es el de la cruz, su negación o su aceptación.
 
El profeta Jeremías se siente, por un lado, seducido por Dios y, por otro, el hazmerreír de todos, a tal punto que todos se burlan de él como lo hicieron de nuestro Señor Jesucristo en su pasión. El profeta se sentía fuertemente atraído por Dios, pero también sufría interiormente al ser portavoz de su Palabra porque el mensaje del Señor no era aceptado e incluso llegó a decir: “Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre. Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”. Aunque el profeta sufría, ¡era más fuerte el llamado de Dios! ¡Era más fuerte el amor! ¡Era más fuerte la presencia de Dios en su corazón! En ese sentido, el salmo de hoy responde explicándonos, desde otro enfoque, lo que había en el alma del profeta: “Señor, tu eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el alma”, es decir que en el profeta era más fuerte el deseo de Dios que el sufrimiento por Dios, era más fuerte el amor de Dios, que el dolor por seguir a Dios.
 
Ahora bien, cuando en nuestra vida, en el seguimiento de Cristo, hay ese anhelo por Dios, la vida se convierte en una ofrenda, la vida se vive de cara a Dios, se vive ofrecida a Dios. En cambio, cuando se pierde de vista la presencia de Dios en nuestra vida nos llenamos de orgullo y dejamos de hacer la voluntad de Dios y por consiguiente a Dios no le damos el culto que él merece. Sabedor de esta inclinación san Pablo escribe a los romanos diciéndoles: “Los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios porque en esto consiste el verdadero culto”. Esto es lo que le pasaba al profeta, era una ofrenda viva para Dios; esto es lo que fue nuestro Señor Jesucristo durante toda su vida, pero además esto lo consumó de manera plena en la cruz, ofreciendo su vida por nosotros. Por eso el discípulo de Jesús encuentra aquí la fuente de la gracia, la expresión más acabada de la misericordia de Dios para él. Dirá san Pablo: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura” (1 Co 15, 3). Por esto, porque la cruz es la fuente de la gracia y del amor, el seguidor de Jesús ha de abrazar en su vida concreta de cada día el estilo de vivir de Jesús.
 
Ahora bien, en el evangelio Jesús anuncia su pasión a sus discípulos, pasión que Pedro rechaza, él quisiera seguir a Jesús glorioso, triunfante y poderoso. De ahí que, como a partir de este momento Jesús inicia su camino a Jerusalén, explica cuáles son las condiciones para seguirlo y, por otro lado, también explica la paradoja de perder la vida y ganarla en su seguimiento. En el anuncio de la pasión, Jesús, resalta el designio de Dios, al decir que él: “Tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho”. Ciertamente, no excusa a quienes le llevaron a la muerte: “Los ancianos, los sumos sacerdotes, y los escribas”, pero de esta manera Dios, llevó a cabo su plan de que, a pesar de ser condenado su Hijo a la muerte, resucitaría al tercer día y así se convertiría en causa de nuestra justificación (cfr. Rm 4, 25).
 
Aunque Jesús se dirige a todos los discípulos, nuevamente Pedro es el que contesta. En este caso se llevó aparte a Jesús y trató de disuadirlo: “No lo permita Dios, eso no te puede suceder a ti”. Queda claro que Pedro no acepta la manera como Jesús debía de llevar a cabo su misión, es decir mediante el sufrimiento y la muerte, no acepta un Mesías sufriente. Sin embargo, Jesús sabiendo que la pasión era el camino de la salvación, reprende duramente a Pedro. Antes le había dicho: “Bienaventurado eres tú Simón”, ahora le dice: “Apártate de mí Satanás y no intentes hacerme tropezar en mi camino”. Antes Jesús le había dicho: “Esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos”, y ahora le dice: “Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. En este sentido dice san Pablo en la lectura de hoy: “No se dejen transformar por los criterios del mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme interiormente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. Este es el reto de la vida cristiana, es lo que debe darse en un verdadero proceso de conversión en el seguimiento de Jesucristo: pasar de vivir según los criterios del mundo a vivir según el pensamiento de Dios.
 
Así pues, los hombres no quieren un Mesías sufriente porque no aceptan el dolor y la muerte como medios redentores. La cruz se convierte para ellos en un escándalo, en una piedra de tropiezo (cfr. 1 Co 1, 23; 1 P 2, 8). Pedro, quiere un Mesías triunfalista, pero no se da cuenta que de esta forma está tentando a Jesús, como Satanás, para apartarlo de su camino. Lo mismo le dirán otros a Jesús en el momento de la cruz. “Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz” (Mt 27, 40). Muchos quieren seguir a Jesús pero pensando en éxitos humanos, para ellos la cruz es un escándalo, tropiezan con ella. Jesús le había dicho a Pedro: Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y ahora Pedro tropieza con la misma cruz. Pero el Señor le dará la gracia de entender esto después, aceptarlo e incluso morir crucificado como su Señor, cabeza abajo como cuenta la Tradición.
 
Es tan importante la cruz y su aceptación que Jesús pone condiciones para el que quiera seguirlo: “Que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”. Renunciar a sí mismo, en este contexto en el que Pedro rechaza la pasión, es dejar el modo de pensar de los hombres y ajustarse al pensamiento de Dios; tomar la cruz es aceptar el sufrimiento como camino a la vida eterna y seguir a Jesús; es dejar todo lo que nos estorba o nos ata y seguirlo personalmente como nuestro Salvador, como el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6).
 
Finalmente Jesús explica la paradoja de perder la vida y al mismo tiempo ganarla. El que ha aceptado al Mesías sufriente asume el mismo camino de sufrimiento y, de la misma manera que Jesús pasando por la muerte resucitó, así también él resucitará. Así hay que entender las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?”. Aferrarse sólo a esta vida nos puede llevar a la desesperación por el miedo a perderla; aferrarse, en la fe, a la vida eterna puede tener como precio perder esta vida, pero como resultado ganar la vida eterna. En fin la cruz lleva a la gloria y la gloria es el resultado de pasar por la cruz. Sin embargo, no todo sufrimiento lleva a la gloria, sino aquel que se padece por seguir a Jesús. Así pues hermanos para ganar la vida eterna renunciemos a nosotros mismos, tomemos la cruz y sigamos a Cristo Jesús. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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