“Vayan también ustedes a mi viña”

HOMILÍA EN EL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 55, 6-9; Sal 144; Flp 1, 20-24.27; Mt 20, 1-16
21 de septiembre de 2014
 
“Vayan también ustedes a mi viña”
 
Queridos hermanos, en la Palabra de Dios, de este domingo, la enseñanza principal es que Dios es bueno. El salmo lo dice con estas palabras: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus criaturas”. En realidad este es el mensaje de toda la Biblia. Es lo que nos enseñó nuestro Señor Jesucristo con sus palabras y con su vida. Es lo que dice san Juan que Dios es amor (cfr. 1 Jn 4, 8). San Pablo dice que: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5, 8).
 
El profeta Isaías, por su parte, dice que Dios es: “Rico en perdón”. Claro, para recibir ese perdón se necesita poner en práctica cuatro imperativos: “Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor y el tendrá piedad”. Es decir se necesita convertirse, es decir volverse a Dios, vivir de cara a Dios, vivir cerca de Dios, como san Pablo, que el domingo pasado, nos decía: “Ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor”. Cuando se vive así, con nuestra vida se da gloria a Dios, por eso san Pablo pudo decir también: “Ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí”. Esto es vivir en Dios y pensar como Dios. Cosa que no siempre sucede porque, como dice también Dios por boca del profeta el día de hoy: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos”.
 
La parábola del día de hoy refleja también que no todos se identifican con el pensamiento de Dios. Los trabajadores de la primera hora pensaron que ellos iban a ganar más que los de la última hora. Les pasó como a Pedro cuando Jesús le dijo: “Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. Esto prueba que lo mismo nos puede suceder a todos, aunque en distintos grados. No es fácil identificarse con Dios, no es fácil amar como Dios, no es fácil pensar como Dios, pero es el reto de siempre: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).
 
En el evangelio, Jesús dirigiéndose a los discípulos, les cuenta la parábola del propietario que salió, a distintas horas del día, a contratar trabajadores para su viña. A los que contrató en la mañana les dijo que les pagaría un denario, a los demás les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Al atardecer, cuando pagó a los trabajadores, les dio un denario a los últimos, tal como prometió a los primeros. Por esto los que habían sido contratados, desde el amanecer, esperaban más dinero; pero el amo, que es Dios en la parábola, les dio lo mismo y le empezaron a reclamar y a acusarlo de injusto. La salvación no es pago a lo que hacemos, sino gracia a los que aceptan ir a trabajar a la viña e incluso a los que no han trabajado nada, sino que simplemente piden perdón. Si no cómo podremos entender la justificación del publicano que sabiendo que no tenía ningún mérito simplemente pidió misericordia y bajó a su casa justificado (cfr. Lc 18, 9-14).
 
La respuesta serena del amo a los trabajadores de la primera hora indica que él no está cometiendo ninguna injusticia, pues eso quedó de pagarles, pero por su bondad quiso dar lo mismo a los que fueron contratados en las diversas horas del día. Por eso dice: “¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”. Finalmente el evangelio termina diciendo: “De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”. En la parábola aparece contrapuesta la gratuidad del amo generoso, que es Dios, a la relación mercantilista de los que piensan que si más trabajan en la viña, más deben recibir. Si así fuera, la salvación no sería una gracia, sino un pago; no habría gratuidad, sino un derecho. Ciertamente Dios espera nuestra colaboración, pero lo que nos da sobrepasa cualquier mérito. No le podemos exigir a Dios un pago por habernos portado bien. Dios nos da porque nos ama, pero quiere que correspondamos a su amor y que, en la medida de lo posible, amemos también como él ama.
 
Cuando aquí se habla de los primeros contratados, en la mañana, se nos está hablando del pueblo de Israel que, entre todos los pueblos fue llamado por Dios para ser su viña (cfr. Is 5, 1-7). Y cuando se nos habla de los últimos, los contratados en la tarde, se trata de los pueblos paganos, entre los que nos contamos nosotros, que al final de la historia, por la incredulidad del pueblo judío y la gran misericordia de Dios, entramos a formar parte del pueblo de Dios (cfr. Rm 11, 11ss). A nivel individual se puede pensar que los últimos son todos aquellos que durante toda su vida han vivido lejos del Señor, pero al final de su vida se arrepienten y Dios les da el Reino, como al ladrón que en el último instante de su vida se robó el cielo (cfr. Lc 23, 43). Nosotros somos tan mezquinos que pensamos y actuamos según la ley de la retribución. Quisiéramos que Dios le dé a cada uno su merecido, pero Dios es bueno y nos da sin medida. El Dios justiciero o castigador que castiga a los malos y premia a los que se portan bien no es el verdadero Dios, sino una deformación que hemos hecho de Dios. Dios ofrece su salvación incluso a quienes no han trabajado, a quienes no se la han ganado o no se la merecen. Dios es rico en perdón (cfr. Is 55, 7), ¡Dios es amor! (cfr. 1 Jn 4, 8).
 
Dios siempre está saliendo en busca de trabajadores para su viña. Las distintas horas del día pueden representar las distintas etapas de la historia en las que Dios ha invitado a los diversos pueblos de la tierra a trabajar en su viña, es decir en su Reino (así pensaba san Ireneo); pero también puede significar las distintas etapas de nuestra vida (así pensaba Orígenes), pues Dios a unos los llama al amanecer de la vida, es decir en la niñez; a otros, a media mañana, es decir en la edad de la juventud; a otros, al medio día de la vida, es decir en la vida adulta; a otros a media tarde o al caer la tarde, es decir en la ancianidad. En todos los casos, Dios quiere que trabajemos en su viña. La llamada de Dios no tiene límites ni de edad.
 
En definitiva, si Dios nos diera lo que merecemos sería un Dios justo, si nos diera menos sería injusto; pero en realidad, como Dios es bueno y misericordioso, nos da más de lo que merecemos, pues nada nos debe, así que el denario que Dios da a cada uno de sus trabajadores indica que el premio a los trabajadores del evangelio es el mismo porque Dios no tiene otro, es el Reino, Dios se da a sí mismo, él es el premio. Hermanos, trabajemos en la viña del Señor para que él nos dé el denario de la vida eterna ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
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