Homilía de Mons. Christophe Pierre

Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre
Nuncio Apostólico en México
25º Aniversario de Ordenación sacerdotal de
S.E.R. Mons. José Trinidad Zapata Ortíz, Obispo de Papantla
(Teziutlán, Pue., 9 de mayo de 2015)
 
Queridas hermanas y hermanos en Cristo Jesús,
 
Todo acontecimiento que señala una etapa importante en la vida del creyente, invita a la revisión, a la acción de gracias y también a la alegría. Por ello, al conmemorar los veinticinco años de sacerdocio de Don José Trinidad, este día se vuelve para nosotros un día de fiesta, pero también, día de reflexión y de oración a Dios que dirige nuestros pasos y rige los destinos de nuestra existencia. Oración de gratitud, de súplica y de alabanza que brota espontánea al ver cumplido un período de tiempo muy señalado en el curso de su vida.
 
Para Don José Trinidad todo comenzó en su familia; desde cuando -como dice el profeta de sí mismo-, aún estaba en el seno materno. Fue ahí, en esa escuela de la vida que es la familia, que el Señor le mostró su ternura y que José Trinidad descubrió el amor de Jesús, que en un momento preciso de su vida, se volvió llamada. Entonces, dejándolo todo, lo siguió más de cerca, convirtiéndose en sacerdote hace veinticinco años.
 
¡Cuánto amor recibido de parte del Señor, acogido y difundido por él a lo largo de todos estos años de ministerio! Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero no el amor de quien lo llamó ni el amor del llamado. Generosa ha sido su respuesta. Pero mucho más grande ha sido la bondad del Señor que quiso escribir una historia de amor con él.
 
Es esta la vocación sacerdotal. Importa, y es indispensable, la respuesta. Pero la iniciativa es siempre del Señor: “no son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes”. No hay otra explicación sobre el por qué algunos sí y otros no: “llamó a los que Él quiso” para que estuvieran con Él, permaneciendo siempre unidos a Él, como el sarmiento permanece unido a la vid, porque de ella le viene todo y sin ella nada podría ser.
 
En consecuencia, dirá Jesús a sus amigos más íntimos: “Permanezcan en mi amor! Es esta la primera condición y aspiración del sacerdote: ¡permanecer en el amor de Cristo!, porque es solo así que es posible responder a la vocación esencial y última del sacerdote: ¡ser santo!
 
Lo recordaba el Papa emérito Benedicto XVI en su homilía de apertura del Año Sacerdotal: “¡Déjense conquistar por Cristo!”. “Este sea el objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio, (…) es necesaria aquella ‘ciencia del amor’ que se aprende solo en el “corazón a corazón” con Cristo. Es Él, en efecto, quien nos llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar el rebaño en su nombre. Precisamente por esto no debemos jamás alejarnos del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz”.
 
Solo así el ministerio sacerdotal puede dar fruto bueno y duradero: “Ya no los llamo siervos, sino amigos”. Es este el significado profundo del ser sacerdote, ser amigo de Jesucristo con todo lo que comporta: comunión de pensamiento y de voluntad, conocimiento cotidiano de manera siempre nueva y personal, escucharlo, vivir en Él, estar con Él.
 
En las antiguas normas litúrgicas, esta afirmación de Jesús era explícitamente utilizada para significar cómo a los nuevos presbíteros les era conferido el poder de perdonar los pecados. Se era entonces consciente que la afirmación de Jesús, no era una simple palabra “ceremonial” ni solo la referencia a una cita Bíblica, sino palabra que el mismo Señor pronunciaba dirigiéndose en primera persona al ordenando.
 
A Don José Trinidad, -como sucedió a cada uno de nosotros-, con el Bautismo y la Confirmación Jesús lo había acogido en la familia de Dios. Pero lo que sucedió el día de su ordenación sacerdotal fue algo totalmente especial. Ese día Jesús lo llamó amigo, y lo agregó al grupo de aquellos a los que inicialmente había dirigido esas palabras en el Cenáculo. Al grupo de sus más íntimos; de aquellos a quienes Él conoce y ama de manera del todo especial.
 
Y fue entonces, aquel día, que le otorgó la portentosa facultad de hacer lo que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente: Yo te perdono tus pecados. Él quiso -por mandato suyo-, que el joven José Trinidad pronunciara con su “Yo” unas palabras que no son únicamente palabras, sino acción que produce un cambio íntimo y total en la persona, posible solo para Dios. Palabras tras las cuales está la Pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Ese es el precio del perdón: la Pasión, precio de su amor por nosotros.
 
Pero, además, a partir de aquel día Jesús quiso ponerse en sus manos, confiándole el poder invocar al Espíritu Santo para que con su fuerza divina, convirtiera el pan y el vino en su Carne y en su Sangre. Le dio autoridad para anunciar su Palabra, para explicarla y llevarla a los hombres. Así, diciéndole: ¡No eres siervo, sino amigo!, Jesús se abandonó a él desde aquel día.
 
Palabras de profunda amistad, que el Evangelista San Juan coloca en el rico contexto del discurso de Jesús sobre la vid: “Yo los elegí a ustedes –dice-, y los destiné para que vayan y den fruto y ese fruto sea duradero”.
 
Así, si la primera exigencia para el sacerdote es permanecer en Cristo, su primer cometido es el de  ponerse en camino -los destiné para que vayan-. Caminar, salir de sí mismos, para ir a los otros. “Como el Padre me envió, -dirá luego de su resurrección-, así los envío yo”. “Vayan y enseñen a todos los pueblos”. A sus amigos el Señor les pide superar los confines del ambiente en que viven para ir más allá. “Es demasiado poco que seas mi Servidor”, -había anunciado el profeta Isaías-, “yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”. A salir, entonces, como el mismo Hijo eterno de Dios que salió de sí dejando su gloria para buscarnos, para darnos su luz y vida y para revelarnos su proyecto de salvación, de amor y de misericordia.
 
En la vida de un sacerdote, por tanto, el estar con Jesús y el ser enviado son dimensiones indisolublemente unidas, que reclaman del ministro una vida espiritual atenta y una emergente vida de oración. De suyo, toda la actividad ministerial, -como recordaba San Alberto Magno-, “debe iniciar de hecho con la oración”. El servicio más precioso que el sacerdote puede y debe ofrecer a los otros, es precisamente el ser modelo y maestro de oración.
 
Y si la oración es una prioridad, la Eucaristía es la fuente y el culmen de su ministerio. En ella el sacerdote encuentra fuerza y valentía para servir al pueblo de Dios y conducirlo por los senderos de la fe. Junto a la escucha cotidiana de la Palabra de Dios, la celebración eucarística es el corazón y centro de la jornada y del ministerio del sacerdote, su escuela de vida.
 
“Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”: Pronunciar estas increíbles palabras; tomar con las manos el Cuerpo y la Sangre de Cristo; alimentarse de este Cuerpo y de esta Sangre, para el sacerdote, no obstante la personal indignidad, significa dejarse aferrar, conquistar, transformar por Cristo.
 
¡Qué gran misterio! Jesús no teme ponerse en las manos de un hombre, pecador como todos, pero elegido y llamado por Él para hacerlo su amigo. Todos tenemos necesidad de perdón y de misericordia. Y, sin embargo, el Señor elige a algunos de entre ellos para hacerlos partícipes de su único sacerdocio y convertirlos en ministros de su perdón y de su misericordia.
 
¡Qué gran misterio es este que comunica tan maravillosa responsabilidad y profunda alegría! Alegría que brota de la conciencia de haber sido encontrado por Cristo y de haber sido enviado por Cristo. Quien encuentra a Cristo en su vida, siente la alegría en su corazón y puede con libertad, sin temores ni cohibiciones, sentirse tomado y enviado por Cristo para anunciarlo con valentía. Así es la vida del sacerdote de Cristo: vida sencilla que anhela y trabaja por la salvación de sus hermanos y hermanas; vida toda de Jesús y llena de Jesús, de humildad, de alegría, consciente, -como afirmaba San Pablo en su segunda carta a los Corintios-, que “este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros”.
 
Queridos hermanos y hermanas: Esta celebración, a veinticinco años de la ordenación sacerdotal de Don José Trinidad, nos permite abrir la mente a la grandeza del amor de Dios, a reafirmar nuestra condición de bautizados y a sabernos “pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal”, testigos de Cristo resucitado en el mundo.
 
Desde esa conciencia, nos unimos al himno de acción de gracias, de súplica y de alabanza, que tú, querido hermano Don José Trinidad, elevas hoy a Dios por el don del sacerdocio. Con palabras de San Agustín, pedimos al Señor para ti cuanto él deseaba para sí mismo: “Que el Señor me conceda, -decía-, con la ayuda de vuestras oraciones, ser y perseverar, siendo hasta el final lo que queréis que sea todos los que me queréis bien y lo que quiere que sea quien me llamó y mandó; ayúdeme Él a cumplir lo que me mandó” (San Agustín, Obras Completas, Vol. XXVI, Sermón 340 A, n.9).
 
Que María, la Virgen Santa, la Madre que sostuvo con su ternura y amor, con su proximidad y con su oración los primeros pasos de los amigos íntimos de Jesús y de la Iglesia misma, te obtenga abundantes gracias, te acompañe y sostenga siempre en tu estar con Cristo y en tu caminar pastoril en tu diócesis, junto con tus sacerdotes, consagrados y laicos. Que todos y cada uno logren experimentar la paz y el apoyo constante de Cristo, en su esfuerzo por vivir como discípulos misioneros el gran desafío al servicio del Evangelio. 
 
¡Felicidades, hermano José Trinidad. Felicidades!  Amén.
 
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