El sentido del silencio

EL SILENCIO ES NUESTRA IDENTIDAD
 
La palabra silencio viene del latín silentium. Su primer sentido es el de callar, mantener el mutismo y no responder pregunta o provocación alguna. Es el derecho a abstenerse de hablar, de no pronunciar palabra: el mismo derecho que se da a los acusados. Porque aún con todos los medios tecnológicos que existen, como el detector de mentiras, es imposible que alguien sepa con certeza qué pasa por la cabeza o el interior de los demás. Sólo lo sabemos por las palabras o por los gestos.
 
En el silencio todos sabemos lo que pasa en nuestro interior aunque no podamos definirlo. Sabemos si somos justos o injustos, si hemos hecho o no aquello de lo que nos acusan. Existe en el silencio una luz interior, de la que no podemos huir; en la que sabemos si somos fieles o infieles a lo que creemos. Así que el silencio somos nosotros y es nuestra identidad. 
 
Sin embargo hay silencio que enferma y que debemos evitar: el silencio de la envidia, de la culpa, de la impotencia, de la indiferencia, del mal humor, del miedo, del orgullo, del odio, del amor no correspondido y traicionado. Mientras que el silencio que cura: es el silencio de la alegría, el silencio del amor y el silencio de los que saben amar como Jesús nos ama.
 
El silencio con Dios consiste en tener la confianza en nuestro corazón del amor del Señor, sin dudar de él, aunque le estemos gritando que nos escuche, sabemos que el viene en nuestra ayuda. Así que cansados del ruido que perjudica nuestra salud y la relación con Dios y con los demás, silenciemos la prisa, el estrés, y las agresiones que se generan por no alcanzar la paz del silencio. Y todos los días busquemos momentos de silencio, para descubrir quiénes somos, que queremos, que sentimos y que es lo que quiere Dios de nosotros.      
 
Psic. Gloria María R. de la Garza
 
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