“Ve a presentarte al sacerdote”

HOMILÍA EN EL VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lv 13, 1-2.44-46; Sal 31; 1 Cor 10, 31-11,1; Mc 1, 40-45

“Ve a presentarte al sacerdote”

Queridos hermanos, Dios no quiere marginados, excluidos o menospreciados. Por eso envío a su Hijo para dignificarnos, curarnos y purificarnos. Si bien Dios quiere que lo conozcamos y le demos gloria haciendo su voluntad, en realidad la gloria de Dios, como decía San Ireneo, es que el hombre viva con dignidad.

La lectura del Levítico constata la concepción de pureza o de impureza del Antiguo Testamento, según la cual las enfermedades eran efecto de los pecados personales, especialmente la lepra, por lo que los leprosos eran excluidos, no sólo para evitar el contagio de la enfermedad sino para evitar la impureza legal. En nuestros días la enfermedad de la lepra prácticamente ha sido abatida, pero hay otro tipo de lepras por las que muchos son marginados de la sociedad. Pensemos en los migrantes, los sidosos, los niños de la calle, los vagamundos o simplemente los ignorantes y los pobres. Como dice el Papa Francisco, estamos en una sociedad donde prevalece el descarte, especialmente de los que están por nacer o de los ancianos que no producen economía, pero que son la sabiduría.

San Pablo nos dice en la carta a los Corintios que hay que buscar en todo la gloria de Dios, especialmente no dando motivo de escándalo y buscando siempre el interés por los demás. Así pues la gloria de Dios no hay que buscarla en Dios, sino en nuestra vida viviendo como hijos suyos. ¿Cómo será eso? San Pablo decía. “Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. El que quiere vivir como hijo de Dios ha de vivir como Cristo, pero ¿en dónde está, pues, lo más profundo de la imitación de Cristo? Cristo no vivió para sí, sino para los demás, Cristo no buscó su propio interés, sino el de los demás hasta morir en la cruz por nosotros. Así pues, si queremos dar gloria a Dios debemos vivir para los demás, nuestro interés debe centrarse en los demás, especialmente en los más necesitados como lo hacía Cristo que en este evangelio ayuda a un leproso, curándolo, purificándolo y reintegrándolo a la asamblea que alababa a Dios y a la comunidad humana que lo había excluido y marginado.

En tiempos de Cristo a los leprosos no se les permitía acercarse a la gente (cfr. Lv 13, 45-46) eran apartados de las ciudades en razón del contagio y para que las demás personas no incurrieran en impureza legal. Por lo mismo, tenían prohibido participar en las sinagogas donde se leían y meditaban las Escrituras y no podían participar en los sacrificios en el templo. Eran unos excluidos de la comunidad religiosa y de la comunidad humana y de la sociedad. Por eso san Lucas cuando narra la curación de los diez leprosos dice que ni siquiera se acercaron a Jesús, sino que a distancia le gritan: “Ten compasión de nosotros” y, a distancia, Jesús los manda a presentarse con el sacerdote (cfr. Lc 17, 11).

En Marcos, en cambio, el leproso va en busca de la salud hasta llegar al encuentro de Jesús, sin importar las personas presentes que hubiera en torno a él o sin importar las normas que pesaban sobre los leprosos. Ciertamente sus palabras reflejan una cierta duda en recobrar la salud, pues le dice a Jesús: “Si tú quieres puedes curarme”. En realidad se trata de una súplica humilde que sólo confía en el poder y el querer de Jesús. De hecho, esta súplica, el leproso la hace “de rodillas”, es decir en actitud de humildad y de adoración. Así que Jesús responde con un: “Sí quiero, sana” e “Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio”.

Dado que siempre andaba acompañado, llama la atención que Jesús diga al curado “No se lo cuentes a nadie”, pues ya se han enterado los que andan con él. Además le dice: “Pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote”. Esto significa no lo cuentes a nadie por aquí y por allá, sino a quien corresponde, es decir al sacerdote para que verifique tu curación y puedas formar parte nuevamente de la sinagoga y de los sacrificios en el templo. Pero aquel hombre consideró su curación y liberación de la impureza legal como una gracia tan grande que no pudo callar y: “Comenzó a divulgar tanto el hecho que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad”. Cuando se experimenta la misericordia de Dios en nuestra vida no se puede callar. Contar a otros lo que Dios ha hecho en nuestra vida es darle gloria a Dios y pretender que Dios haga en otros lo que ha hecho en nosotros. La experiencia de que Dios se ha interesado en nosotros debe llevarnos espontáneamente a interesarnos por los demás.

Hay que decir que a este leproso Jesús no lo cura a distancia ni tampoco con una simple palabra, sino que se compadeció, extendió la mano y lo tocó. El gesto es muy elocuente, todo lo contrario de lo que muchos hacemos con los marginados: los apartamos o nos apartamos de ellos y no queremos ningún contacto. Con este milagro se muestra que Jesús es salud, tanto física, como espiritual, pues no sólo cura físicamente a este leproso, sino que lo reintegra a la comunión con Dios y a la comunión con el pueblo del que había sido apartado, es decir que Jesús le quita la impureza legal que pesaba sobre él y le impedía una relación sana en el pueblo y con Dios. La Palabra de Jesús: “Ve a presentarte al sacerdote” significa vuélvete a la asamblea que alaba a Dios y vuélvete al lugar que ocupabas en medio del pueblo.

El leproso es un ejemplo para buscar la salud y la liberación de las exclusiones de la sociedad. El hombre que quiere su salud o su salvación, como el leproso, tiene que ponerse en camino rompiendo barreras para llegar hasta Cristo. El hombre no debe conformarse con su situación de marginación o de muerte. La gloria de Dios es que el hombre viva, decía san Ireneo, hay que vivir en plenitud. Cristo es la plenitud de la vida. Él dijo: “Yo he venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Para el leproso llegar a Cristo significó volver a la vida, fue como un resucitar de entre los muertos.

La plenitud de vida se da cuando el hombre vive de cara a su Creador, cuando camina a su encuentro, en busca de aquel que no sólo ha inscrito en el hombre esa semilla de búsqueda de vida, sino que Él mismo sale a su encuentro para curarlo de su lepra, para liberarlo de su esclavitud de muerte y devolverle la dignidad y la vida perdida. Así que, pongámonos en marcha en busca de la salud que Dios, por medio de Cristo, da a esta humanidad enferma de lepra espiritual. Seamos receptores de esa gracia y compartámosla a los demás. Nuestra dignidad crecerá cuando, en unión constante con Dios, como nuestro Señor Jesucristo, nos interesemos por los demás: los niños de la calle, los drogadictos, los vagamundos, los migrantes. En una palabra, cuando nos interesemos por los excluidos de la sociedad. ¡Que así sea!

 

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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