“Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”

HOMILÍA EN EL II DOMINGO DE ADVIENTO
Is 40, 1-5.9-11; Sal 84; 2 P 3, 8-14; Mc 1, 1-8
 
“Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”
 
Queridos hermanos, en este segundo domingo de adviento, tenemos un mensaje esperanzador y de consuelo, al mismo tiempo que una invitación para que preparemos el camino para que se haga realidad en nuestra vida la venida de Dios.
 
En el evangelio, estamos ante un nuevo comienzo, ante una nueva etapa de la salvación. Se trata de una Buena Nueva que tiene como centro a una persona, es decir a Jesús, el cual aparece como Ungido (es lo que significa la palabra Cristo), Hijo de Dios y el que bautiza con el Espíritu Santo. Según el evangelio, Jesús es ungido con el Espíritu Santo en orden a cumplir su misión, que no es otra, sino precisamente bautizar, o ungir con el Espíritu Santo. Es decir que para que Jesús pudiera bautizar, o ungir con el Espíritu Santo, era necesario que primero viniera sobre él, cosa que sucedió en el Jordán cuando fue bautizado y el cielo se abrió y bajó sobre él el Espíritu Santo (cfr. Mc 1, 10).
 
Cuando aquí se dice: “Preparen el camino del Señor; enderecen sus senderos”. Se cita un pasaje del libro del profeta Isaías que anunciaba la liberación del pueblo exiliado en Babilonia, que ya iba a regresar a Jerusalén y para esto era necesario preparar el camino de regreso. Se trataba de un nuevo éxodo, de una nueva liberación, de una nueva salida de una situación de opresión para pasar a una etapa de liberación. “En cumplimiento de esto”, lo dice muy claro el evangelio, “Apareció Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados”, es decir que preparar el camino del Señor, en este tiempo de adviento, no se trata de un simple arrepentimiento, menos aun de remordimiento, sino de hacer un verdadero camino de conversión.
 
Para lograr lo anterior, el evangelio dice que Juan aparece predicando “en el desierto”; no dice que apareció en las ciudades, porque en ellas se viven muchos apegos que impiden encontrarse con Dios. El desierto tiene como recuerdo histórico la salida de Egipto, la marcha hacia la tierra prometida y las pruebas que el pueblo de Dios pasó para darse cuenta que Dios lo acompañaba y lo alimentaba especialmente con su Palabra. Recordemos que Israel aprendió en el desierto que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (cfr. Dt 8, 3). Además Juan predicaba en el desierto porque ahí no hay ninguna seguridad humana, ningún apego, solamente se puede uno encontrar consigo mismo o con Dios. El desierto es el mejor lugar para escuchar la llamada a la conversión. El evangelio nos dice que: “Acudían a Juan de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”.
 
Lo anterior significa que en este tiempo de adviento debemos de vivir una especie de desierto para encontrarnos con Dios. Las gentes de aquel tiempo salían de las ciudades y acudían a Juan. ¿Cómo podremos nosotros vivir este desierto para preparar el camino del Señor en nuestra vida? Es claro que necesitamos salir de nuestras ciudades o de nuestra comodidad o de nuestra individualidad. Cada uno debería de hacer un examen de su vida para ver en dónde está situado o dónde está estancado, atado o amarrado. Los habitantes de Jerusalén reconocían sus pecados. Eso necesitamos también hacer nosotros. Eso es preparar el camino del Señor, lo demás es la llegada del Señor, pero de eso se encarga él porque lo que está esperando para llegar a nuestra vidas es que desocupemos nuestros corazón de tantas cosas que lo tienen atado y endurecido. A Dios le basta que hagamos alguna rendija o un hueco en nuestro corazón para llenarlo con su presencia. En ese sentido lo más importante de la predicación de Juan es: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de su sandalia. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. Con estas palabras Juan no se apropia lo que no le corresponde, a pesar de que tanta gente lo seguía, sino que señala al que dará la salvación: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo”. Se trata de Cristo, el esperado de los tiempos, el que necesitamos que nos traiga la paz.
 
El profeta Isaías es uno de los personajes del adviento cuya palabra resuena fuerte y alentadora en este día: “Consuelen, consuelen a mi pueblo… Hablen al corazón de Jerusalén y díganle que ya terminó el tiempo de su servidumbre”. Dentro de esta campaña de oración que estamos haciendo en México por la paz quisiéramos que estas palabras se hagan realidad porque llevamos años con inseguridad y violencia y las estrategias humanas y políticas han resultado insuficientes, por lo que necesitamos como decía el profeta: “Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane”. Es decir, necesitamos que haya justicia. Por eso se retarda la paz porque es fruto de la justicia. Las estadísticas hablan de desigualdades que se van acrecentando en México en los últimos años. Por otro lado, el sistema económico hace que unos cuantos ricos se eleven como colinas o montañas de riquezas acumuladas que deberían ser rebajas para llevar un poco de bienestar a los pobres y, por otro, cada día aumenta el número de los pobres.
 
El motivo de la buena noticia, según el profeta Isaías, se centra en la presencia de Dios: “Anuncia a los ciudadanos de Judá: Aquí está su Dios”. Es esto lo que nos hace más falta en el mundo, la presencia de Dios. Es esto lo que queremos vivir en este tiempo de adviento, por eso estamos en campaña de oración para pedir la paz. Cierto que algunos dicen que para qué rezamos, que eso es pedirle a Dios lo que nosotros deberíamos hacer, es decir la paz. Pues bien esa paz no la hemos podido construir con nuestras solas fuerzas. Por otro lado, hay que decir que pedirle a Dios la paz significa comprometernos con él para construirla. En ese sentido, el salmo dice que: “La fidelidad brotó de la tierra y la justicia vino del cielo”. Es decir se necesita la obra conjunta de Dios y de los hombres, por eso dice la segunda lectura: “Piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor”.
 
Así pues, preparar el camino del Señor hoy en México es convertirnos en protagonistas de paz. No se trata de preparar un camino material, como una autopista, no se trata de un México próspero para unos cuantos que lo tienen todo y muchos pobres no tienen lo necesario para vivir. Preparar el camino del Señor se trata de un camino espiritual, de un cambio de mente, un cambio de corazón, un cambio de vida que, por supuesto, trae el perdón de los pecados, la solidaridad, la reconciliación entre nosotros y la paz. Así pues, hermanos, preparen el camino del Señor, el camino de la conversión, el camino del corazón. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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