“Por último les mandó a su propio Hijo”

HOMILÍA EN EL XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 5, 1-7; Sal 79; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43
5 de octubre de 2014
 
“Por último les mandó a su propio Hijo”
 
Queridos hermanos, por tercer domingo consecutivo en la Palabra de Dios aparece el tema de la viña, ahora incluso en la primera lectura, en el salmo y, por supuesto, en el evangelio. El tema de la viña es una imagen muy apreciada en la Escritura para hablar de la relación entre Dios y su pueblo. Por eso, en la primera lectura, con un estilo poético, el profeta Isaías describe el gran amor de Dios por su pueblo Israel, con muchos detalles sobre el cuidado paternal de Dios, al grado que hizo todo lo posible para que hubiera buenos frutos en su viña.
 
Desafortunadamente, como también aparece en el evangelio, a pesar de todos los cuidados, Dios no recogió los frutos esperados de justicia, sino todo lo contrario, frutos agrios de maldades e injusticias. Por lo anterior, Dios invita a los habitantes de Jerusalén y de Judá a juzgar entre su viña y él: “¿Que más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas las dio agrias?”. En el profeta Isaías no aparece la respuesta que le dan los habitantes de Jerusalén y las gentes de Judá, pero sí la conclusión del dueño de la viña: “Le quitaré su cerca y será destrozada. Derribare su tapia y será pisoteada…”. Eso sucedió de hecho cuando fue destruida Jerusalén en el año 586 antes de Cristo y fueron llevados muchos de sus habitantes al exilio en Babilonia.
 
El salmo 79 es una respuesta a la primera lectura, en él se le pregunta a Dios: “¿Señor, por qué has derribado su cerca, de modo que puedan saquear tu viña los que pasan, pisotearla los animales salvajes y las bestias del campo destrozarla?”. Pero también en el salmo se le suplica a Dios: “Vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste”. Y se le propone a Dios: “Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos, míranos con bondad y estaremos a salvo”. Cuando el hombre se aparta de los caminos de Dios, él permite que nuestras seguridades sean destruidas. En el pecado llevamos la penitencia, pero Dios no nos abandona, si se lo suplicamos, como aparece en este salmo.
 
En el evangelio tenemos la parábola de los viñadores homicidas, prácticamente con el mismo mensaje de la lectura del profeta Isaías. Las primeras palabras son una referencia directa a Isaías 5, 1-7. Aquí, en el evangelio, igual que en Isaías, en primer lugar aparece el cuidado y el amor que Dios ha tenido por su pueblo Israel, su viña, a tal punto de rodearla con una cerca, cavar un lagar y ponerle una torre para el vigilante. En seguida se dice que el propietario, o sea Dios: “La alquiló a unos viñadores y se fue de viaje”.
 
Dios confía en quienes pone al frente de su pueblo, pero la confianza exige responsabilidad, exige frutos. Por eso: “Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores”, pero los viñadores: “golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon”. Tenemos aquí un resumen de la historia de Israel, antes de Cristo, que refiere todas aquellas veces que Israel rechazó a los líderes que Dios había puesto para guiar a su pueblo o a los profetas, enviados por Dios, para exhortarlos a seguir sus caminos.
 
Finalmente, como sabemos por la historia, Dios envió a su propio Hijo, como aparece en la parábola: “Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron”. Estas últimas palabras hablan claramente de la muerte de Cristo, pues los judíos le echaron mano, lo sacaron de Jerusalén (es decir del viñedo) y lo mataron fuera de las murallas de Jerusalén, en el Monte Calvario o Monte de la Calavera.
 
En el diálogo con los sumos sacerdotes y los ancianos, Jesús provoca que ellos mismos se condenen a sí mismos cuando les pregunta: “Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?”. Ellos, sin darse por aludidos, le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús concluyó: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Esta palabra de Jesús sigue vigente en nuestros días, Dios espera frutos de justicia de su pueblo, frutos de su Iglesia y de cada uno de los que formamos parte de ella y precisamente por eso se desborda en cuidados hacia nosotros llenándonos de su amor y de la protección de sus ángeles y de sus santos.
 
Ese pueblo ‘al que se le dará el Reino’, según las palabras de Cristo, en un primer momento fue la Iglesia primitiva, a quien Dios le encomendó el cuidado de su viña, es decir el cuidado de su Reino. Jesús le dio a Pedro: “Yo te daré las llaves del Reino de los cielos” (Mt 16, 19). Por este motivo la Iglesia debe anunciar el Reino de Dios, debe ser servidora del Reino, debe ser germen y principio del Reino de Dios en este mundo (cfr. Lumen Gentium No. 18), en esta nueva etapa de la historia. Sin embargo, por lo anterior, la Iglesia sabe que lo sucedido a Israel, en el Antiguo Testamento, es una advertencia para ella. Ahora la Iglesia tiene la gran responsabilidad de dar frutos a su tiempo. Para esto deberá estar firmemente apoyada en Cristo, el cual es la piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, en la cual también nosotros, cual piedras vivas, entramos en la construcción de un edificio espiritual, para formar un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por mediación de Jesucristo (cfr. 1 P 2, 4-5).
 
Hermanos, para nosotros hoy, ese ‘irse de viaje del propietario de la viña’ podríamos pensar en la asunción de nuestro Señor Jesucristo a los cielos, así como en su venida, cuando venga a juzgar al mundo. Entonces, como dice el evangelio: “¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 18), ¿encontrará frutos? Cada uno de nosotros somos como plantas de la viña del Señor. Debemos florecer y dar frutos donde el Señor nos ha plantado. La gracia que él nos ha dado desde el bautismo, al hacernos hijos suyos, es un don y una misión que, si no la llevamos a cabo, es encomendada a otros que sí den los frutos que él espera. No debemos confiarnos, Jesús dice en el evangelio: “A todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mt 25, 29). Que todos demos los frutos de justicia que Dios espera de nosotros y: “Que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús”. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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