“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”

HOMILÍA EN EL III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Jon 3, 1-5.10; Sal 24; 1 Cor 7, 29-31; Mc 1, 14-20
 
“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”
 
Queridos hermanos, el domingo pasado apareció la vocación de Andrés y su hermano Simón Pedro, según el evangelio de san Juan. Ahora tenemos otra versión, según el evangelio de san Marcos, en la cual aparece que junto con Andrés y Simón el Señor llamó también a Santiago y Juan hijos de Zebedeo.
 
La vocación de los primeros cuatro discípulos aparece como resultado de una intensa actividad apostólica de Jesús que: “Después de que arrestaron a Juan el Bautista, se fue a Galilea para predicar el evangelio de Dios”. El contenido de la predicación de Jesús destaca que: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca”. San Pablo dice que: “Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a sus hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estábamos bajo la ley a fin de hacernos hijos suyos” (Gá 4, 4-5). La plenitud de los tiempos comienza con la venida del Hijo de Dios. Ahora bien, ¿el Reino de Dios cuándo comienza?, dice Jesús que “está cerca”, pero ¿en qué consiste esta cercanía?
 
El Reino de Dios está cerca, pero no hay que pensar que la cercanía del Reino es algo puramente temporal o cronológico, sino algo existencial, espiritual y trascendente. El tiempo cronos, el hombre lo mide; el tiempo kairós, el hombre lo vive, es gracia, es presencia de Dios en el tiempo y en la historia de la humanidad y en la historia de cada persona. De manera que podríamos decir que el Reino de Dios ya había comenzado antes de Cristo desde el momento en que inició la Revelación de Dios a Israel. Así como decimos que con la venida del Hijo de Dios al mundo llegó la plenitud de los tiempos, también podemos decir que llegó una realización más plena del Reino en la historia de la humanidad, en la persona del mismo Cristo Jesús. Sin embargo, hay que aclarar que esta realización sólo es el germen y principio (cfr. Lumen Gentium No. 5) de la realización definitiva en el Reino de los cielos.
 
Ahora bien, la clave para vivir la cercanía del Reino de Dios en nuestra historia y en nuestra vida personal, es la conversión y la fe, decía Jesús: “Conviértanse y crean en el evangelio”. La conversión y la fe son dos aspectos inseparables de un mismo proceso. Creer en el evangelio es creerle a Dios que se hace presente en nuestra historia, en nuestro mundo y en nuestra vida. Dios no nos engaña ni puede engañarse a sí mismo, aceptar el Reino de Dios en nuestra vida es aceptar a Dios mismo; por eso convertirse es volverse a Dios, vivir de cara a Dios, sin darle la espalda, es pensar según Dios y tratar de actuar conforme a su designio.
 
Aquellos cuatro discípulos, que Jesús sacó del lago, descubrieron en Jesús la cercanía del Reino de Dios, no como algo cronológico, sino como la acción de Dios que venía a dar cumplimiento a las profecías de los profetas y a cambiar sus vidas. Ellos esperaban la acción de Dios en la historia concreta de sus vidas y por eso creyeron en las palabras de Jesús que dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. El llamado de Jesús cambió la vida de aquellos pescadores, y el llamado que Jesús les hizo, y ellos aceptaron, les llevó a una nueva misión.
 
Cuántas cosas están implicadas con la llegada del Reino de Dios. El Reino de Dios no llega a los poderosos de este mundo, sino a unos humildes pescadores. El Dios de los pobres está interviniendo en la historia de la manera menos esperada. Ahora bien, estos pescadores esperaban la llegada del Reino de Dios, y el Reino de Dios llegó en Jesús que los llamó para seguirlo de una manera personal. “Síganme”, significa “sigan a mí”. La cercanía del Reino está en el seguimiento de la persona de Jesús. San Cipriano de Cartago decía que así como Jesús es la resurrección porque en el resucitamos, así él es el Reino porque en el reinamos. No cabe duda que Jesús tenía un poder de atracción y ante su llamada y personalidad, aquellos que esperaban el Reino de Dios: “Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron”.
 
Ahora bien, el llamado al seguimiento de la persona de Jesús lleva a una misión: “Haré de ustedes pescadores de hombres”. ¿Qué significa esto? Los discípulos eran pescadores de peces. Para subsistir, ellos sacaban a los peces de su hábitat natural, es decir que para tener ellos vida, daban muerte a los peces. Ahora se trata de perder ellos la vida para que los hombres, que están en el mundo en caminos equivocados, como fuera de su hábitat natural, descubran el Reino de Dios, se conviertan a Dios y tengan vida en él. La situación de violencia, inseguridad, corrupción e impunidad que vivimos en nuestro País con tantas extorciones, secuestros, desaparecidos y asesinados y poca justicia y legalidad nos indica que la vida no es el valor supremo, sino el poder y el dinero y con tal de conseguir esto se roba, se elimina a los enemigos, lo cual indica que se rechaza a Dios que quiere la paz, la justicia y la vida humana plena para todos. Es necesario cambiar esta situación, pero parece que solos no vamos a poder, pues una y otras vez los hechos demuestran lo contrario. Es necesario hacerle lugar a Dios en nuestra sociedad y en nuestras vidas, es necesario convertirnos.
 
La conversión es cambiar nuestra mente y nuestro corazón y en esa medida cambiar nuestro entorno y nuestro mundo. Esto sólo es posible si le hacemos lugar a Dios en nuestra historia y en nuestra vida personal. En México no se quiere a Dios, la situación de violencia si no nos habla de ausencia de Dios, sí no habla de rechazo a Dios y a su Reino en nuestras estructuras familiares, sociales económicas, políticas y religiosas. Ojalá que su misericordia no nos abandone como no lo hizo con los ninivitas. Este pueblo era enemigo del pueblo de Israel, pues habían destruido el Reino del Norte en el año 722 antes de Cristo y Dios manda a Jonás a predicarles la conversión. Eso significa que Dios no olvida a nadie, sino que quiere que todos los hombres se salven. Claro, los ninivitas, dice la palabra de Dios: “Creyeron en Dios, ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños”. Como nos hace falta un México convertido, un México comprometido, un México en el que el Reino de Dios se haga más presente, es decir un México en el que los gobernantes le hagan lugar a Dios en la sociedad, en la economía y en la política.
 
El camino de Dios lleva a la vida, el camino sin Dios lleva a la destrucción. “Sólo Dios basta” decía santa Teresa de Jesús. El mundo es relativo y pasajero, dice san Pablo hoy. Sólo Dios permanece y el que hace su voluntad. Sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida, sólo Jesús es nuestra esperanza. La conversión no es seguir una doctrina sino a Jesús. En Jesús el Reino de Dios está cerca, deja lo que te ata, recíbelo acéptalo y síguelo. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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