“Pero él hablaba del templo de su cuerpo”

HOMILÍA EN EL XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ez 47, 1-2.8-9.12; Sal 45; 1 Co 3, 9-11.16-17; Jn 2, 13-22
Dedicación de la Basílica de Letrán
“Pero él hablaba del templo de su cuerpo”
 
Queridos hermanos, en este domingo celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, es decir de la Iglesia Madre de Roma, la Catedral del Papa. En efecto, aunque el Papa vive en San Pedro, su catedral es la Basílica de San Juan Letrán.Con esta fiesta meditamos en que Dios quiere habitar en medio de nosotros, pero no sólo en una casa de piedra, sino en el corazón de todos los que, en Cristo, formamos la Iglesia, el nuevo templo de Dios.
 
El pueblo de Israel se enorgullecía del templo de Jerusalén y pensaban que, aunque estuvieran viviendo injustamente, Dios estaría siempre en medio de ellos. De hecho, se engañaban a sí mismos diciendo: “¡Aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor!”. (Jr 7, 4). Como se apartaron del amor de Dios, Dios permitió que vinieran los babilonios, destruyeran el templo en el año 586 antes de Cristo y se llevaran a muchos al exilio. Entre los exiliados iba un sacerdote de nombre Ezequiel, pero como en el exilio no había templo, tampoco había sacrificios ni sacerdotes, por eso él se convirtió en profeta. Como profeta en el exilio soñaba con el templo de Jerusalén en todo su esplendor. Es en este contexto que mediante la visión que tenemos en la lectura de hoy, Dios le anuncia una etapa de renovación de su pueblo y de su templo.
 
En esta visión, mediante las aguas que brotan de él, el templo es fuente de bendiciones para todos los pueblos. Dice el profeta: “Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá; habrá peces en abundancia, porque los lugares a donde lleguen estas aguas quedarán saneados y por dondequiera que el torrente pase, prosperará la vida”. Así se imaginaba el profeta la nueva etapa de renovación del pueblo de Dios.
 
Este torrente de agua superaría aquella fuente de agua que salió de la roca en el libro del éxodo (Ex 17, 1-7). En definitiva, este era un anuncio profético de Cristo resucitado que en el evangelio de san Juan dice: “El que tenga sed que venga a mí y beba. El que crea en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 38). En efecto, todos aquellos que se han encontrado verdaderamente con Cristo y partiendo de él, con el anuncio del evangelio, por dondequiera que van, llevan, como una agua viva, la salvación a todos aquellos que, por el bautismo, llegan a formar en Cristo el nuevo templo de Dios. Por eso san Pablo dice en la primera carta a los corintios: “Ustedes son la casa que Dios edifica” y también dice: “El único cimiento válido es Jesucristo y nadie puede poner otro distinto”.
 
Ahora bien, en el evangelio también se habla de este nuevo templo. A diferencia del evangelio de san Mateo, san Marcos y san Lucas, en san Juan aparece la expulsión, que Jesús hizo de los vendedores de animales y los cambistas de monedas, desde el principio del evangelio, lo cual indica que toda la vida de Jesús estuvo marcada por la pasión y por ella se iba a convertir en el verdadero templo de Dios. Por eso el evangelista dice al final de este relato que “Él hablaba del templo de su cuerpo”.
 
Cuando uno escucha o lee este evangelio se imagina a Jesús sacando a los vendedores con todos sus animales del interior del recinto sagrado, pero la verdad es que los animales no estaban en el interior, sino en el puesto de venta para poder comprarlos para luego ser ofrecidos en sacrificio. La venta de animales y el cambio de monedas eran dos cosas de primera necesidad en el templo de Jerusalén porque la gente que venía de lugares muy distantes y con monedas diferentes tenía que cambiarlas para comprar los animales que iban a ofrecer en sacrificio en el mismo templo. Si así eran las cosas ¿por qué pues Jesús los expulsó de ahí? Porque Jesús quiso denunciar que el templo, la casa de su Padre, que debía ser un lugar de encuentro con Dios, se había convertido en un mercado, es decir no estaba sirviendo para su fin, para que los hombres se encontraran con Dios. Por esto hace un signo profético para indicar que el templo ha llegado a su fin. Pero, al mismo tiempo, al hacer esto, anuncia la venida de un nuevo templo.
 
La pregunta de los judíos: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” significa ¿Quién eres tú? y Jesús responde introduciendo un mal entendido que apunta a su respuesta: “¿Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré?” Los judíos, pensando en el templo de piedra, simplemente confirman el malentendido y cuestionan que sea posible reconstruirlo en tres días, puesto que la construcción se ha llevado 46 años. Sin embargo, eso prepara la explicación del evangelista que dice: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo”, es decir que Jesús por su muerte y resurrección es el nuevo templo, el nuevo lugar de encuentro con Dios, por eso dice que: “Cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho”.
 
De hecho en el libro del profeta Ezequiel, cuando el pueblo estaba en el exilio, se dice que Dios era su templo (cfr. Ez 11, 16), y que pondría su santuario en medio de ellos para siempre (cfr. Ez 37, 26). Pues bien ese santuario que Dios prometió es su propio Hijo. Por eso en Juan 1, 14 se dice: “La Palabra se hizo carne y puso su morada, entre nosotros”. Esto se confirma en el libro del Apocalipsis cuando el autor dice que en la Nueva Jerusalén no vio santuario alguno, porque el Señor, el Dios todopoderoso y el Cordero eran su santuario (cfr. Ap 21, 22).
 
Así pues, Cristo es el verdadero lugar de encuentro con Dios y en Cristo todos los bautizados hacemos el templo de Dios, la casa que Dios edifica para su gloria. ¿Vivimos como templos?, ¿Somos conscientes de que Dios habita en cada uno de nosotros, tanto individualmente como en todos en la unidad de la Iglesia en la que Cristo, el verdadero templo, está presente? El poco respeto a la vida, tanto desde sus inicios, con el aborto, como después con tantos asesinatos, como estamos padeciendo en México, parecen decir lo contrario.
 
Hermanos, vivamos en favor de la vida y en favor de la paz desde nuestra familia, nuestros barrios y comunidades. Busquemos a Dios, busquémoslo en su templo, es decir en Cristo. Pero, nosotros en Cristo también somos templos de Dios, vivamos pues como templos. Tampoco olvidemos que también nuestros hermanos son templo de Dios, por tanto busquemos a Dios también en nuestros hermanos y respetemos a todos porque en todos está Dios. ¡Que así sea!
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
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