“¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

HOMILÍA EN EL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ex 22, 20-26; Sal 17; 1 Ts 1, 5-10; Mt 22, 34-40
26 de octubre de 2014
 
“¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?”
 
Queridos hermanos, en la Palabra de Dios, el día de hoy el tema central es saber cuál el mandamiento principal. Es decir el mandamiento del amor, el cual tiene dos direcciones, hacia Dios y hacia el prójimo. Ahora bien el mandamiento del amor no se trata de un sentimiento o de una emoción o de una devoción, sino de una opción de fe que se ha de vivir en relación a los más pobres o a los que más sufren. El mandamiento del amor está en el centro de la cruz; por eso tiene una dirección vertical hacia Dios y una dirección horizontal hacia nuestros hermanos. El mandamiento del amor hay que entenderlo desde Cristo crucificado que une el cielo y la tierra y, al extender sus brazos, une a los hombres entre sí.
 
En tiempos de Cristo los maestros habían desmenuzado la ley en seiscientos trece preceptos; doscientos cuarenta y ocho mandamientos positivos y trescientas sesenta y cinco prohibiciones. Por eso, para no perderse entre tantos preceptos, era de vital importancia jerarquizarlos, saber cuál era el principal. Pues bien, la respuesta de Jesús, al fariseo, resuelve, como dice él, dónde se fundan toda la ley y los profetas, es decir cuál es su fundamento, su esencia o el centro de toda la Ley. Como el que le pregunta es un conocedor de la ley, Jesús le contesta citando la Sagrada Escritura. El mandamiento más grande está en el libro del Deuteronomio 6, 4ss, se trata de la oración que todo judío piadoso recitaba en la mañana y en la tarde: “Escucha Israel, el Señor es el único, amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, es decir con todo tu ser. Este mandamiento todo judío debía enseñarlo a sus hijos, estando en casa o yendo de camino, debía tenerlo en su mente y en su corazón.
 
Por lo que se refiere al segundo mandamiento Jesús cita el libro del Levítico 19, 18 donde la palabra “prójimo” se refiere a un connacional; en cambio en boca de Jesús se trata de todo hombre y toda mujer, independientemente de su raza, color o nacionalidad, y además este mandamiento es la verificación concreta del primer mandamiento, el del amor a Dios, pues como dice san Juan: “Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (Jn 4, 20). Esto que dice san Juan es muy frecuente cuando nos falta conocimiento y experiencia del amor de Dios, pues sólo desde la luz y la experiencia de Dios se puede ver en los demás, especialmente en los que sufren, el rosto sufriente de Cristo. Si no nos hemos encontrado con Cristo y si no hemos experimentado su amor, no podremos amar a su estilo. Sin experiencia del designio amoroso de Dios no podremos vivir este mandamiento. Necesitamos primero sentirnos amados por Dios para poder amar como Dios.
 
Entre los rabinos, de aquel tiempo, el amor al prójimo no tenía importancia, estaba muy separado del amor a Dios. ¿Por qué Jesús añadió el mandamiento del amor al prójimo? Porque cuando hay a nuestro lado gente que sufre no se puede amar a Dios olvidándose de ellos. El amor a Dios va más allá de sentimientos, de emociones o de devociones. Nosotros tenemos la tendencia de amar a Dios a solas encerrándonos en el sentimiento o en la devoción. Cuando hacemos esto y olvidamos que somos parte de un pueblo formado por seres humanos a quienes Dios ama, eso significa que no amamos al Dios que es amor. No se puede amar a Dios sin escuchar el clamor de los pobres a quienes Dios ama. Si de verdad amamos a Dios, por tanto debemos amar también a los que Dios ama y como él los ama. En ese sentido la primera lectura de hoy nos dice cómo hay que amar al prójimo: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero… no explotes a las viudas y a los huérfanos… cuando prestes dinero… no te portes como usurero… Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol… cuando él clame a mí yo escucharé porque soy misericordioso”.
 
Jesús une, en otro pasaje evangélico, estos dos mandamientos en uno sólo, el mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). Ahora bien, estos dos mandamientos no se identifican ni se confunden entre sí, una cosa es el amor a Dios y otra es el amor al prójimo; sin embargo, estos dos mandamientos no se excluyen el uno al otro: el que ama a Dios debe demostrarlo en el amor al prójimo, pues el amor a Dios, en forma pura, sin el amor al prójimo puede ser engañoso porque a lo mejor lo que amamos no es a Dios, sino una imagen deformada que nos hemos hecho de él, es decir un ídolo fabricado por nosotros a nuestra medida. Como somos hechos a imagen y semejanza de Dios, muchas veces queremos devolverle el favor a Dios haciéndolo a imagen y semejanza nuestra.
 
Hay que notar que en el mandamiento del amor al prójimo se dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, lo cual también puede ser engañoso porque, muchas veces, no sabemos amarnos a nosotros mismos, menos vamos a amar al prójimo como Dios quiere. Eso significa que para entender el mandamiento del amor al prójimo hay que verlo desde la persona de Jesús y de su enseñanza. En ese sentido, Jesús dijo en otra ocasión: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12). Así pues, no se trata de amar de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado, es decir dando la vida por lo demás. En este mandamiento de Jesús, y en esta forma de amar como Jesús, se resumen todos los mandamientos. Se podría decir que el mandamiento del amor es el único mandamiento que hay que vivir, pero en todas sus dimensiones. San Agustín llegó a decir: “Ama y haz todo lo que quieras”. En efecto si verdaderamente amamos no le vamos a causar daño a nadie; al contrario, si verdaderamente amamos haremos el bien especialmente a los necesitados. San Agustín dijo también que el mandamiento del amor a Dios es el primero en el orden del pensar; pero en el orden del actuar lo primero es el amor al prójimo. En este sentido se dice que, para llegar al cielo, el amor al prójimo es el camino; en cambio el amor a Dios es la meta.
 
Hermanos, el mandamiento principal es el mandamiento del amor, pero se trata de amar como Jesús. San Marcos en el paralelo de esta lectura dice que: “Amar a Dios y al hermano vale más que todos los sacrificios” (Mc 12, 33), eso significa que el mandamiento del amor sería más importante que ir a Misa, sobre todo si vamos sólo por cumplimiento y no con un amor a Dios que esté precedido con hechos de amor al prójimo. Por eso Jesús decía: “Si, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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