“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE EPIFANÍA
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3, 2-3.5-6; Mt 2, 1-12
Fiesta de la Epifanía
 
“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”
 
Queridos hermanos, como cada año, en el domingo que cae entre el dos y el ocho de enero celebramos, en la liturgia dominical, la fiesta de la Epifanía, es decir la fiesta de la manifestación del Hijo de Dios a todas las naciones representadas en los magos que vienen a adorar al niño Jesús.
 
Esta fiesta popularmente la celebramos el 6 de enero y la llamamos ‘la fiesta de los Santos Reyes’; sin embargo, el evangelio no dice que sean reyes, sino que “unos magos de Oriente” llegaron preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”. La tradición de la Iglesia vio en la visita de los magos el cumplimiento de la profecía de Isaías sobre Jerusalén: “Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas de Señor”; así como el cumplimiento del Salmo 72 (71), 10 que dice: “Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante él se postrarán todos los reyes y todas las naciones”.
 
Ciertamente, los magos, en cuanto que vienen de Oriente representan a todas las naciones que entraron en la Iglesia después de que San Mateo escribiera su evangelio. San Pablo también tenía esta experiencia cuando escribió la carta a los Efesios en la que dijo que: “También los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y participes de la misma promesa en Jesucristo”. Por lo anterior, la Fiesta de la Epifanía, es la fiesta de la universalidad de la salvación para todas las naciones. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cfr. 1 Tm 2, 4).
 
Por otro lado, aunque el evangelio no dice cuántos magos eran, la tradición de la Iglesia consideró que eran tres, porque son tres los regalos que se le ofrecen: oro, incienso y mirra. También es muy importante el significado que la Iglesia le ha dado a cada uno de los regalos. El oro simboliza que el niño es rey. De hecho, los magos llegan preguntado ‘¿dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?’ y, por otro lado se dice que, “Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él” porque pensaba en un rey temporal que venía a destronarlo y tomar su lugar. Sabemos que sí venía a destronarlo, como dice María en su cántico que el Señor derriba del trono a los poderosos (cfr. Lc 1, 52); pero no a tomar su lugar porque Jesús mismo dijo más tarde a Pilato que su reino no es de los de este mundo (cfr. Jn 18, 36), se trata de un reinado de amor, de perdón, de reconciliación y de paz.
 
El incienso simboliza que es Dios. Recordemos que cuando el sumo sacerdote entraba en el santo de los santos tenía que hacerlo incensando, por un lado para agradar con los aromas a Dios y, por otro lado, para protegerse con una nube de incienso porque nadie podía estar delante de Dios (cfr. Lc 1, 8-11). Además en el Apocalipsis se habla del incienso que se echa en el altar, el cual representa las oraciones de todos los santos (cfr. Ap 8, 3-4), las cuales como el incienso se elevan a Dios.
 
La mirra significa su condición mortal, es decir que es verdadero hombre. Se sabe que la mirra era empleada para embalsamar los cadáveres por esto la tradición de la Iglesia vio en ella representada la humanidad del niño de Belén que se revistió de nuestra carne mortal para morir por nosotros en la cruz. Así pues, con estos tres regalos se simboliza la identidad del niño Jesús, el cual es rey y Dios y hombre verdadero.
 
Ahora bien, cuando: “Los magos se pusieron en camino… la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño”. San Agustín decía que los magos no se pusieron en camino porque vieron la estrella, sino que porque se pusieron en camino la vieron. De hecho, en este evangelio podemos ver que la estrella aparece y desaparece, no siempre se ve. Cuando los magos no la ven preguntan y cuando la ven se llenan de alegría y se dejan guiar por ella. ¡Todos deberíamos ser como los magos! No hay que esperar señales, sino ponernos en camino para verlas. Sólo el que se pone en camino puede ver las señales que Dios da a los que lo buscan.
 
Una vez encontrado al salvador hay que darle los regalos correspondientes, que no consisten en oro incienso y mirra, sino en el homenaje de nuestra fe, en la entrega de nuestra vida. Por otro lado también hay que ver las señales de Dios en nuestros hermanos, es necesario también descubrir a Dios en ellos. Según una leyenda no eran tres los reyes, sino cuatro, pero el cuarto se fue deteniendo en su camino porque iba ayudando a los necesitados y finalmente cuando llegó no encontró al niño Dios, sino la matanza de niños inocentes por parte de Herodes y se puso a ayudar y dar consuelo a la gente. Es entonces cuando se entera que José ha huido a Egipto y allá va en busca del rey de los judíos. Posteriormente regresa a Jerusalén y después de muchas circunstancias y de ayudar a mucha gente necesitada llega a encontrarlo justo el día de la crucifixión y le pide perdón a Jesús por llegar tarde, pero Jesús le dice: “Te aseguro que cada vez que lo hiciste con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hiciste” (cfr. Mt 25, 40). Los magos descubrieron su divinidad en la humanidad del pequeño niño, en la belleza de la vida; el cuarto rey mago, descubrió la divinidad en la humanidad sufriente de los pobres y en Cristo crucificado.
 
Desde el principio del evangelio se resalta el conflicto, la hostilidad y el rechazo que encontrará Jesús toda su vida. Jesús es signo de contradicción como lo dirá Simeón (cfr. Lc 2, 34), unos lo buscan para adorarlo, como los magos; otros, lo buscan para matarlo, como Herodes desde su niñez. Para adorar a Dios hay que detenerse ante el misterio de la vida, hay que preguntarse por la causa primera y última para que un ser humano venga a mundo. Para adorar a Dios hay que hincarse ante el misterio de la encarnación, ante el misterio del Hijo de Dios que se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado (cfr (Hb 4, 15).
 
Imitemos a los magos, no a Herodes. Pongámonos del lado de los que buscan adorar, no del lado de los que buscan matar. Como los magos dejémonos guiar por las señales de Dios; como los magos pongámonos en camino para que la estrella de Belén nos lleve hasta el niño Dios. Como el cuarto rey mago de la leyenda busquemos la presencia de Dios en los que sufren y ayudemos a los más necesitados. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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