“Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo”

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO
2 Sm 7, 1-5.8-12.14.16; Sal 88; Rm 16, 25-27; Lc 1, 26-38
 
“Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo”
 
Queridos hermanos, es evidente que la figura que nos ayuda hoy a vivir este adviento es la Santísima Virgen María, en la que se cumplieron las promesas a David y al pueblo de Israel de que su Reino permanecería para siempre, lo cual se hizo una realidad con el nacimiento de Cristo Hijo de Dios, e hijo de David.
 
En la primera lectura nos encontramos con la promesa que Dios, una vez que el pueblo ya está instalado en la tierra prometida, por boca del profeta Natán, hizo a David, que se preocupaba porque el arca de Dios seguía alojada en una tienda de campaña. David piensa, y con justa razón, que si él vive en una mansión de cedro, es justo que a Dios se le haga también una buena casa, es decir un templo. Sin embargo, Dios, por boca del profeta Natán le hace saber a David que no será él el que le construya una casa, sino que será Dios el que le construirá una casa a David, pero no una casa de cedro, sino una dinastía. Por eso dice: “Cuando tus días se hayan cumplido y descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente”.
 
Esta promesa se recoge en el salmo diciendo: “Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: consolidaré tu dinastía para siempre y afianzare tu trono eternamente”. Esta promesa hecha a David tuvo un cumplimiento estrictamente temporal desde el tiempo de Salomón hasta la destrucción de Jerusalén en el año 586, antes de Cristo, pues a partir de ahí se acabaron los reyes hijos de David. Sin embargo, el pueblo seguía esperando un hijo de David que sería rey de Israel. Lo que no se imaginaban es que ese esperado hijo de David al mismo tiempo sería Hijo de Dios. Como dice san Pablo en la carta a los Romanos, la predicación de Jesucristo es revelación de un misterio mantenido en secreto durante siglos, pero manifestado al presente por las Escrituras para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe. Jesucristo es el hijo de David e Hijo de Dios prometido por Dios a David, es el esperado de todas las naciones, el Rey de reyes y el Señor de Señores.
 
En el evangelio de hoy tenemos lo que se ha dado en llamar el anuncio del ángel a la Santísima Virgen María. El evangelio precisa que, aunque María es de “una ciudad de Galilea, llamada Nazaret”, estaba “desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José”. Es importante esto porque el Hijo anunciado a María va a ser el cumplimiento de las promesas hechas a David, de que un hijo suyo se sentaría en su trono y reinaría para siempre, por eso dice el ángel: “El Señor Dios le dará el trono de David, su Padre, y el reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.
 
Las primeras palabras que el ángel le dirige a María es el saludo ordinario: “Alégrate”, pero van acompañadas de otras palabras que le dan un profundo sentido, por eso María se preguntaba “qué querría decir semejante saludo”. Esas palabras son: “Llena de gracia” y “el Señor está contigo”, las cuales son la explicación de la santidad excepcional de María en orden a ser la Madre del Hijo de Dios. Después del saludo, el ángel le repite, con otra modalidad, el misterio profundo de estas palabras: “Has hallado gracia ante Dios”, lo cual confirma lo que Dios ha hecho y está haciendo en ella.
 
En María se está cumpliendo de manera excepcional los que dice el salmo 88: “Mi amor es para siempre y mi lealtad, más firme que los cielos”. En efecto, el ángel le dice: “Vas a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado hijo del Altísimo”. Es decir que María ha sido escogida para ser la Madre del hijo prometido a David pero que al mismo tiempo será Hijo de Dios, por esto Dios la ha santificado de un modo excepcional hasta llamarle por medio de su ángel, “llena de Gracia”, como si éste fuera su nombre propio.
 
Una vez que el ángel ha hecho el anunció del Hijo que nacerá de María, ella puso una objeción: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. Antes se dijo que María estaba desposada, es decir ya comprometida pero, según las costumbres de la época, todavía no vivía con su marido. Sin embargo el anuncio del ángel no se refiere a un hijo para cuando ya viva con su marido, sino que se trata de una concepción excepcional. La objeción de María se refiere a algo humanamente imposible.
 
Ante la fuerte dificultad presentada por María, el ángel tiene una respuesta que supera toda imposibilidad: “El Espíritu Santo, descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Es decir que estamos ante una fecundación, por obra del Espíritu Santo, no se trata de un hijo según la carne, sino del Hijo de Dios. Por esto el ángel le dice: “El santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios”, es decir que es el Hijo de Dios. Para confirmar lo anterior, el ángel le da una prueba: “Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”.
 
Finalmente, el evangelio termina con la respuesta de María: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. En efecto, Dios puede hacer cosas imposibles: pudo hacer que Isabel, de avanzada edad, tuviera un hijo; pudo hacer que María, llena de gracia, por obra del Espíritu Santo, diera a luz a su Hijo, nuestro salvador. Por tanto, con mayor razón puede hacer que en esta Navidad Cristo nazca en nuestros corazones y comencemos una vida nueva. En efecto este es el propósito de celebrar la Navidad. Que la luz de Cristo brille en nuestros corazones.
 
Si es conforme a su designio de salvación, para Dios no hay nada imposible. Dios quiere que también en nosotros se cumplan sus promesas. El secreto mantenido oculto por siglos es su Hijo Jesucristo nacido de la Virgen María para nuestra salvación. María es modelo para que sucedan cosas maravillosas en nuestra vida. Para ello necesitamos un corazón disponible como el de la Santísima Virgen María, para ello necesitamos decirle a Dios como María: “cúmplase en mí lo que me has dicho”, es decir, hágase en mí la voluntad de Dios. Pues bien, voluntad de Dios es que Cristo nazca en nuestros corazones, voluntad de Dios es que vivamos como hijos suyos, voluntad de Dios es que vivamos en paz y seamos felices. Que esto sea una realidad en todos ustedes. ¡Feliz Navidad! ¡Que Dios les bendiga!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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