Renacer

RENACER
 
La oruga reptaba tranquila en el jardín, encaramada a la rama de un árbol. Iba de aquí para allá contemplando la belleza con la que su mundo estaba dotado. Las múltiples plantas que crecían de él: abarcando desde pequeños dientes de león, hasta los más altos pinos, cuyo olor a madera era muy agradable. Además, el lugar estaba lleno de vida. 
 
En especial, la oruga era una enamorada de las flores. Ese día, había encontrado una muy especial. La había divisado desde una altura estratégica, porque la flor habitaba bajo un arbusto muy mullido, y desde la tierra no era posible verla. Tenía unos pétalos gruesos, de un color naranja vibrante, con pequeñas espinas en torno a ellos. Poseía el carácter de las Rosas, orgullosa de sí misma, demasiado como para permitir que alguien se le acercase. La oruga estaba convencida de que en realidad se trataba de una máscara y que en el interior era frágil como un Nomeolvide. Y eso es lo que había enamorado al alegre bichito.
 
Por ello, decidió abandonar su árbol e ir a conocerla. Lo eclipsaba la belleza de la flor y cuando se encontró sólo a unos pasos de distancia, sintió su aroma embriagador. Ella captó enseguida la personalidad vulnerable y soñadora del insecto, e hizo todo lo posible para embelesarlo todavía más. Lo convenció de que trepase por su tallo hasta contemplar sus afiladas espinas en sus gloriosos pétalos y la oruga obedeció sin rechistar.
 
Entonces, y sin esperárselo venir, la flor cerró sus letales pétalos. ¡Era carnívora! En el interior, la oruga se quedaba sin aire y se puso frenéticamente a tratar de salvar su vida. No podía creer lo que su amor le estaba haciendo. Lo más inverosímil de la situación, era que él continuaba queriéndola. ¡Sí! ¡Incluso cuando ella se lo comía!
 
Poco tiempo después, la flor sintió que la pobre oruga dejaba de forcejear en su interior. Creyó que iba a sentirse de maravilla cuando por fin hubiera matado al pobrecito ignorante que la miraba con amor desde las alturas…. Pero no fue así. Sintió un gran peso instalarse dentro suyo. ¿Qué había ganado con sus acciones? ¡Nada! ¡En lo absoluto! Únicamente sentirse increíblemente llena, pero no de la forma agradable. Sino al revés. Ese dolor que nada más deja espacio a reflexionar sobre por qué uno debió comer tanto.
 
Los días pasaron, pero nada cambiaba en la flor. Tan afligida estaba, que hasta olvidó volver abrir sus pétalos. Los mantenía cerrados, para no tentar a nadie más. Y a cada segundo pensaba en la pobre oruga, que había muerto en vano.
 
Esa mañana, al despuntar el alba la flor sintió movimiento en el fondo de sus entrañas. Alarmada, se preguntó qué estaría pasando. Bajó sus pétalos uno por uno, con mucho cuidado, para comprobar si se hallaban heridos, pero no era así. Entonces, observó asombrada algo increíble, del centro de ella, salió volando una hermosa mariposa.
 
Sus alas se desplegaron al viento y ascendió varios metros, hasta posarse en una rama en particular que conocía muy bien. Desde ahí solía mirarla su enamorado la oruga. Una esperanza prendió en su corazón. ¿Y si era él? ¿Y si después de todo estaba vivo?
 
La mariposa se acercó otra vez y la miró sonriendo. “Tienes razón en lo que piensas” le dijo. “He pasado muchos días en tu interior, esperando que me dejaras salir, y he aprendido a conocerte. No te deprimas, mi muerte sí ha tenido dos grandes razones: te ha ayudado a cambiar a ti, y a mí me ha hecho mucho mejor”.
 
La flor lo observó emocionada y una lágrima de rocío resbaló por su pétalo. La mariposa le guiñó un ojo y luego se alejó volando, una de las tantas cosas que como oruga no podía hacer en el pasado.
 
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