Un Seminario que ya se ha Ido

Un Seminario que ya se ha Ido
Segunda de tres partes
 
 
Amigo lector, con cierta nostalgia pero,  al mismo tiempo, con mucha satisfacción  tengo que comunicarle que ha concluido, con la emisión del mes de abril, mi participación en  el  periódico diocesano. Asuntos familiares importantes  me  llevan   una vez más a Estados Unidos en apoyo a nuestro hijo que, por su trabajo, radicará en la ciudad de Minneapolis. Toda mi familia y un servidor tenemos la tarjeta  “Green Card”  (Tarjeta de residencia permanente en USA) que nos permite mirar  con optimismo nuestro  futuro. Esta columna (Carpeta de Ensayos de Waldo Etcheverry) será escrita en adelante  por mi entrañable amigo el Padre Gasca cuya primicia aparece ya en este mes de mayo. Agradezco al Padre Lauro la extraordinaria oportunidad y también al actual director el Padre Miguelito. Waldo Etcheverry agradece a  todos ustedes la gentileza de  sus atenciones.   Muchas gracias.
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No he  podido  olvidar,  en nuestro primer día de seminario,  los olores, sí…los olores  que emanaban de las mesas del comedor  pintadas de verde limón y cuyo olor mezclado con el aroma del café nunca ha salido   de mi mente,   era un olor tan  característico  asociado a una etapa de mi vida que no olvidaré.
 
Tampoco he podido olvidar  nuestros  primeros minutos en el seminario. Aquella mañana de febrero el  estupor en  nuestros rostros y el miedo que  nos invadía se hizo mas patente al ver a los seminaristas salir de la capilla con sotana negra y rostro lúgubre que, indiferentes, pasaron   junto a nosotros. Ahí permanecimos varios minutos hasta que alguien se acercó y nos dijo: “lávense las manos y pasen al comedor conmigo para que desayunen”. Y, ¿saben que desayunamos?, un vaso grande de café con leche con dos bolillos y un plato de frijoles negros.
 
Ese fue  nuestro primer desayuno, mismo que se repitió día tras día durante cuatro años, con la salvedad de que los domingos y días de fiesta se enriquecía el menú  de manera deliciosa con unos  huevos revueltos con los frijoles. En realidad, a la edad  de  doce   o trece años,  creo que la alimentación  no importaba tanto   ya que nuestras prioridades  estaban en otra parte, eso sí, comíamos con verdadera voracidad   lo que nos daban; el padre Pineda nos decía: “si frijoles arrimo, coman a llenar, hasta que revienten… es lo que nos manda Dios”. 
 
No quiero dejar de lado algo que pudiera ser un poco chusco en esos primeros días de seminario.  En 1963,  llegamos entre 50 y 60 nuevos;  ya no recuerdo el número exacto. Todos nos veíamos sonrientes y seguros de nosotros mismos, no obstante los tres o cuatro primeros días, por la noche al apagarse  la luz  del dormitorio de chicos, bajo nuestras cobijas dejábamos escapar el llanto…sí…llorábamos muy quedamente desahogando la inmensa tristeza que sentíamos por lo que habíamos  dejado  atrás: papá, mamá, hermanos, nuestra tierra.  No cabe duda que  ese fue un desprendimiento brutal en nuestra vida que nos marcó para siempre. A pesar de ello ninguno hacia mofa o burla de lo ocurrido.  Amigo lector, a esa edad todas las  heridas sanan con rapidez. 
 
Al mes de nuestra llegada, un poco antes de semana santa,  estrenamos nuestra sotana negra, la banda  azul y la cota blanca. Debo confesar que  “los nuevos” nos sentíamos muy raros  por la falta de costumbre.   En cuento nos fue posible,  conseguimos una cámara para sacarnos la foto teniendo de fondo las torres de catedral. Parecíamos “padrecitos”… era algo increíble y, por supuesto,  todos mandamos las fotos en una carta a nuestros papás  (continuará). 
 
Por: Pbro. Arturo Jiménez Gasca
 
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