Homilía: “Perdonar 70 veces 7”

HOMILÍA EN EL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Eclo 27, 33-28,9; Sal 102; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35
14 de septiembre de 2014
 
“Si mi hermano me ofende ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?”
 
Queridos hermanos, el domingo pasado hablábamos de la corrección fraterna, hoy se trata del perdón al hermano. El domingo pasado la Iglesia aparecía como comunidad en la que se corrigen unos a otros, hoy aparece como comunidad donde se perdonan los unos a los otros. Por nuestras faltas y pecados en las relaciones entre hermanos no sólo hace falta la corrección, sino también el perdón, el amor y la reconciliación.
 
El evangelio nos dice que Pedro preguntó a Jesús: “Si mi hermano me ofende ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?”. Esta pregunta va seguida de otra que espera una respuesta afirmativa por parte de Jesús: “¿hasta siete veces?” Siete era lo más que se podía perdonar, pero a una persona muy cercana, como por ejemplo un hijo. En efecto, los padres son en la tierra los mejores imitadores del amor y del perdón de Dios que no tiene límites. La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas: “Hasta setenta veces siete”, es decir siempre, como lo hace Dios que es amor y perdón constantes. Vivir esta enseñanza de nuestro Señor Jesucristo no es nada fácil; mejor dicho, no es nada fácil vivirla sin su ayuda. Pero si nos hemos sentido amados y perdonados por Dios, consecuencia de ello es que, por gracia de Dios, sí podemos perdonar a quienes nos ofenden. El amor y el perdón de Dios es una gracia que se ha de vivir y, en las relaciones entre hermanos, se debe compartir.
 
Por esto cuando Jesús habla del amor y del perdón, incluso a los enemigos, dice: “Sean perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), es decir hay que parecerse lo más posible a Dios que ama y perdona siempre. Dice el salmo el día de hoy: “Como desde la tierra hasta el cielo, así de grande es tu misericordia; como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama”. Esta es la razón o el fundamento del por qué tenemos que perdonar a quienes nos ofenden, porque Dios nos ama y perdona siempre. Si nosotros sabemos que somos pecadores y que a pesar de eso, Dios, porque nos ama, nos perdona; entonces nosotros debemos imitar su modo de amar. Por lo anterior, se exige que si creemos en Dios y queremos vivir en su amor, debemos amar a los que Dios ama y si éstos no ofenden, debemos perdonarles como Dios nos ha perdonado.
 
Para ilustrar lo anterior Jesús contó una parábola en la que un rey quiso ajustar cuentas con sus servidores y el primero que le presentaron, le debía mucho dinero y no podía pagar absolutamente nada, pero ante la súplica de éste: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”, el rey le perdonó; sin embargo el siervo no hizo lo mismo con uno de sus compañeros que le debía poco, sino que lo metió en la cárcel. La parábola nos enseña que ante Dios, el rey de la parábola que ama y siempre perdona, todos somos deudores insolventes que no podemos pagar nada; pero Dios, si le suplicamos reconociendo nuestra indigencia, nos perdona absolutamente todo; pero exige que hagamos lo mismo con quienes nos ofenden. Por esta misma razón en la oración del Padrenuestro decimos: “Perdónanos como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
 
Si perdonamos, también somos perdonados, pero si no perdonamos de nada vale pedir perdón a Dios pues no seremos perdonados. En la parábola, el rey dice: “Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Lo que Dios hace con nosotros hay que hacerlo con nuestros hermanos. El Señor Jesús quiere que sus discípulos puedan perdonar incluso a sus enemigos. Dice en otro pasaje: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?” (cfr. Mt 5, 46). En este mismo sentido decía el libro del Eclesiástico: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? El que no tiene compasión de su semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Eclo. 28, 1-4). San Pablo decía a los Colosenses: “Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo” (Col 3, 13).
 
Amar y perdonar es la fuente de la liberación interior y de la paz entre todos los seres humanos. La venganza y el rencor son los signos de no poder perdonar a quién nos ofende y por ende de que no hemos experimentado el amor y el perdón de Dios. El rencor, en su nivel más alto, lleva muchas veces a la venganza, pero antes de ello hace daño sólo al ofendido que no ha podido perdonar. La venganza, dice el refrán, nunca es buena, mata el alma y la envenena, la venganza no sólo daña al ofendido, sino que hace daño a los dos y desencadena una espiral de violencia y de odio que sólo se puede romper con el amor y el perdón. Así nos lo demostró nuestro Señor Jesucristo en la cruz cuando dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
 
Al final de la parábola, aquel siervo malvado se quedó sin perdón y fue entregado a los verdugos hasta que pagara la deuda, lo cual lleva a una conclusión, en la enseñanza de Jesús: “Lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Uno se pude preguntar ¿si Dios es tan misericordioso y su amor no tiene límites cómo es que no perdona al que no perdona a su prójimo? Dado que el amor y el perdón se identifican con Dios, el que no ama y no perdona, no es que Dios no lo pueda perdonar, sino que él se excluye o se aparta del amor y del perdón de Dios y por esto mismo no puede dar a los demás lo que él no ha recibido o habiéndolo recibido lo ha dejado a un lado y se ha apartado de él. Dicen que nadie da lo que no tiene. Para amar y perdonar hay que poseer a Dios y ser poseído por él, como dice san Pablo a los romanos: “Si vivimos para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor”. En definitiva, para amar y perdonar es necesario sentirse y experimentarse amado y perdonado por Dios.
 
Hermanos, reconozcámonos pecadores y pidamos con humildad perdón a Dios y a quienes hemos ofendido. Por otro lado, dejemos a un lado el rencor, el odio y la venganza, no cerremos nuestro corazón para perdonar al que nos ofende y no olvidemos que la solución para liberarnos y curar las heridas que nos han dejado las ofensas que nos han hecho nuestros hermanos, es perdonar hasta setenta veces siete, es decir siempre. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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