¿Quién le sustituirá?

Si falta el sacerdote, ¿quién le sustituirá?
 
Todos les debemos sus oraciones y sacrificios, que sólo Dios ve.
 
"Si desapareciesen los sacerdotes, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas renacida en el bautismo? El sacerdote. ¿Quién la nutre con la Eucaristía para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir (a causa del pecado), ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!… Él mismo sólo lo entenderá en el cielo". Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas.
 
Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".
 
No hace mucho encontré este simpático texto de autor desconocido. Su título es “El sacerdote: Signo de contradicción”. Dice así:
 
Si es puntual para la Misa … lleva el reloj adelantado.
Si empieza tarde la Misa … nos hace perder el tiempo a todos.
 
Si hace obras en la iglesia… despilfarra el dinero.
Si no las hace… le interesa poco la iglesia.
 
Si tiene amigos ricos… vive con los que mandan.
Si se rodea de pobres… es un revolucionario.
 
Si es joven… le falta experiencia.
Si es mayor… debería jubilarse.
 
Si hace salidas con los jóvenes… descuida la parroquia.
Si no las hace… es que no se preocupa de los jóvenes.
 
Si participa en las actividades del pueblo… quiere meterse en todo.
Si no participa… desconoce la realidad de la gente.
 
Y… si el Obispo cierra la Parroquia por falta de sacerdotes…
entonces todo el pueblo firma una carta de protesta.
 
Si falta el sacerdote, ¿quién le sustituirá?
 
Si alguien quiere hacer algo por este mundo, nada mejor que dar la vida como sacerdote. La tarea es dura, hay que despertar a un mundo dormido, pero merece la pena. Sólo Dios sabe la alegría impagable que reciben nuestros pobres corazones de sacerdote, cuando vemos en la intimidad de las personas cómo Dios devuelve la alegría, la esperanza, la dignidad… Si hay algo que necesita este mundo son sacerdotes y buenos sacerdotes, sacerdotes santos.
 
Hombres dados a tiempo completo, entregados en cuerpo y alma por el bien de las personas, en sus necesidades materiales y sobre todo en las espirituales, de las que estamos tan necesitados y para las que el sacerdote es imprescindible. Yo sólo puedo decir que soy inmensamente feliz, que no me cambio por nadie, y que mil veces que naciera, mil veces que volvería a ser sacerdote.
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