“Hijo, ve a trabajar hoy en mi viña”

HOMILÍA EN EL XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ez 518 25-28; Sal 24; Flp 2, 11; Mt 21, 28-32
28 de septiembre de 2014
 
“Hijo, ve a trabajar hoy en mi viña”
 
Queridos hermanos, como en la Palabra de Dios del domingo pasado, también en éste aparece que Dios es bueno para perdonar al pecador que se aparta del mal camino; paradójicamente algunos pecadores son más sensibles para convertirse a la ternura del amor de Dios; por el contrario los que se sienten justos, muchas veces, no experimentan el amor de Dios.
 
La lectura del profeta Ezequiel tiene como contexto histórico el exilio. Muchos israelitas que estaban exiliados en Babilonia consideraban que sus padres habían tenido la culpa de que ellos estuvieran viviendo el exilio y, por tanto, no era justo el proceder de Dios. A estas críticas Dios responde diciendo: “¿Conque es injusto mi proceder? ¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto?”. Es decir, ustedes también son pecadores como sus padres, pero cada quien debe ser responsable, tanto de sus pecados, como de su salvación, pues: “Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida”. Desgraciadamente, muchas veces, no nos sentimos pecadores; nos creemos justos y, cuando esto pasa, es más difícil la conversión.
 
San Pablo insiste en que tengamos los mismos sentimientos de Cristo, que se anonadó, se hizo siervo, se humilló así mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte y muerte de cruz, y Dios lo exaltó y glorificó sobre todas las cosas. Jesús es el modelo de la perfecta obediencia a la voluntad de Dios, hasta el extremo de morir en la cruz. El camino del evangelio no es subir escalones o puestos importantes, sino descender, en obediencia, hasta morir en favor de los demás; como respuesta a esto, Dios eleva al que hace su voluntad. Se cumple lo que decía Jesús en el evangelio: “Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23, 12). Podríamos partir de esta frase diciendo que el que hace su voluntad será humillado y el que hace la voluntad de Dios será ensalzado. Como que hay dos modos de proceder en esta vida: haciendo la voluntad de Dios o haciendo nuestra voluntad. ¿Habrá manera de que coincidan nuestra voluntad y la voluntad de Dios? En Jesús eso se dio a la perfección, decía él: “Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió” (Jn 6, 38). Esto significa que el seguimiento de Jesucristo consiste en esto: en tener sus mismos sentimientos, pensamientos y actitudes.
 
En el evangelio de hoy continúa la imagen de la viña, pero ahora con el tema de los dos hijos. Con esta parábola, Jesús interpela a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, que se ven retratados en el hijo que dice: “Ya voy, Señor, pero no fue”. En cambio el hijo que dice: “No quiero ir, pero se arrepintió y fue”, son los publicanos y las prostitutas. Cuando Jesús pregunta a los sumos sacerdotes y a los ancianos: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”, ellos le respondieron muy sensatamente: “el segundo”. En cierto sentido, Dios sólo tiene dos hijos, los que se creen buenos y los que se reconocen pecadores. Lo que no se imaginaban, los sumos sacerdotes y los ancianos, es que Jesús les iba a decir que ellos eran el primer hijo y el segundo los publicanos y las prostitutas, pues éstos sí habían creído en Juan el Bautista y ellos no. Jesús, como Juan el Bautista, también experimentó el rechazo de los fieles observantes de la ley mosaica; en cambio, los pecadores, los marginados y excluidos sí creyeron en él.
 
Con esta parábola vemos, por un lado, que los sumos sacerdotes y los ancianos eran personas conocedoras de la voluntad de Dios, eran personas que, de palabra, le decían a Dios: ‘Si voy a trabajar en la viña’, pero no iban. En este sentido Jesús dijo en otra ocasión: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8). Por otro lado, estaban los pecadores, que se reconocían de hecho como tales y a los cuales Jesús se dirigió muchas veces invitándolos a la conversión: podemos pensar en Zaqueo el publicano, en la pecadora que le llevaron para acusarla o en la pecadora que le fue a lavar los pies, o en aquellos con los que comió en casa de Mateo. Bueno, por todo, esto a él le llamaban amigo de publicanos y pecadores, de manera que por toda esa experiencia de conversión de los pecadores no le era difícil decir a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino”.
 
El evangelio de hoy es un llamado a los que estamos al frente de las comunidades cristianas. No basta que estemos consagrados a Dios por un sacramento, sino que tenemos que vivir en cualquier momento y lugar nuestra consagración a Dios, precisamente al estilo de Jesús que se anonadó, se humilló y en obediencia a Dios murió en la cruz. Nosotros, como Jesús, estamos llamados a buscar a los pecadores para mostrarles el “amor y la ternura de Dios”. Nosotros, como pecadores, también estamos llamados a convertirnos, no basta decirle a Dios ‘si voy a trabajar en la viña’, sino que hay que hacerlo; no basta conocer la voluntad de Dios, sino que hay que vivirla.
 
El evangelio es un llamado a la conversión para todos. Hay algunos que están más cerca de Dios en la Iglesia y muchas veces se acostumbran a las cosas de Dios, pero su vida de cada día no cambia nada. Dedican tiempo a Dios y a la misión en la Iglesia, pero en su vida de cada día y en sus responsabilidades humanas y ciudadanas todo sigue igual. Tal parece que, por un lado, hay que vivir la vida sin la fe y, por otro, hay que celebrar la fe sin la vida.
 
Y ¿qué decir de los pecadores, los más olvidados, los más marginados? El evangelio de hoy dice que son objeto del amor de Dios. ¡Cuántos pecadores empedernidos, una vez que se encontraron con Dios, en Cristo Jesús, abrazaron el camino del Reino! Jesús dijo: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5, 32). Hermano, Jesús te busca, Jesús se encarnó por ti, Jesús murió por ti, Jesús te ama.
 
El Señor nos invita a trabajar en su viña, digámosle que sí vamos, pero vayamos. Lo importante no es decir ‘sí voy, sino ir’. Lo importante no es conocer la voluntad de Dios, sino hacerla. Ahora bien, si por la vida que has llevado, le dijiste a Dios ‘no voy; pero sí fuiste’, bendito sea el Señor, porque hiciste su voluntad. Dios es amor y ternura para con todos y se apiada de nosotros pecadores. Pidámosle su gracia para que, con su ayuda e identificados con Cristo, hagamos su voluntad. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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