“Vengan, benditos de mi Padre”

HOMILÍA EN EL XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ez 34, 11-12.15-17; Sal 22; 1 Co 15, 20-26. 28; Mt 25, 31-46
Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo
24 de Noviembre de 2014
 
“Vengan, benditos de mi Padre”
 
Queridos hermanos, cada año terminamos el año litúrgico con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, cuando en México muchos de nuestros hermanos defendían la fe y morían por ella al grito de “viva Cristo Rey”. Hoy mueren muchos, pero no al grito de “viva Cristo rey”, sino víctimas de la violencia, lo cual indica que es necesario que el Reino de Dios se haga más presente en nuestra realidad histórica. ¿De qué nos sirve que Cristo sea el Rey del universo si no reina en nuestras vidas?
 
En la lectura del profeta Ezequiel Dios mismo se compromete a buscar a sus ovejas, velar por ellas y apacentarlas con justicia. La acción misericordiosa de Dios incluía hacerlas reposar, hacer volver a la descarriada, curar a las heridas y robustecer a las débiles. Pero también, ya desde entonces, el Señor dijo: “He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”. Es decir que, en este mundo, Dios protege a su pueblo como Buen Pastor, pero al final de la vida será su juez.
 
El salmo es un eco del mensaje del profeta Ezequiel. Comienza diciendo; “El Señor es mi pastor, nada me falta”. En los primeros tiempos de la Iglesia se veía en este salmo un anuncio de los sacramentos de la iniciación cristiana. Los verdes pastos simbolizaban la Palabra de Dios; la aguas limpias, el bautismo; el perfume, el sacramento de la confirmación y la mesa preparada, la Eucaristía. Las cañadas oscuras, las dificultades que había que pasar en este mundo para poder llegar a vivir en la casa del Señor por años sin término. Y el Buen Pastor, naturalmente es Cristo nuestro Señor. Seguir a Cristo resucitado y Buen Pastor es caminar seguros a la vida eterna, a pesar de las dificultades, sobre todo porque él nos ama, nos cuida y nos protege para que lleguemos hasta Dios. Nuestra celebración eucarística no es otra cosa, sino una profesión de fe pública de que Cristo es nuestro Buen Pastor y Rey. Buen Pastor que ahora nos conduce y juez que al final de nuestra vida nos juzgará. Pero ahora nos prepara una mesa en la que él mismo se hace Pan de Vida. Cristo resucitado y Buen Pastor se convierte en nuestro alimento espiritual.
 
El evangelio dice que cuando Cristo Resucitado venga como juez no hará distinción, sino que ante él serán reunidas todas las naciones. Lo decisivo para un juicio favorable del Rey juez es la compasión con los más necesitados. Lo más importante no es lo que pensamos o decimos, sino lo que hacemos. Llama la atención que mientras llega el día del juicio, los hombres parecen no darse cuenta que lo que hacen o dejan de hacer a los pobres se lo hacen al Hijo del hombre. El juicio pondrá en claro qué personas que se creen buenas no lo son y que personas que dicen no creen en Dios, sí van a estar en su Reino, por su solidaridad a los pobres, su vida honesta y su lucha por la justicia. Ciertamente lo que se hace en el tiempo presente va a determinar cuál será el desenlace final. La clave está en lo que se hace o se deja de hacer, sobre todo a los pobres, los cuales aparecen representados por los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados, o como dice Jesús con una sola palabra: “los más insignificantes”.
 
En el prefacio de la Misa decimos que damos gracias al Padre porque consagró sacerdote eterno y rey del universo a su Hijo Jesucristo para que ofreciéndose a sí mismo en el altar de la cruz consumara el misterio de la redención humana y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a su majestad infinita un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz. Ese es el ideal, pero en México en este momento se dicen mentiras, no se defiende la vida, sino que se le atropella desde el vientre materno; no hay justicia para todos pues son muchos los millones de pobres que no tienen lo necesario para vivir y para colmo el crimen organizado tiene a México en un clima de violencia e inseguridad como nunca lo habíamos tenido.
 
Por la situación que estamos pasando en México, es evidente que estamos en una crisis social y espiritual que refleja no sólo la mala administración pública durante décadas, sino también la falta de incidencia de nuestra fe en la sociedad. El Papa Francisco nos está invitando a hacer una Iglesia en salida misionera. Esta salida misionera debe tener dos direcciones: por un lado, el anuncio del evangelio y, por otro, signos concretos de compromiso social para cambiar a México con acciones concretas en favor de los más necesitados, por las que, según el evangelio, seremos juzgados. El Reino de Dios no sólo hay que pedirlo, como hacemos en el Padrenuestro: “Venga a nosotros tu Reino” (Mt 6, 9), sino también hay que buscarlo, como dijo el Señor: “El que busca encuentra” (Mt 7, 7-8). Lo que llama la atención es que hay que buscarlo en los pobres, en ellos Dios está presente.
 
Por el clima de violencia e inseguridad, este Reino no lo vemos muy presente en el México de hoy, al contrario pareciera que no está. Pero, sabemos, por nuestra fe, que en el mundo se da la acción salvífica de Dios, pero también la acción del maligno y pareciera que en este momento las tinieblas quieren apagar la luz de Cristo resucitado. Sin embargo, como dice el salmo 22: “Aunque camine por cañada oscuras nada temo porque tú estás conmigo, tu vara y tu callado me dan seguridad”. Para estar protegidos por el cayado de Cristo resucitado, hemos decidido consagrar nuestra Diócesis al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María, en esta fiesta de Cristo Rey del universo, para pedirle a Dios que se haga más presente en este México sacudido por la violencia y la inseguridad y que nosotros, seamos protagonistas de paz comenzando desde nuestra familia, nuestro barrio y nuestras comunidades. La paz no sólo hay que pedirla, sino también construirla. Por eso el lema de la consagración dice: “Consagrados al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María, construimos la concordia y la paz”.
 
Hermanos, por la gracia de los sacramentos ya estamos consagrados a Dios, sin embargo necesitamos luchar contra las fuerzas del maligno, de ahí que es importante renovar nuestra consagración y consagrar nuestra diócesis con todo lo que hay en ella para que Jesucristo no sólo sea el Rey del Universo, sino también el rey de nuestras vidas. Esta consagración la hacemos por medio del Inmaculado Corazón de María, esperando que, por su intercesión, cuando venga el Hijo del hombre nos diga: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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