HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE CUARESMA

HOMILÍA EN EL V DOMINGO DE CUARESMA
Jr 31, 31-34; Sal 50; Hb 5, 5-9; Jn 12, 20-33
 
“Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”
 
Queridos hermanos, las lecturas de hoy nos hablan de la alianza entre Dios y su pueblo, la cual fue llevada a su máxima expresión en Cristo crucificado que se convirtió en causa de salvación para todos los pueblos.
 
La alianza entre Dios y su pueblo se venía renovando una y otra vez, pero a pesar de ello el pueblo de Dios no podía cumplir la alianza: “Ellos rompieron mi alianza y yo tuve que hacer un escarmiento con ellos”. Según esta palabra Dios se ha dado cuenta (como si él no lo supiera) de que su pueblo no va a poder ser fiel si él no le ayuda desde dentro de su corazón, por eso será una alianza nueva, no por cambiar sus contenidos, sino porque no se basará en el cumplimiento de la ley, sino en el espíritu, por eso dice Dios: “Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones”. Esto Dios lo quiere hacer en nuestros corazones, pero también es necesario pedírselo, como dice el salmista: “Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos”.
 
Esta alianza en el espíritu Dios la sella con las palabras que antiguamente se usaban para casarse: el novio le decía a la novia: “Yo seré tu esposo y tú serás mi mujer”. En esta nueva alianza Dios quiere ser como el esposo de su pueblo, por eso dice: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Por esta ley interior dice el Señor: “Todos me van a conocer” no tanto por tener ideas más o menos claras acerca de él, sino por experimentar su misericordia y su perdón. La ley interior, no sólo nos ayuda para ser más fieles a la alianza con Dios, sino que es condición para experimentar el perdón de Dios. De la misma manera los matrimonios actuales no pueden perdurar si no se da en ellos, no sólo la unión de sus cuerpos, sino la unión de sus espíritus y cuando ésta se da, se pueden perdonar el uno al otro.
 
La carta a los Hebreos, por su parte, recoge desde una perspectiva más profunda la oración de Cristo en el Huerto de los Olivos. En aquel momento doloroso, Cristo decía: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre” (Lc 22, 42-44). San Lucas es el único que expresa este momento en forma más dramática, humana y psicológica; sin embargo, la carta a los Hebreos nos dice el sentido no sólo psicológico, sino profundo, espiritual y salvífico.
 
En efecto, la carta a los Hebreos dice que Cristo: “fue escuchado por su piedad”. Es decir que sus “oraciones y súplicas, con poderoso clamor y lágrimas” no han caído en el vacío, sino que son causa de salvación para la humanidad. Dios siempre nos escucha y acoge nuestras suplicas. Dice la carta a los Hebreos que: “A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo”. Con su obediencia, Cristo no sólo llevó a su máxima expresión la alianza entre Dios y su pueblo, sino que nos dio ejemplo. La carta a los hebreos dice que: “llegado a su perfección, se convirtió en causa de salvación para todos los que lo obedecen”. La obediencia es el acto más supremo de fidelidad y hace posible que los efectos de la oración de Cristo en la cruz lleguen a cada uno de nosotros.
 
El evangelio de hoy dice que había algunos griegos que querían ver a Jesús y cuando le avisan a Jesús de esto dice: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”. Con estas palabras Jesús está anunciando su muerte en la cruz, por esto dice: “Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo”, o también más adelante: “Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: Padre líbrame de esta hora?”. Y al final el evangelio dice que Jesús: “Dijo esto, indicando de qué manera habría de morir”. Ahora bien, ¿por qué cuando unos griegos querían ver a Jesús él anunció esto? Porque los griegos representan las primicias de la universalidad de la salvación que va a brotar de la cruz y a llegar a todas las naciones. Por eso Jesús dice al final de este evangelio: “Cuando yo sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí”.
 
Hay que notar que la muerte de Cristo, aunque dolorosa, será gloriosa. Por eso dice: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado”. Por esto mismo, el evangelio insiste en que se oyó una voz que dijo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La hora de Jesús es, al mismo tiempo, la hora de la cruz y la hora de la gloria; por su entrega en la cruz él da gloria al Padre y el Padre da gloria a él.
 
El grano de trigo sembrado en la tierra es una imagen de Cristo que murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. Para dar vida hay que perder la propia; para resucitar hay que morir. Ese fue el camino de Jesús y ese es el camino de los seguidores de Jesús. En la medida que seguimos el camino de la cruz podemos estar seguros de llegar a la gloria de la resurrección. Por eso dice Jesús: “El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor”. Seguir a Jesús es estar con él en las angustias y en las alegrías de nuestra vida, en la enfermedad y en la salud, en el sufrimiento y en la paz, en la muerte y en la resurrección. Si la cruz de Jesús fue dolorosa y gloriosa también la nuestra lo será, si nos identificamos con él y lo seguimos. En ese sentido el evangelio dice: “El que me sirve será honrado por mi Padre”.
 
Al final el evangelio nos dice que la cruz es el juicio de Dios sobre el mundo y la victoria sobre Satanás: “Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo”, y agrega: “Cuando yo sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí”. Cuando yo sea levantado significa: cuando yo sea crucificado. Los brazos de Cristo en la cruz han abrazado a todos los hombres, por eso dice san Pablo: “Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, el odio” (Ef 2, 14).
 
Hermanos, como los griegos busquemos a Jesús, él da sentido a nuestra vida incluso en los momentos de dolor. Asumamos la cruz de cada día para dar gloria a Dios y como una forma de completar lo que falta a la pasión de Cristo (cfr. Col 1, 24). ¿Qué faltó a la pasión de Cristo? Nada que no hiciera Jesús, pero falta que se haga presente en nuestras vidas y que nosotros unamos nuestros sufrimientos a los de Cristo Jesús. Los momentos más difíciles de nuestra vida más glorifican a Dios y más ayudan para nuestra salvación. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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