Mi Última Mirada Al Pesebre

Mi Última Mirada Al Pesebre
 
A veces me llama la atención. Si pensamos bien de alguien, somos ingenuos. Si somos generosos, o exageramos o somos sospechosos, tal vez guardamos segundas intenciones. Si somos confiados con las personas, nos llaman tontos y dicen que nos va a ir mal en la vida, porque confiamos demasiado.
 
Si tenemos sueños y los contamos ingenuamente, nos dicen que somos poco realistas, que vivimos en una burbuja, que no conocemos la vida, que no tenemos los pies en la tierra.
 
Si ayudamos a otros demasiado, sin limitarnos en la entrega, sin contar, nos aconsejan que no nos pasemos, que nos están engañando, que no hay que ser tontos.
 
Si no nos aprovechamos de la vida, de las ventajas que podemos sacar de todo, si dejamos pasar oportunidades no muy éticas pero ventajosas, en seguida nos dicen que estamos desperdiciando oportunidades torpemente.
 
Si perdemos el tiempo con el que lo necesita, con el que no produce, con el que no trae nada provechoso a nuestra vida, nos dicen que estamos invirtiendo la vida en las personas equivocadas.
 
Siempre me sorprende. Porque en realidad todos queremos ser generosos, pensar bien de los demás, volver a confiar una y mil veces, soñar con cosas grandes, ayudar al que lo necesita, aunque no ganemos nada a cambio.
 
Son valores atractivos. A veces incluso pueden llegar a entusiasmarnos. Pero luego, la vida corre y parece que aprendemos otros valores distintos. Nos hacemos críticos con ciertas actitudes.
 
Siempre me detengo de nuevo sorprendido al ver que lo que hacemos no siempre es valorado como rentable, como lógico, como prudente. Como si no mereciera tanto la pena.
 
Miro a Jesús, lo contemplo. Veo su vida, su paso por mi carne. Y lo entiendo. Jesús perdió el tiempo con pobres hombres. Con pescadores, con persona humildes, sin mucha formación. Es como si no hubiera buscado la productividad, como si no hubiera querido invertir en el mejor producto.
 
Se dejó la vida en tantos corazones frágiles, heridos, rotos. Nunca buscó nada a cambio. Confió cuando le habían traicionado ya una vez. Fue generoso sin guardarse nada. Soñó con voz potente, desde lo alto de un monte.
 
Y todos lo escucharon conmovidos. Tal vez pronto olvidaron, como nosotros. Amó a todos, sin distinciones. No se defendió al ser acusado. Comió con publicanos y prostitutas. No se aprovechó nunca de nadie en beneficio propio. 
 
Y yo, que quiero seguirlo, a veces me descubro buscando cualidades humanas en las personas, guardándome para no perderlo todo, aprovechándome de las ventajas, viviendo para mi bien, buscando la productividad, el máximo beneficio.
 
Entonces pienso que me parezco más al mundo que a Jesús. Como si me hubiera olvidado de lo importante. Al acabarse este tiempo navideño me detengo por última vez ante el pesebre. Sólo quiero parecerme más a Jesús. Que su carne sea mi carne.
 
Pienso en las palabras de J. L. Martín Descalzo: «Belén fue el susurro silencioso de la brisa de Dios. Entró en la tierra de puntillas, como pidiendo disculpas por visitarnos. Se sentó a nuestro lado, dijo unas pocas palabras verdaderas y nada ruidosas, murió y entró en el gran silencio que dura desde hace veinte siglos. 
 
Y el silencio era amor. Era ese silencio que sucede al amor para hacerlo más verdadero, cuando ya ni los besos ni las palabras son necesarias. Ese amor de los que ya ni necesitan decirse que se aman. Así, pienso, será el gran abrazo cuando le reencontremos. Se hará como en Belén un ‘gran silencio’ y el mundo entero al fin cambiará el ruido por el asombro y la alegría».
 
Ojalá esta Navidad me haya dejado el alma llena de asombro y alegría, de paz y esperanza, de generosidad y sueños. Ojalá me haya hecho algo más niño, más pobre. Haya guardado más silencio. Adorando, postrado ante Dios.
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