“En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen”

HOMILÍA EN EL III DOMINGO DE ADVIENTO
Is 61, 1-2.10-11; Sal, Lc 1, 46-50.53; 1 Ts 5, 16-24; Jn 1, 6-8.19-28
 
“En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen”
 
Queridos hermanos llegamos al domingo tercero de este tiempo de adviento. Domingo a domingo se ilumina más nuestra vida como se ilumina la corona de adviento. También, domingo a domingo se alegra más nuestro corazón por la cercanía de la Navidad. Precisamente la Palabra de Dios, el día de hoy, insiste en el tema de la alegría, especialmente la primera lectura, el cántico de la Santísima Virgen y la lectura de san Pablo a los tesalonicenses. La causa de la alegría es la acción del Espíritu y la cercanía de la salvación.
 
En la lectura del profeta Isaías y en el cántico de la Santísima Virgen encontramos un paralelismo en el tema de la alegría. El profeta se alegra y llena de júbilo porque Dios lo ha revestido con vestiduras de salvación y con el mando de la justicia; la Santísima Virgen se llena de júbilo porque Dios: “Puso sus ojos en la humildad de su esclava”. En ambos casos el gozo tiene como causa la acción salvífica de Dios, el cual: “hará brotar la justicia”, según el profeta o: “Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel su siervo”, dice la Santísima Virgen María. San Pablo, en la primera carta a los tesalonicenses, dice: “Vivan siempre alegres”. Este imperativo no significa ausencia de conflictos, sino que los supone. La alegría que tiene como causa la cercanía de la salvación, supone la cruz de cada día.
 
En el evangelio de san Juan, nuevamente aparece la figura de Juan el Bautista como: “Un hombre enviado por Dios… para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz”. El mismo evangelio dice que en la Palabra de Dios encarnada estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (cfr. Jn 1, 4), era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cfr. Jn 1, 9). Así que el Hijo de Dios es la luz, que no todos aceptaron, por eso dice el evangelio: “Vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19). Sin embargo, al que lo acepta, Jesús le dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).
 
El evangelio aclara en qué consiste el testimonio de Juan. Por un lado dice que no es el Mesías y, por otro, dice que el Mesías ya está presente en medio de ellos. Resulta que los judíos estaban en la espera de tres personajes del Antiguo Testamento: Elías, el Profeta y el Mesías. De Elías, porque se dice en el libro de profeta Malaquías: “He aquí que yo envío al profeta Elías antes de que llegue el día de Yahveh, grande y terrible” (Ml 3, 22). También se esperaba al Profeta porque en el libro del Deuteronomio 18, 15-18 se dice que Dios hará que surja un profeta como Moisés. Pero sobre todo, se esperaba al Mesías, es decir el ungido con el Espíritu del Señor para hacer justicia en la tierra (cfr. Is 9, 5-6).
 
Ahora bien, como los judíos, sabían que a Juan lo seguía mucha gente e incluso Jesús había sido bautizado por él, creían que Juan era el Mesías. Así que, para desengañarse, enviaron sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” Pero Juan no se prestó a confusiones y dijo: “Yo no soy el Mesías”, ni Elías ni el Profeta. Ante la grandeza de la luz, Juan se reconoce una simple lucecita. Por eso Jesús dice a los judíos: “Juan era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz” (Jn 5, 35).
 
Por otro lado en su testimonio Juan se define diciendo: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor”. En el evangelio de san Juan, el Hijo de Dios es la Palabra que: “Estaba con Dios y la Palabra era Dios” (Jn 1, 1). Juan comprende que su misión está en relación con el Hijo de Dios, como lo está la voz con la Palabra. La voz es sonido, la palabra es contenido; la voz es pasajera, la palabra permanece. La misión de Juan es muy importante, pero pasajera en relación y dependencia de la misión del Hijo de Dios que es eterna, por eso dice: “En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatar las correas de sus sandalias”.
 
Ante los problemas de la vida buscamos especialistas que nos ayuden en cada situación. Juan dice que en medio de nosotros hay uno. ¿Qué tanto somos conscientes de la presencia de Dios en nosotros, en medio de nosotros o cerca de nosotros? San Pablo insiste en que vivamos siempre alegres. Para vivir siempre alegres no es necesaria la ausencia de problemas, sino que en medio de los problemas la presencia de Dios debe ser la fuente de nuestra alegría. Si la presencia de Dios no nos llena de alegría, hay muchos motivos en el mundo para estar tristes. Pero la presencia de Dios en nuestra vida, ilumina nuestras tinieblas y nos colma de alegría: “Yo les daré una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn. 16, 22). Nuestra mayor alegría siempre será experimentar la presencia de Dios en nuestra vida.
 
La presencia de Dios también nos llena de esperanza. En este México violento que en estos últimos años nos ha tocado vivir hace falta: vida, luz, alegría y esperanza. Vida, porque son muchos los muertos por la violencia; luz, porque sombras de muerte han cubierto nuestra Patria; alegría, porque hay mucho dolor por tanta inseguridad y, esperanza, porque esperamos en Dios que, con su gracia y por intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe, tengamos tiempos mejores de justicia y de paz. Cierto que, como la paz es un don y una tarea, pedirle a Dios que nos dé la paz, significa comprometernos con Dios para conseguirla.
 
Nosotros como el Bautista, también tenemos que ser enviados a dar testimonio de la luz, pero para eso necesitamos primero ser iluminados y caminar en la luz. El que se acerca a Jesús se convierte en luz. Por eso en el evangelio de san Mateo Jesús dice a los discípulos: “Ustedes son la luz del mundo… Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16). Nosotros debemos ser como la luna que no tiene luz propia, pero refleja la luz del sol. Vale la pena preguntarse qué tanto Jesús ha iluminado nuestra vida, qué tanto reflejamos la luz de Jesús.
 
También, como Juan el Bautista, debemos ser una voz portadora de una Palabra que nos precede, que nos ha llamado, que nos ha convocado y que nos ha enviado, como decía el profeta Isaías: “para anunciar la Buena Nueva a los pobres, para curar a los de quebrantado corazón, para proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros y el año de gracia del Señor”. Para poder vivir esto debemos ser primero discípulos de la Palabra de Dios. Para poder luego comunicar esta Palabra con alegría hace falta primero experimentar la cercanía de Dios en nuestra vida. Que Dios nos conceda esta gracia. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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