“Enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Dt 18, 15-20; Sal 94; 1 Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28
 
“Enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”
 
Queridos hermanos, el día de hoy tenemos el primer milagro de Jesús, según el evangelio de san Marcos. Este milagro se dio en una sinagoga, es decir en un lugar donde los judíos se reunían, semana a semana, para leer y explicar la Torah, es decir la Ley de Dios.
 
El evangelio dice que Jesús se puso a enseñar y: “Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Hay que decir que los escribas eran los conocedores de la Ley y tenían como función explicarla y aplicarla a las diferentes circunstancias que estaban viviendo los asistentes a la Sinagoga y, por lo mismo, eran muy respetados y tenían mucha autoridad; sin embargo el evangelio opone la manera de hablar de Jesús y su autoridad a la manera de hablar de los fariseos y a su autoridad. La autoridad de los fariseos se basaba en el conocimiento y en la explicación del texto de la Escritura, la autoridad de Jesús botaba de sí mismo. Los fariseos predicaban una cosa y hacían otra, la Palabra de Jesús y su vida estaban en perfecta armonía manera que sus palabras explicaban lo que él hacía y lo que él era.
 
Los escribas se dedicaban al estudio de la Ley, eran los profesionales de la enseñanza, los que explicaban la Palabra de Dios; Jesús, en cambio, en apariencia, era un hombre común, pero él era la misma Palabra de Dios. Por eso cuando hablaba no lo hacía desde lo que había aprendido en la escuela, sino desde su propio ser de Hijo de Dios. Por esta razón, cuando hablaba todos quedaban admirados por la fuerza transformadora de su Palabra. Su Palabra no sólo comunicaba, sino que cambiaba la vida de los que la escuchaban.
 
La Palabra de Jesús no era simplemente comunicadora de un mensaje, por bonito que pareciera, sino realizadora del contenido del mismo mensaje, es decir que lo que decía se realizaba. En cierto modo la Palabra de Jesús era un eco de la Palabra de Dios, en el libro del Génesis, en el cual se dice: “Dijo Dios: “Haya luz, y hubo luz”. Es decir que lo que Dios dijo se hizo. La Palabra de Dios es reveladora y creadora o realizadora. Por eso Jesús, que era la Palabra de Dios en persona, hablaba con autoridad, es decir que su Palabra estaba, no sólo cargada de contenido, sino también cargada del poder de Dios, cargada de realidad. La Palabra de Jesús era una palabra que realizaba lo que decía o lo que revelaba.
 
De hecho, en este milagro que Jesús realiza en la sinagoga de Cafarnaúm, se puede ver que su Palabra se cumple, se realiza, puesto que cuando le dice al espíritu inmundo: “¡Cállate y sal de él!, el espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él”. Así que la Palabra de Jesús dijo y la Palabra de Jesús se realizó. En esto está la autoridad de Jesús, por esto la gente se preguntaba: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta? Este hombre tiene autoridad para mandar a los espíritus inmundos y lo obedecen”.
 
Ahora bien, en este milagro concreto, la Palabra de Jesús iba cargada también de libertad. Aquel hombre estaba esclavizado por un espíritu inmundo y una Palabra de Jesús lo liberó. Si nosotros ahora queremos que nos pase algo semejante necesitamos acercarnos a Jesús, necesitamos leer el mensaje que nos dejó en los evangelios. Así, al conocer su Palabra, al conocer la verdad o al conocerlo a él, a través de su Palabra, obtendremos la libertad. Recordemos que él decía: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32) y por otro lado: “Yo soy el Camino la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).
 
En el libro del Deuteronomio Moisés aparecía como profeta, pero hay que decir que estrictamente hablando Moisés no fue un profeta, sino el caudillo liberador por medio del cual Dios sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Si no fue profeta como Isaías o Jeremías ¿por qué el Deuteronomio lo llama profeta? Porque simple y sencillamente el profeta es aquel hombre en quien Dios pone sus palabras y en Moisés no sólo Dios puso sus palabras, sino que le dio los diez mandamientos que vienen a ser el resumen de toda la Ley. Por otro lado, en un profeta no es más importante su enseñanza, sino su propia vida que avala su enseñanza y que transforma la realidad de su entorno que le toca vivir y por medio de Moisés Dios transformó a todo un pueblo. Pues bien, lo que pasó con Moisés fue realizado en su máxima expresión por Jesús, en el cual se cumplió la promesa de Dios de enviar un profeta como Moisés. En Moisés Dios puso sus palabras, Jesús es la misma Palabra de Dios. Como Moisés fue un hombre liberador, mejor todavía lo fue Jesús.
 
Los demonios tenían conocimiento, pero no creían en Jesús. La Palabra de Jesús no cambiaba sus vidas. La Palabra de Jesús cambiaba la vida de los endemoniados, pero no la vida de los demonios porque no creía en él ni aceptaban su Palabra. Si nosotros que decimos creer en él no aceptamos su Palabra no cambia nuestras vidas, por eso en el Salmo se nos dice: “Hagámosle caso al Señor, que nos dice: no endurezcan su corazón como en el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mi aunque habían visto mis obras”. La Palabra de Dios no sólo hay que oírla, escucharla y vivirla. Oírla es que el sonido llegue a nuestros oídos, escucharla es hacer eco en nuestro corazón y vivirla es ponerla en práctica.
 
La misión evangelizadora no consiste sólo en el anuncio del evangelio, sino también en la expulsión de Satanás. Ciertamente a Satanás se le expulsa de la vida de las personas con la predicación del evangelio. Donde se predica la fe, se celebran y se viven los sacramentos Satanás no pude entrar. Pero en algunas ocasiones las personas ya bautizadas no ponen a Dios en el centro de sus vidas, sino que al contrario buscan seguridades en la brujería, las cartas, la astrología, el espiritismo, el ocultismo, la santa muerte, o peor aún en el satanismo, en estos casos es como hacer rendijas o puertas para que Satanás entre en sus vidas y, por lo mismo, no basta la predicación, hay que hacer como Jesús, expulsarlo.
 
Hermanos, no se puede servir a dos señores. San Pablo nos dice hoy que el casado tiene dividido el corazón porque, por un lado, tiene que agradar a su esposa y por otro tiene que agradar a Dios. La verdad es que si pone a Dios, en primer lugar, el corazón no estará dividido porque el amor humano no se vive al margen del amor a Dios, sino dentro de la experiencia y vivencia del amor divino. A lo mejor nosotros no estamos poseídos por un espíritu inmundo, pero si no conocemos a Cristo no sabemos verdaderamente ¿quién es Él?, ¿quiénes somos nosotros, de dónde venimos o a dónde vamos? Es necesaria una Palabra de Cristo que nos revele su identidad y que nos dé la verdadera libertad. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 

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