“Se le quitó la fiebre y se puso a servirles”

HOMILÍA EN EL V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Jb 7, 1-4.6-7; Sal 146; 1 Cor 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39
 
“Se le quitó la fiebre y se puso a servirles”
 
Queridos hermanos en la fe, en Job vemos que la humanidad está herida y dolorida. Unas veces los hombres sufren como efecto de sus propios pecados; en otros casos, Dios permite el sufrimiento para purificar a sus servidores. El seguimiento de Cristo no nos evita el dolor, sino la condenación. El sufrimiento es parte de la cruz de cada día, pero el seguimiento de Cristo tiene también sus gozos. Si no tenemos en cuenta esto nos puede pasar lo siguiente: “Aquel que en tiempo de los favores se olvida del temor de la calamidad cae en la arrogancia por su actual satisfacción. Y el que en tiempo de la calamidad no se consuela con el recuerdo de los favores recibidos es llevado a la más completa desesperación por su estado mental”. (San Gregorio Magno, Papa).
 
El domingo pasado Jesús liberó a un hombre poseído por un espíritu inmundo. Siguiendo con la lectura continuada de san Marcos, ahora, en este evangelio, “Al salir de la sinagoga”, tenemos una jornada de trabajo de Jesús en tres partes o momentos: primero la curación de la suegra de Pedro, luego su actividad al atardecer curando enfermos y expulsando a los demonios y, finalmente, su oración a la madrugada.
 
El relato de la curación de la suegra de Pedro es muy breve, pero se describe muy bien la situación: “La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre” y “enseguida le avisaron a Jesús”. Viene luego una triple acción de Jesús: “Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó”. La suegra de Pedro simboliza a la humanidad esclavizada por el pecado a la cual Jesús se acerca para levantarla de su postración. Este es el centro del relato, pero enseguida se dice el efecto realizado por la acción de Jesús y la respuesta de la mujer como el resultado final de aquel milagro: “En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles”. Hay que notar que el resultado final tiene una dimensión comunitaria. El texto no dice se puso a servir a Jesús, sino: “Se puso a servirles”, es decir que todo aquel que es liberado o sanado por Jesús, se debe poner al servicio de los demás. Los que no han conocido a Cristo no se interesan por los demás. El que se ha conocido a Cristo ya no se interesa sólo por sí mismo. El que se encuentra con Cristo, se encuentra al mismo tiempo con la Iglesia de Cristo, especialmente con los miembros más necesitados, como son los enfermos.
 
Tal parece que lo que Jesús hizo en la Sinagoga y en la casa de Simón se supo por toda la región pues: “Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos”. Estas palabras son un resumen de la misión de Jesús. No se habla de ningún milagro concreto, sino que: “le llevaron todos los enfermos”, “todo el pueblo se apiñó”, “curó a muchos enfermos”, y “expulsó a muchos demonios”.
 
Finalmente, en la actividad realizada, “al amanecer”, se nos dice que Jesús: “Se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar”. Ahora, aparentemente, Jesús no hace nada, pues no cura ni busca a nadie; sin embargo, la oración es la actividad más importante de su vida y por eso ahora, que aparentemente no hace nada, lo buscan. Simón y sus compañeros le dicen: “Todos te andan buscando”. Así sucede con un verdadero discípulo de Jesús, con un hombre santo, con un hombre de Dios, aunque se aparte a un lugar solitario, la gente lo busca porque al encontrase con él se encuentran con Dios.
 
Después de haber estado Jesús en oración y, al enterarse que lo buscan, dice: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar allá el evangelio, pues para eso he venido”. Las palabras finales del evangelio resumen también la actividad de Jesús: “Recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios”. Es decir que ese fue el centro de su misión, predicar el evangelio y expulsar a los demonios. El libro de los Hechos de los Apóstoles lo resume así: “Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38). Aquí está el fundamento de Pablo para decir: “¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!
 
En los evangelios aparece que Jesús vive muy atento al dolor de la gente. Es incapaz de pasar de largo si ve a alguien sufriendo, Jesús no sólo predica y hace oración, sino que toca el dolor de la gente, se acerca al que sufre y si no lo cura de su enfermedad corporal, sí lo cura de su alma. Jesús no sólo ve los sufrimientos, sino que los siente y hace suyos. Por eso dice san Mateo que: “Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades” (Mt, 8, 7). Donde Jesús llega, llega la salud y la vida. Jesús dio salud a la suegra de Pedro y con ello le dio vida; además ella no sólo vivió, sino que se convirtió: “Se puso a servirles”. No hay que acostumbrarnos a la cultura de la indiferencia. Necesitamos pensar siempre en los demás.
 
Jesús anunció el evangelio, expulsó a Satanás y curó enfermos, en esto se resume toda su actividad. El anuncio de la Palabra puede tener estos tres efectos, pero no siempre se pretenden. Algunas veces el anuncio del evangelio trae consigo la expulsión de Satanás o la curación del alma, pero otras veces, no. Ahora bien, si se pretenden estos tres efectos o dimensiones, tiene que haber acciones específicas para lograrlo. Por ejemplo, si se trata de expulsar a Satanás de un poseído, hay que hacer un exorcismo; si se trata de acercarse a los pobres, no sólo hay que llevarles la Palabra de Dios, sino acompañarlos con nuestra presencia personal, cercana y humana para promoverlos y hacerlos sujetos de su propio desarrollo.
 
Cuando alguien está gravemente enfermo nada valen consejos de lejos, es mejor acercarse, tocar y escuchar a los enfermos. Como Iglesia, debemos recuperar la misión de curar. Ciertamente no se trata de ocupar el lugar de la medicina, pero tampoco de reducir nuestra misión al sólo anuncio del evangelio; también tenemos que expulsar a satanás y en muchos casos tenemos que curar y no precisamente el cuerpo, sino el alma o los corazones rotos por falta de amor o falta de esperanza. El anuncio del evangelio debe ir acompañado de acciones liberadoras y muestras de afecto y caridad con los que sufren.
 
Hermanos, como aquella multitud, busquemos a Cristo, busquemos a Dios en él y su Palabra nos liberará de las acechanzas del demonio. Hagámonos sus discípulos y misioneros como Jesús que decía: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar allá el evangelio, pues para eso he venido”. Con la ayuda de Dios, librémonos de la esclavitud del pecado y, como la suegra de Pedro, pongámonos a servir a los demás ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
Compartir en:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter