Homilía de la Misa Crismal

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
31 de marzo de 2015
 
Queridos hermanos todos en Cristo nuestro Señor. Damos gracias a Dios porque en Cristo nos ha reunido hoy como Iglesia diocesana para esta celebración eucarística de la bendición de los óleos en este año jubilar vocacional.
 
Saludo a todos ustedes que han venido de las distintas parroquias, a los laicos comprometidos, a las religiosas y especialmente a los sacerdotes que junto con algunos laicos vienen por los santos óleos. De manera particular saludo a los Señores obispos, Mons. Lorenzo Cárdenas, obispo emérito de nuestra diócesis, y a Mons. Rafael Palma que reside y trabaja en nuestra diócesis. ¡Bienvenidos todos!
 
Hermanos, todos han venido de cada una de las parroquias como si aquí, en esta celebración estuviera la fuente de la gracia que se recibirá durante todo el año a través de los sacramentos, especialmente del bautismo, la confirmación y la unción de los enfermos cuyos óleos vamos a bendecir con ese fin. De hecho esta celebración es fuente porque Cristo es el centro del cual brota todo el caudal de gracia salvadora. Como brotaba del templo de Jerusalén una agua que por donde quiera que iba el torrente lo sanaba todo (cfr. Ez 47), así podríamos imaginar que, en esta celebración, la bendición de los óleos se convierte en fuente de gracia que por donde quiera que sean llevados los óleos a las diferentes parroquias así llega la gracia del Señor, que lo sana todo, especialmente las heridas del corazón.
 
Como la Eucaristía es una prolongación de la encarnación en cuanto que en ella se hace presente el mismo Hijo de Dios; los óleos, una vez bendecidos también se convierten en signos de la gracia del Señor. Cristo no está presente en ellos como en la Eucaristía, pero lo hacen presente cuando hacemos uso de ellos. Entonces, si se trata del bautismo, el bautizado es ungido en Cristo como profeta, sacerdote y rey; si se trata de la confirmación, es marcado por el Espíritu Santo prometido por Cristo para el día de la redención (cfr. Ef 4, 30); si se trata de la unción de los enfermos, Cristo se hace presente, como buen samaritano, para curar las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cfr. Prefacio común VIII); si se trata del sacramento del orden, configura al que es llamado, en Cristo sacerdote, para estar al frente del pueblo de Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados del pueblo y por los suyos propios, pues él mismo está envuelto en flaquezas (cfr. Hb 5, 1-3).
 
Así pues, los óleos son instrumentos de santificación, santifican al que es bautizado, al que es confirmado, al que está enfermo, o al que es ordenado para estar al frente del pueblo de Dios. Santifican porque nos acercan a Dios, o mejor dicho, Dios por medio de los óleos de los sacramentos se acerca a nosotros. En efecto, Dios es el santo por excelencia que todo lo que toca lo santifica. Él puede tocar y santificar el mundo y a cada uno de nosotros, pero también quiere nuestra colaboración, nuestra disposición, nuestro querer.
 
Para que Dios santifique el vino y el pan en la Eucaristía se lo ofrecemos y él lo toca, lo santifica, lo consagra. Para que un niño sea hijo de Dios sus padres lo traen a bautizar y Dios lo consagra y lo hace su hijo en Cristo. Para ser consagrados al Espíritu Santo recibimos el sacramento de la confirmación. Para que alguien sea sacerdote se necesita, además del llamado que el Señor le hace, que él se ofrezca personalmente a Dios, como Cristo que al entrar en el mundo dijo: “Sacrificio y oblación no quisiste pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije… He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7).
 
Así pues, después de ser llamados a la vida, todos somos llamados a ser hijos de Dios en la santidad, esa es nuestra vocación original (cfr. Ef 1, 3-4). No podemos hacer a un lado este llamado porque eso significaría hacer a un lado a Dios y nuestra vocación primera bautismal. San Pablo dice que quien desprecia la santidad no desprecia otra cosa sino a Dios que nos da su Espíritu (cfr. 1 Ts 4, 3-8). Si esto es así para todos los bautizados, con mayor razón para nosotros los consagrados. Sin embargo, de la misma manera que los bautizados son asediados por Satanás para apartarlos de la santidad, es decir de la comunión con Dios, así también y con mayor razón Satanás quiere apartarnos a nosotros de nuestra vocación sacerdotal. Por eso, otro motivo central de esta celebración es la renovación de nuestras promesas sacerdotales para llenarnos del amor de Dios y fortalecernos contra las asechanzas del enemigo.
 
Para ello, en esta celebración nos reunimos todos los sacerdotes, como en el cenáculo, para revivir, como dice san Pablo a Timoteo: “Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1, 6). Para vivir en profundidad esto no basta la disponibilidad, se necesita sobre todo la gracia de Dios, se necesita la conversión que viene de Dios y que no es resultado de nuestro esfuerzo pero que tampoco se da sin él. Como le decía Dios al profeta: “Si te vuelves porque yo te haga volver, entonces estarás en mi presencia; si distingues el oro de la escoria serás como mi boca. Que ellos se vuelvan a ti, no tú a ellos” (Jr 15 19). La conversión es el resultado de un encuentro con Dios que es amor; la santidad es vivir constantemente, en la fe, ese encuentro con el amor.
 
La oración colecta de la Misa dice: “Concédenos a nosotros que participamos de su consagración sacerdotal dar testimonio en el mundo de su amor redentor”. El amor redentor de Cristo es su óleo santificador, el cual en el ejercicio de nuestro ministerio tenemos que hacer presente en el mundo. En ese sentido la lectura del profeta Isaías es un imperativo: “El espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos y la libertad a los prisioneros… a consolar a los afligidos… a cambiar su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría y su abatimiento, en canticos” (Is 61, 1-3).
 
Hermanos sacerdotes, después de la Eucaristía, les invito a que vayan con alegría, como portadores de la salvación, como contenedores de la gracia, como fuente que irradia fe y esperanza en el Señor. Que la realización de vuestro ministerio redunde en frutos de evangelización, que aumenten las vocaciones sacerdotales religiosas, misioneras y de laicos comprometidos. Que la Iglesia diocesana de Papantla sea una Iglesia más unida, más viva y más comprometida. Con este espíritu les invito en este momento a renovar sus promesas sacerdotales en presencia del pueblo de Dios al que servimos. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 

 

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