“Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor”

HOMILÍA EN EL DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD
Gn 15, 1-6; 21, 1-3; Sal 104; Hb 11, 8.11-12.17-19; Lc 2, 22-40
Fiesta de la sagrada familia
 
“Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor”
 
Queridos hermanos, el día de hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. La octava de Navidad, a diferencia de la octava de Pascua, tiene fiestas en su interior: la fiesta del martirio de San Esteban (día 26), san Juan Evangelista (día 27), los Santos Inocentes (día 28) y la fiesta de la Sagrada Familia. Esta última se celebra el domingo interior a la octava o el 30 de diciembre cuando la Navidad cae en domingo. El último día de la octava (día 1 de enero) se celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios.
 
Independientemente de los motivos que la Iglesia haya tenido para dejar estas fiestas dentro de la octava de Navidad, podemos ver que tienen una relación muy especial con la Navidad. El martirio de San Esteban y el de los Santos Inocentes son como una proclamación de fe sobre la pasión, pues el Hijo de Dios nació para morir en la Cruz. La fiesta del evangelista san Juan encaja muy bien dentro de la Navidad, pues ésta celebra la encarnación del Hijo de Dios, tema predilecto del cuarto evangelio en su primer capítulo. La fiesta de la Sagrada Familia es como prolongación y nueva expresión de la Navidad, pues el Hijo de Dios no se hizo hombre en abstracto, sino que nació en una familia. Finalmente, la fiesta de la solemnidad de Santa María Madre de Dios es como la conclusión de la encarnación pues el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre; por tanto, María es verdadera Madre de Dios.
 
En la primera lectura de hoy aparece la figura de Abraham que ha sido sacado de su casa, de su tierra y de su parentela con la promesa de una tierra, de una gran descendencia y que sería una bendición para todos los pueblos (cfr. Gn 12, 1-3), pero han pasado los años y no ha pasado nada, Dios no ha cumplido su promesa, la alianza prometida se ha quedado hasta ahora en una promesa. Abraham piensa que un criado suyo lo heredará, pero Dios le ratifica la promesa: “Ese no será tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas”. Dios no sólo hace promesas, es el Dios que las cumple, es el Dios que cumple su palabra. Por eso el salmo de hoy dice: “Ni aunque transcurran mil generaciones, se olvidará el Señor de sus promesas, de la alianza pactada con Abraham, del juramento a Isaac, que un día le hiciera” Las promesas de Dios siempre tienen como contenido la vida, sea en la personal o en la descendencia o en la vida eterna. Esta última, Dios nos la prometido a todos los que creemos en él y siguiendo las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo tratamos de hacer su voluntad.
 
En el evangelio tenemos la presentación del niño Jesús en el templo. Aparece así claramente la importancia que tenía el templo de Jerusalén en la vida religiosa y cómo todos en el pueblo de Israel estaban vinculados a él. Por esta razón, Jesús, como hijo de la familia de José y María, y en orden a su misión, es llevado al templo. Con ese gesto, María y José, fieles a la ley de Dios, reconocen que este niño es Hijo de Dios y que, por tanto, hay que ofrecerlo y consagrarlo al Señor. Dios es el dueño de la vida. La vida es de Dios, por tanto hay que vivirla en su presencia, por eso se le ofrece a Dios lo que le pertenece para que bendiga esa vida.
 
En la presentación en el templo aparecen dos ancianos, Simeón y Ana, los cuales personifican las esperanzas de Israel. Simeón es un: “Varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel”. Simeón era un hombre santo, un hombre en el que “Moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor”. Además: “Movido por el Espíritu Santo fue al templo y al tomar al niño en sus brazos proclamó: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos, En las palabras de Simeón resaltan tres características el creyente y discípulo del Señor: moraba en él el Espíritu santo, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría haber visto al Mesías del Señor y movido por el Espíritu Santo va a su encuentro y lo proclama como: “Luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
 
Por su parte, la profetiza Ana, que “No se apartaba del templo ni de día ni de noche… se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios, y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. De esta manera, los dos ancianos, Simeón y Ana, ven en el pequeño niño que María y José han presentado en el templo las esperanzas cumplidas de Israel, agradecen a Dios y anuncian con gozo esta buena noticia. En las palabras de Ana aparece otra característica de los discípulos del Señor, pues hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación del Israel. Es lo que todos tendríamos que hacer.
 
Como María y José, las familias están llamadas a vivir su vocación en la fidelidad a Dios. La familia es santuario de vida y de amor. Quienes por el matrimonio empiezan una nueva etapa de su vida han de disponerse para consagrar su vida matrimonial al Señor y ver en los hijos, que responsablemente Dios les dé, una bendición, un don, una tarea, una misión. En ese sentido, una vez que ya han traído un hijo al mundo, deben bendecir a Dios por el regalo que les ha hecho consagrándoselo como María y José. Además deben ayudar para que se realice, en su hijo, el designio que Dios tiene sobre él. Si confían en el Señor, en esta noble misión, los padres encentrarán su máxima realización y, para llevar a cabo esta tarea, contarán siempre con la ayuda de Dios, contarán siempre con la ayuda de la sagrada familia de Nazaret.
 
Sin embargo, cumplir esta noble tarea tiene también su cruz, tiene también su dolor. El anciano Simeón, junto con la bendición, le dijo a María: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti una espada te atravesará el alma”. Como todos sabemos, estas palabras se refieren al momento de la cruz, en el que María sufrió, junto con su Hijo Jesús, el dolor de la pasión y la crucifixión. De la misma manera, para hacer la voluntad de Dios, los padres de familia, tienen que asumir la cruz del seguimiento de Cristo y ofrecer, como María y José, a sus hijos a Dios.
 
Hermanos, que la santísima Virgen María, que vivió en carne propia, como madre, el dolor de la pasión de su Hijo Jesús, fortalezca a ustedes y a sus familias para que, aun en situaciones de dificultad o de dolor en las que pudieran pensar que Dios los ha abandonado, vivan en favor de la vida. En esos momentos más difíciles acuérdense de la espada de dolor de la Santísima Virgen María y sean fieles a Dios cargando la cruz de la familia. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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