Homilía: “Vengan, benditos de mi Padre”

HOMILÍA EN EL XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Sab 3, 1-9; Sal 26; 1 Jn 3, 14-16; Mt 25, 31-46
2 de noviembre
 
“Vengan, benditos de mi Padre”
 
Queridos hermanos, en la fiesta de todos los santos, pedimos la intercesión de quienes ya gozan de la gloria del cielo; en la conmemoración de los fieles difuntos elevamos a Dios oraciones por nuestros seres queridos que se nos han adelantado para pedirle a Dios que les conceda gozar de la vida eterna. En este año la conmemoración de los fieles difuntos ha caído en domingo, día del Señor. Las lecturas han sido escogidas para que nos iluminen sobre la muerte, o mejor dicho sobre la vida de la gracia que comienza en este mundo y se prolongará en la vida eterna. En efecto celebrar a nuestros muertos no es celebrar la muerte, sino la vida más allá de la muerte.
 
La Iglesia desde los primeros tiempos ha recordado a sus muertos, especialmente a sus mártires. A estos para pedirles su intercesión como lo hacemos el 1 de noviembre. De hecho en tiempos de persecución, la Misa se celebraba en las catacumbas, en las tumbas de los mártires. Sin embargo, un poco después también la Iglesia pensó en elevar plegarias por sus muertos no mártires para implorar la misericordia de Dios sobre ellos. Todo esto se hacía pensando en los méritos de Cristo, no en lo méritos de los difuntos. De aquí nació lo que se ha llamado la comunión de los santos, es decir que en la unión con Cristo podemos ayudarnos unos a otros para alcanzar la salvación.
 
En la lectura del libro de la Sabiduría se dice que: “Las almas de los justos están en la manos de Dios y no les alcanzará ningún tormento”. Hay que decir que tanto justos como injustos están en las manos de Dios, pero los injustos tratan de ponerse fuera de las manos de Dios y de hecho pueden lograrlo si se apartan en esta vida definitivamente de su amor, cosa que el evangelio dice que es posible y por eso van: “Al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. La fe es una gracia, la lectura de la sabiduría indica que: “Los insensatos pensaban que los justos habían muerto, que su salida de este mundo era una desgracia y su salida de entre nosotros una completa destrucción”. Aquí es donde está nuestra esperanza para los que creemos en Cristo que dijo: “El que cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 26). Esa es nuestra esperanza, pero mientras peregrinamos en esta vida Dios nos pone a prueba y nos purifica por eso dice el libro de la sabiduría: “Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto agradable”.
 
Vivir es también morir. Desde el momento que nacemos, en la medida que crecemos y avanzamos en edad, vamos en camino hacia el fin de nuestra vida física pero, si por la fe y la gracia del bautismo llegamos a ser hijos de Dios y vivimos conforme a nuestra dignidad de hijos, sabemos que el fin de nuestra vida física será al mismo tiempo el principio de la vida eterna. Dios es nuestro origen y nuestro fin y por su gracia hemos venido al mundo para conocerlo, servirlo amarlo y mediante esto ganarnos la vida eterna. Esta vida es corta, debemos aprovecharla para conquistar la vida eterna. En la primera carta el apóstol san Juan dice: “Nosotros estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”. Eso significa que la vida, vista desde el punto de vista de la fe, siempre será pasar de esta vida a la otra. Siempre será estar muriendo y estar naciendo a nueva vida. En este sentido, en la Catedral de Morelia Michoacán hay un letrero que dice: “Acostúmbrate a morir antes que la muerte llegue, porque muerto sólo vive el que estando vivo muere”.
 
El evangelio nos dice que: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria” para juzgar a todas las naciones y apartará a los unos de los otros como el pastor aparta a las ovejas de los cabritos. Con la imagen del Pastor se evoca lo que sucederá al final de los tiempos, el Hijo del hombre separará a los buenos de los malos. Ahora, mientras eso no suceda, aunque no se puedan distinguir, coexisten buenos y malos. Sin embargo, sea que llegue el fin del mundo o el fin de nuestra vida, todos vamos a comparecer ante el Hijo del hombre. Lo más seguro en esta vida es que todos moriremos, no es lo que queremos, pero para vivir en la eternidad primero hay que morir para luego resucitar.
 
Ciertamente lo que se hace en el tiempo presente va a determinar cuál será el desenlace final. La clave está en lo que se hace o se deja de hacer a los pobres, los cuales aparecen representados por los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados, o como dice Jesús con una sola palabra: “los más insignificantes”. Hay que notar que, mientras llega el día del juicio, los hombres parecen no darse cuenta de cuál será su destino final, es decir si estarán puestos a la derecha con los benditos, o a la izquierda con los malditos. No se dan cuenta porque su vida y lo que hacen o dejan de hacer a los pobres no tiene referencia a Dios, no se dan cuenta que lo hecho a ellos, se lo hacen, o no se lo hacen, al Hijo del hombre.
 
San Pablo dice que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4) y, de hecho, aquí, cuando el rey llama a los de la derecha les dice: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”; en cambio a los de la izquierda les dice: “Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”. Así pues, el infierno no es para nosotros, sino para el diablo y sus ángeles. Para nosotros Dios ha preparado el Reino; pero hay que pedirlo: “Venga a nosotros tu Reino” (Mt 6, 9); hay que buscarlo: “El que busca encuentra” (Mt 7, 7-8). Lo que llama la atención es que hay que buscarlo en los pobres, en ellos Dios se revela y se oculta. Por eso unos lo descubren y otros no.
 
Jesús dice a los de la derecha: “Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron” y a los de la izquierda: “Cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo”. Hermanos, vivamos de tal manera que cuando venga el Hijo del hombre estemos contados entre aquellos a quienes les diga: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”. Así pues, para que esto sea una realidad, al final de nuestra vida, busquemos ahora el Reino en los hambrientos, en los sedientos, en los forasteros, en los desnudos, en los enfermos y en los encarcelados, o como dice Jesús en “los más insignificantes”. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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