“Hemos encontrado al Mesías”

HOMILÍA EN EL II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1 Sm 3, 3-10.19; Sal 39; 1 Cor 6, 13-15.17-20; Jn 1, 35-42
 
“Hemos encontrado al Mesías”
 
Queridos hermanos, terminamos el tiempo de Navidad con la Fiesta del Bautismo del Señor el domingo pasado e iniciamos el tiempo ordinario el lunes siguiente. La Fiesta del Bautismo del Señor ocupa el lugar del I domingo del tiempo ordinario, así que hoy es el II domingo de este tiempo ordinario, que la verdad, si se vive con fe y en comunión con Dios, no tiene nada de ordinario, porque Dios actúa en nuestra historia en las cosas más ordinarias de la vida.
 
Pues bien, el día de hoy, en la Palabra de Dios el tema puede reducirse a tres palabras: vocación, identidad y misión. Vocación, porque se nos habla del llamado que Dios hizo a Samuel, así como de la vocación de los primeros discípulos de nuestro Señor Jesucristo; identidad, porque el seguidor de Jesús se convierte en templo de Dios y, misión, porque esta gracia no se puede guardar sólo para sí, sino que hay que compartirla con los demás.
 
La vocación es el resultado de un llamado de Dios que pone en el corazón del hombre el deseo de buscarlo. En el caso de Samuel se dice que escuchó su nombre: “Samuel, Samuel” y él, por consejo del sacerdote Elí, como mediador, dijo: “Habla Señor que tu siervo escucha”. No obstante, el llamado es personal y tiene como contenido central la Palabra de Dios. Dice el texto: “Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor, no le había sido revelada”. En el caso de los discípulos, el mediador es Juan, con una palabra decisiva señalando a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”. Aparentemente Jesús no los llama, pero ellos lo siguieron y Jesús les pregunta: “¿Qué buscan? y ellos le preguntan: ¿Dónde vives?”. En la vocación de los discípulos el contenido central no es la palabra, sino la vida.
 
La identidad es la nueva condición del llamado por Dios. Antes del llamado: “Aún no conocía Samuel al Señor”, pero una vez que Dios lo ha llamado: “Creció y el Señor estaba con él”. Su identidad está en la comunión con Dios. En el caso de los discípulos la pregunta: “¿Dónde vives?” nos dice cuál es su nueva identidad: su vida en comunión con la vida de Jesús. En este sentido, cuando Jesús dice: “Vengan a ver” no es simplemente ver, sino hacer la experiencia de vivir con él, por eso dice el evangelio: “Se quedaron con él ese día”. Ese día, fue el primero de muchos días. La comunión de vida con Dios hace que, por un lado, Dios viva en nosotros y nosotros en Dios. San Pablo dice a los cristianos de Corinto: “¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él… su cuerpo es templo del espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes”. La identidad cristiana consiste en que Dios vive en nosotros y nosotros en él.
 
La misión es consecuencia del llamado de Dios y de nuestra respuesta y comunión con Dios. Decía Samuel: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” El evangelio subraya que los discípulos: “Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día”, es decir, se quedaron para siempre. Incluso se dice que: “Eran como las cuatro de la tarde”, lo cual indica que aquel encuentro fue histórico, que los marcó y cambió radicalmente sus vidas, pues sólo así se explica que recuerden incluso el horario de aquel encuentro que los transformó en discípulos de Cristo. El llamado antes que para la misión es para la comunión.
 
Ahora bien, Andrés inmediatamente anunció esta buena noticia. El evangelio dice que: “El primero a quién encontró Andrés, fue a su hermano Simón Pedro, y le dijo: Hemos encontrado al Mesías… y lo llevó a donde estaba Jesús”. Lo que hizo Juan, al Señalar a Jesús como el Cordero de Dios, o lo que hizo Andrés, es lo que todos, los que nos gloriamos de ser discípulos de Cristo, debemos hacer, pues el que ha tenido un verdadero encuentro con Cristo no puede guardarlo para sí, sino que hay que anunciarlo a los demás. La enseñanza principal es que todo el que se encuentra con Cristo no puede guardar ese tesoro sólo para sí mismo, sino que tiene que comunicarlo a los demás para que otros vengan a encontrarse con Cristo.
 
El documento de Aparecida en el número 278 destaca cinco aspectos fundamentales: el encuentro con Jesucristo que debe renovarse constantemente por el testimonio personal; la conversión que es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en él y se decide a ser su amigo e ir tras de él, cambiando su forma de pensar y de vivir; el discipulado con el que la persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento del maestro; la comunión pues no puede haber vida cristiana sino en comunidad; y finalmente la misión pues el discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado.
 
No hay vocación sin misión. A Samuel Dios lo llamó para ser profeta, portador de su Palabra, por eso dice el texto: “Todo lo que el Señor le decía se cumplía”. En el caso de los discípulos, el Señor los llamó para ser apóstoles, es decir enviados. Jesús fue enviado del Padre y Los discípulos enviados de Cristo. El contenido de su misión no será trasmitir simple y sencillamente una doctrina, sino su experiencia del encuentro con una persona, su misión será compartir su experiencia de: “Hemos encontrado al Mesías”.
 
En el evangelio se resalta la figura de Juan el Bautista cumpliendo su misión de señalar en dónde se encuentra la salvación, es decir quién es el Mesías, el Salvador. También aparece la figura del verdadero discípulo que comparte la alegría de haber encontrado al Salvador. Para llevar a cabo esta misión a Juan no le importó que dos de sus discípulos lo dejaran para seguir a Jesús porque esa era su misión, que los hombres encontraran al Salvador. Por eso más adelante, en el mismo evangelio, cuando unos de sus discípulos le vinieron a decir: “El que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él. Juan respondió: …Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 26-30). No hay que apropiarse el lugar y el honor de Cristo, no hay que ocupar el lugar que le toca al salvador.
 
Hermanos, que Dios nos conceda encontrarnos con Cristo, ser sus discípulos y misioneros en la comunión de su Iglesia para que muchos vengan a él. Toda nuestra vida, ya sea con palabras o con obras, debe traducir las palabras de Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”. Nuestra vida debe ser una invitación viviente para que los demás se acerquen a Cristo, para que vayan, vean dónde vive, y se queden con él. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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