Segunda Semana de Adviento

Segunda Semana de Adviento

(Se enciende la segunda vela)

"La segunda vela recuerda la actitud de amor a Dios para con el hombre, invitándolo también a reflexionar sobre el amor que manifiesta a los que lo rodean."

EL DESIERTO DEL ADVIENTO
 
Si nos basamos en el comienzo del evangelio de San Marcos, que se lee en este domingo, hay razón suficiente para afirmar que el tema del desierto no es ajeno al espíritu del Adviento. De Juan se dice que era “una voz en el desierto”.
 
Para nuestra mentalidad actual el desierto es un lugar inhóspito, nada atrayente, donde uno puede morir de sed y de soledad o perderse a causa de la arena o del viento que borra todos los caminos. Sin embargo, el pueblo de Dios tuvo una experiencia muy diferente. En el desierto se sintió salvado, guiado, liberado. Allí Dios le configuró como pueblo suyo, le habló, le alimentó y le mostró su amor.
 
En realidad el desierto hace referencia al lugar misterioso donde Dios y el hombre se encuentran frecuentemente. En el desierto las tentaciones provocan testimonios de fe, la soledad se cambia en plenitud, la sed se convierte en anhelo, el hambre genera una oración confiada.
 
En el Adviento de 2014, como en todos, se hace necesario escuchar la voz y el mensaje del Bautista. Necesitamos ir al desierto para escuchar palabras auténticas por encima de los gritos de la vida cotidiana. Ya apenas creemos nada, porque las palabras que siguen aumentando los diccionarios parece que solo sirven para la poesía. Es preciso salir del torbellino de los reclamos publicitarios y del vértigo de las distracciones para encontrar momentos y espacios de sosiego que ayuden a valorar el sentido de nuestra existencia y el valor de nuestros afanes.
 
Hay que descubrir los desiertos actuales que propician el encuentro con Dios: desiertos de silencio para la escucha y la meditación; desiertos de soledad que reconfortan y animan a una vida mejor, desiertos de consuelo espiritual para superar las lamentaciones inútiles.
 
Para que no fracase nuestro Adviento hay que ir a los desiertos indispensables de la vida cristiana, que afinan nuestra esperanza, porque “el Señor no tarda” y debe encontrarnos “en paz con él, santos e inmaculados”.
 
A propósito del desierto, volvemos a leer hoy estos insuperables versos de Isaías: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”.
 
Comprender la Palabra
 
El contexto histórico de la primera lectura, tomada del profeta Isaías, es el fin de la cautividad de Babilonia. Nuevo éxodo de liberación: Dios guiará hacia su patria, como Rey y Pastor, el cortejo de los redimidos. Ya se oye en Sión el mensaje de gloria: “¡Dios está aquí!”. Abridle (grita la voz profética) un camino real a través del desierto que sea un “camino” sin curvas, sin desniveles ni baches…
 
El texto de la segunda carta de san Pedro se dirige a los cristianos ya cansados de esperar (cuando declinaba el siglo primero) la gloriosa Venida de Jesús. Se imaginaban que el desarrollo del plan de Dios en la historia tiene que proceder al ritmo de las humanas impaciencias. El cristianismo nació esencialmente escatológico, y lo seguirá siendo si durase mil siglos en la tierra, como el río va por definición al mar, por más largo y lento que sea su curso. Prefijar fechas a la Hora de Dios es no reconocer la libertad a su plan y apartarse de la Sagrada Escritura.
 
Las primeras líneas del evangelio según san Marcos equivalen a un título programático. En el Nuevo Testamento, la palabra “evangelio” significa la jubilosa noticia permanente de la Redención, y se identifica con la realidad personal de “Jesucristo, el Hijo de Dios”. El evangelio es Cristo, y Cristo es “evangelio”. Este “evangelio” o alegría perenne de que Jesús nos salva, “comienza” a ser noticia para el Pueblo de Dios en la aparición y ministerio profético de Juan Bautista. Marcos define su personalidad con un texto bíblico (vv. 2-3) y describe luego en esquema su actividad (v. 4), éxito (v. 5), figura (v. 6) y predicación (vv. 7-8).
 
Su actividad tuvo por centro el “desierto”, lugar clásico del encuentro con Dios según la espiritualidad hebrea. En la línea de los antiguos profetas, llamó a la conciencia del pueblo para que se convirtiera de sus pecados. Un rito de inmersión en el Jordán significaba y sellaba de una vez para siempre la decisión que tomaba cada uno. Decisión de transformarse en íntima pureza moral, para ser digno del Mesías que viene. Juan es el buen misionero que lleno de Dios en el desierto, hace llegar la voz del desierto al corazón del pueblo y la ciudad.
 
La figura de Juan Bautista evoca la del profeta Elías. Vistiendo a semejanza de Elías, (el vestido tiene en la sagrada Escritura una simbología eficaz: afirma y cualifica la personalidad) significa a los ojos del pueblo que vuelve a ser actualidad su ardiente celo por la causa de Dios. En su predicación brilla el anhelo del ser todo y solo gloria de Cristo. Ante Él, no se considera ni a la altura de un esclavo (cuando el pueblo lo reconocía como un gigante de santidad). El Mesías sí que “bautizará” de veras al pueblo, porque derramará sobre él el Espíritu de Dios. El bautista es arquetipo de una legión de “precursores”. Cada vez que Jesús ha venido al encuentro de una existencia individual o colectiva, alguien le preparó el camino. Humildes como Juan, desaparecen cuando entra el Señor. Hace siglos que la Iglesia es madre fecunda de tales “precursores”, cuyos nombres están inscritos en el Libro de Dios.
 

 

 

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