Catequesis Dominical Mons. José Trinidad

LA SANTÍSIMA TRINIDAD
 
La fiesta del Dios Creador y Providente de todo el universo ha llegado. Queridos hermanos hoy celebramos a la Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la vida cotidiana, experimentamos el gozo de entregarnos a la Trinidad de manera casi automática. Nos encomendamos a Él cuando nos levantamos a la vida, y al entregarnos en sus brazos para dormir. Quisiera primero que nada, hacer mención del acontecimiento histórico de Dios a través de los tiempos. Desde el A.T. se hace presente “Dios” como el Dios creador, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Dios de Moisés y los diferentes profetas. 
 
El misterio tan profundo de la Santísima Trinidad es indescriptible, impenetrable. La misma finitud del conocimiento humano hace imposible que con las propias capacidades inteligibles del hombre, se descubra la grandeza e inmensidad de la riqueza que trae consigo el misterio Trinitario. “Todo lo que decimos nosotros no alcanza a decir lo que realmente es Dios”  La Santísima Trinidad lleva en si misma el misterio de la comunidad, porque son tres personas que se comunican, pero es una misma naturaleza. Por lo tanto cabe resaltar esto “no son tres Dioses sino un solo Dios”. Dios es amor dice san Juan, pero, ¿A quién ama? Si Dios ama a un ser inferior quiere decir que no es un Dios perfecto, porque necesita amar a alguien inferior a Él. Si ama a otro superior a Él, no sería Dios, porque ama a alguien mejor a Él, por lo tanto no es el Dios perfecto, porque hay alguien más perfecto que Él. 
 
Por ello tiene que tener a alguien a quien amar, a una persona igual a Él. Esto tiende a que comprendamos de mejor manera a la comunidad Trinitaria. El Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre, y el amor del Padre y el Hijo es el Espíritu Santo. Si no hubiera esto, sería el amor máximo egoísta que exista. Este amor se expande fuera de sí mismo, esto explica a su máxima creación: el ser humano.  Para poder terminar quisiera que reflexionáramos el Credo según san Atanasio, para poder adentrarnos un poco más a la grandiosa riqueza del misterio de la Salvación.
 
"Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.
 
Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede.
 
Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad.
 
Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Más aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado al adiestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.
 
Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse."
 
Por: Seminarista Gustavo Landa Cárcamo
 
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