Homilía: “Si tu hermano comete un pecado”

HOMILÍA EN EL XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ez 33, 7-9; Sal 94; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20
7 de septiembre de 2014

“Si tu hermano comete un pecado”

Queridos hermanos, nuestra vida cristiana tiene una fuerte dimensión comunitaria. No vivimos la fe de manera solitaria, sino en comunidad. Se podría incluso decir que no podemos salvarnos solos o de manera aislada, sino en comunidad. Se podría decir también que nuestra salvación se consigue en la medida en la que nos olvidamos de ella y pensamos y vivimos en favor de la salvación de los demás. El ejemplo muy claro lo tenemos en nuestro Señor Jesucristo que no vivió para sí, sino para los demás hasta dar su vida por todos en la cruz.

La conciencia de esta relación de comunidad o de pueblo es lo que hace sentir al profeta Ezequiel como centinela para la casa de Israel, es decir como vigilante de lo que le pueda pasar a su pueblo. El profeta era conocedor de los pecados de su pueblo y, por otro lado de los grandes designios de Dios y en cuanto profeta de Dios no tiene más remedio que si escucha una palabra de Dios se la tiene que comunicar a su pueblo, so pena de convertirse en cómplice de los pecados del pueblo. De ahí que sabe de la tarea irrenunciable de la amonestación o corrección fraterna para sacar a un hombre de su mal camino, a pesar de que muchas veces no se consiga nada, pero su conciencia debe quedar tranquila porque hizo lo posible para rescatar al hermano. Hay una misteriosa relación y solidaridad entre todos los hombres, no podemos ser indiferentes a la suerte de los demás, la conquista de nuestra salvación se da en la medida en que luchamos por la salvación de los demás.

San Pablo también nos habla de la importancia de las relaciones comunitarias desde la perspectiva del amor cristiano: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo”, dice él. Hemos sido creados por amor y hemos sido creados para amar, de ahí que tenemos una deuda de amor los unos con los otros. Más aún, dice san Pablo: “El que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley… quien ama a su prójimo no le causa daño… cumplir perfectamente la ley consiste en amar”. En este sentido san Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. El amor no tiene fronteras, sin embargo hay que vivirlo con los más próximos, con los más cercanos, independientemente de credos o nacionalidades.

El evangelio de hoy nos habla de la corrección fraterna en la Iglesia, su relación con el poder de las llaves y el poder de la oración de la comunidad por la presencia de Cristo en su Iglesia. Esta corrección tiene que tener como fundamento el amor cristiano para poder llegar a ser corrección fraterna y además debe tener una gradual pedagogía. El punto de partida es: “Si tu hermano comete un pecado” y el primer paso es “amonestarlo a solas”. Esto nos habla del gran respeto que debemos tener y sobre todo del requisito fundamental para corregir a alguien, es decir que seamos hermanos. Además, el respeto exige que se haga con caridad, de lo contrario será corrección, pero no fraterna y no logrará que el hermano se corrija. En muchas ocasiones la corrección no logra su propósito porque no se hace por amor y no se expresa con muestras de cariño y amabilidad, sino que a la hora de corregir el hermano se le hiere, se le desprecia y se le juzga.

El segundo paso es: “Hazte acompañar de una o dos personas”. En este momento se tiene en cuenta todo lo dicho en el primer paso, es decir hacerlo con caridad, pero además se involucra a otros como testigos animadores para ayudar al hermano a salir de su pecado. Se trata de un encuentro lleno de afecto en el que hablen más los gestos que las palabras, es un encuentro para ayudar no para condenar, se acercan para dar la mano, no para poner el pie. Si somos parte de una comunidad y seguimos a Jesucristo en una comunidad, no podemos ser indiferentes a un hermano que se encuentra caído y debemos luchar para rescatarlo.

El tercer paso es: “Díselo a la comunidad”. Es decir, díselo a la Iglesia, a los dirigentes o encargados de las comunidades. Sin embargo, también esto debe estar regido por el amor y debe hacerse con el fin de salvar al hermano. La finalidad no es acusarlo, sino que la comunidad lo corrija y se salve, pero a veces a pesar de todos los esfuerzos no se logra nada. El evangelio dice: “Si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano”. Esta palabra es fuerte sin embargo, apartarte de él no significa olvidarte de él, pues queda un último recurso el de la oración de intercesión: “Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá, pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Después de explicar todos los pasos pedagógicos y de caridad fraterna que hay que realizar, Jesús dice: “Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo”, se trata del poder de las llaves que ya comentamos anteriormente en relación con Pedro y su sucesor, el Papa; es decir, se trata del poder que Cristo quiso darle a la Iglesia y que ejerce el vicario de Cristo a nivel universal y que tiene su aplicación propia en los diversos niveles de la Iglesia, hasta llegar a una pequeña comunidad en la que una modalidad de este poder de la llaves se vive en la corrección fraterna. La corrección fraterna, como la oración, debe hacerse en la unidad de la Iglesia y en los distintos niveles de Iglesia, pero siempre con caridad.

¡Qué importante pertenecer y realizar todo en la unidad de la Iglesia! El que vive en plenitud y en unidad su misión en la Iglesia eleva el nivel de santidad de la Iglesia. La Iglesia unida tiene mucha fuerza espiritual y lo mismo el que participa de la Iglesia y de toda la gracia que hay en ella. La unidad es parte constitutiva de la Iglesia, la unidad es lo más profundo de su identidad: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium No. 1). La gracia que hay en lo que se hace en la unidad de la Iglesia se debe a la presencia de Cristo resucitado que dijo: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Hermanos, en los primeros tiempos de la Iglesia, la corrección fraterna se realizaba entre miembros de una comunidad de hermanos en la fe. En nuestros días, sabemos que, por el bautismo, todos somos hermanos, pero para corregir a alguien no basta ser hermano por el bautismo, sino que hay que vivir como hermano. De manera que: “Si tu hermano peca”, antes de corregirlo debes preguntarte, si vives como hermano de él. Si la respuesta es afirmativa, haz oración por tu hermano, corrígelo con caridad y ganarás a tu hermano. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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