“Velen y estén preparados”

HOMILÍA EN EL I DOMINGO DE ADVIENTO
Is 63, 16-17.19; 64, 2-7; Sal 79; 1 Co 1, 3-9; Mc 13, 33-37
 
“Velen y estén preparados”
 
Queridos hermanos, con este primer domingo de adviento hemos iniciado un nuevo año litúrgico. Adviento significa venida, o sea que empezamos el año litúrgico con un tiempo en el que, de manera especial, se espera la venida del Señor. Pero, ¿de qué venida se trata? Se trata principalmente de la venida histórica en la carne, se trata de la Navidad. Pero al pensar en la Navidad también pensamos en la última venida, al final de los tiempos, en la gloria de los ángeles y, por supuesto, también esperamos la continua venida espiritual. El Señor siempre viene, siempre es adviento.
 
Así pues, el adviento, en primer lugar, es un tiempo de espera para celebrar gozosamente la Navidad, es decir la venida histórica en la humildad de la carne. En efecto, el Señor vino ya, cuando se encarnó en las purísimas entrañas del Santísima Virgen María y se hizo hijo de una familia humana, la familia de María y José, familia pobre y sencilla que tuvieron que ir a Belén para empadronarse y ahí fue donde se vivió la primera Navidad, anunciada luego por los ángeles a los pastores, los cuales fueron a toda prisa y encontraron a María, a José y al Niño, recostado en el pesebre y después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos lo oían quedaban maravillados (cfr. Lc 2, 15-18).
 
También el adviento está marcado por la última venida del Hijo del hombre rodeado de su gloria. Esto se debe a que en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando todavía no se hacía el actual calendario litúrgico, ni estaban establecidas las fiesta de Navidad, el principio del año lo constituía la Pascua y el final la Parusía, es decir la última venida del Señor, a esta le llamamos la Parusía. Como recuerdo de esos tiempos, en las lecturas de la Misa, sobre todo de la primera semana de adviento, se nos habla de esta venida al final de los tiempos. Pero tiene una aplicación muy particular para el final de nuestra vida, aunque todavía no sea el fin del mundo. Como para cada uno la vida es corta, hay que estar preparados porque no sabemos el día final de nuestra vida, no sabemos la última hora.
 
Entre las dos venidas mencionadas se encuentra otra, la venida continua y espiritual. El Señor siempre viene, siempre está cerca. Su venida no es una cuestión cronológica, sino espiritual, ¡El Señor está cerca, muy cerca de nosotros! Podríamos decir que siempre es adviento porque el Señor siempre viene a nosotros y por lo mismo siempre debemos desear y anhelar que venga a nuestras vidas. Esa es la necesidad más profunda que tenemos. Hemos sido creados por Dios y para Dios y nuestra vida sólo será plena si se vive en la comunión con Dios.
 
Con la ascensión de nuestro Señor Jesucristo a los cielos, y en espera de la promesa de que volverá al final de los tiempos, nos encontramos, como dice el evangelio: “como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando”. Nosotros debemos ser como el portero que está vigilando porque no sabemos a qué hora va a venir el Señor y tampoco es necesario saberlo, lo importante es saber que vendrá. Pero hay que decir que la vigilancia no consiste en temer que llegue, sino en vivir activamente con esperanza y alegría cada día independientemente de cuando llegue. Una cosa es segura: la vida es corta, por tanto cuando ésta termine para nosotros, aunque el mundo siga, para nosotros se habrá acabado.
 
Los primeros cristianos esperan de un momento a otro la última venida de nuestro Señor, pero con el tiempo se dieron cuenta que se tardaba y que por lo mismo corrían el peligro de ya no esperarlo; espiritualmente se podían dormir, se podían ocupar sólo de las cosas de este mundo y olvidarse de la venida del Señor. De ahí el imperativo: “Velen y estén preparados”. Este imperativo ya desde entonces tenía un carácter universal y valor para todos los tiempos, por eso dice el Señor en el evangelio: “Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”. Vale la pena preguntarnos ¿qué tanto nos hemos dormido en una vida sin esperanza, en una vida egoísta y sin solidaridad? De ser así las cosas debemos despertar. Esperar la venida del Señor significa, en cierto modo, hacer que llegue, cambiando nuestra vida personal y nuestro entorno tan lleno de violencia e inseguridad.
 
En la primera lectura se afirma categóricamente la paternidad de Dios. Se dice al principio: “Tú Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor”, se dice al final: “Señor tu eres nuestro padre: nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Por lo anterior, a pesar de que el pueblo se ha alejado de Dios, por sus pecados, y precisamente por eso se le dice a Dios: “Vuélvete, por amor a tus siervos”, “Ojala rasgarás los cielos y bajaras”, “Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos”. Estas suplicas tuvieron su respuesta con la venida del Hijo de Dios en la primera Navidad de la historia. Dios rasgó los cielos y salió a nuestro encuentro en Jesucristo, por tanto nosotros también debemos vivir nuestra vida en salida al encuentro de Dios.
 
Nuestra vida cristiana debe ser un constante vivir en espera de que venga el Señor. Recordemos que los primeros cristianos con la invocación “Maran atha” (cfr. 1 Co 16, 22), deseaban y pedían, que lo más pronto posible llegara el Señor. Pero además, la oración del “Padre Nuestro” está marcada por esta tensión y deseo de que venga el Señor. De hecho, cada vez que la rezamos decimos: “Venga a nosotros tu reino”. Pero vale la pena preguntarnos, ¿de verdad esperamos que venga el Señor? ¿No estaremos demasiado acostumbrados a este mundo, a nuestras seguridades materiales? ¿De verdad esperamos un mundo nuevo? Y si lo esperamos ¿no deberíamos de cambiar las situaciones que parecen injustas y hacer un mundo más solidario y fraterno donde los bienes se repartan de manera más equitativa entre todos?
 
Así pues hermanos, estemos preparados, el Señor vino en la historia, viene constantemente y vendrá al final de los tiempos: “Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22, 12-13). Si no podemos cambiar el mundo, sí podemos cambiar nuestro corazón para que sea menos apegado a las cosas de este mundo; si no podemos cambiar tantas situaciones de injusticia que prevalecen en nuestra Patria, sí podemos cambiarle la vida a alguien que esté cerca de nosotros, a alguien que necesite de nuestra ayuda y de nuestro amor ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 

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