HOMILÍA EN EL DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO

HOMILÍA EN EL DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
Am 7, 12-15; Sal 84; Ef 1, 3-14; Mc 6, 7-13
 
Llamó a los Doce y los envió de dos en dos
 
Queridos hermanos, el evangelio de este domingo es continuación del evangelio del domingo pasado. Todo lo que acontece a Jesús es enseñanza, experiencia y formación para los discípulos que lo acompañan. Los discípulos han sido testigos de los éxitos de Jesús, pero también de los conflictos de los escribas, así como de la mala acogida por parte de sus paisanos en Nazaret y ahora ha llegado el momento de enviarlos a una primera misión.
 
El evangelio de hoy dice que: “Llamó Jesús a los Doce”. No fueron ellos los que escogieron a su maestro. Fue Cristo quien los eligió. Además, ellos no fueron convocados para algo, sino para Alguien, es decir para Jesús. Jesús los eligió en primer lugar para vincularlos íntimamente a su Persona, los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar también de su misión (cfr. DA No. 131).
 
Además de que Jesús los llamó, los identificó. El evangelio dice que: “Les dio poder sobre los espíritus inmundos”, es decir que les dio el poder de hacer lo mismo que él hacía. Esto significa que, de todos los llamados, Jesús llamó especialmente a Doce, los formó, los identificó y los envió, es decir los convirtió en apóstoles. De hecho, la palabra ‘apóstol’ significa enviado. Jesús fue enviado o apóstol del Padre y, a su vez, Jesús llama de entre los discípulos a Doce para enviarlo como apóstoles a predicar y a expulsar a Satanás. Para esto Jesús los llamó, para darles su mismo poder sobre los espíritus inmundos y su misma misión de anunciar el Reino de Dios.
 
La misión no debe hacerse en solitario, sino: “De dos en dos”. La misión no es por iniciativa propia, hay que ser enviado, debe haber un mandato. Por otro lado no se hace de manera individual, sino ‘de dos en dos’, es decir en comunidad. Dice el Documento de Aparecida que no hay discipulado sin comunión (cfr. DA No. 156). Tampoco hay comunión sin misión: “La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión” (cfr. DA No. 163). Podemos decir que así como Jesús cumple aquello de: “Donde dos o tres se encuentran reunidos en mi nombre ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20), así también: ‘Donde van de misión de dos en dos también yo voy en medio de ellos’. De hecho al final del evangelio de san Marcos, cuando el Señor Jesús los manda a la misión, se dice que el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían (cfr. Mc 16, 20).
 
Dado que los Doce Apóstoles son identificados con Jesús: “Les mandó que no llevarán nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica”. Es decir, la misión se debe hacer al estilo de Jesús, con una apasionada entrega por el Reino de Dios. Para lograr el éxito hay que ir ligero de equipaje, es decir con una absoluta confianza en el Señor y no en los medios materiales. Para la misión lo más importante son los misioneros convertidos, convencidos y comprometidos; misioneros, que se hayan encontrado con Cristo, misioneros identificados con él, misioneros portadores de Cristo. Sí, porque si bien no hay que llevar nada material, si hay que llevar a Cristo en el cual Dios: “Nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy.
 
Dice Jesús: “Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan”. En un primer momento la misión fue itinerante, de casa en casa en las cercanías. Después de la resurrección irán a los confines de la tierra, en este momento es una primera experiencia de misión, una primera salida. Se trataba de ir a los otros, no que los otros vinieran a ellos. Se trataba más de recibir que de dar, de estar con los demás, de convivir con ellos, de compartir con ellos la esperanza del Reino de Dios. De manera que la casa que acogía a los misioneros se convertía, muchas veces, es casa de ellos y casa de misión. Aunque vivían en alguna casa, los misioneros eran siempre caminantes, no atados a nada ni a nadie, su única atadura era el Señor, su única riqueza era el Reino, eran misioneros liberados y liberadores, portadores de la paz, los cuales atraían por su testimonio para que otros creyeran en Jesús
 
Pero también hay que decir que Jesús los previno que lo que le sucedió a él también podría suceder a ellos, es decir que podrían ser rechazados, como el profeta Amos en la primera lectura que siendo del Reino del Sur va a predicar al Norte y es rechazado por Amasías el sacerdote de Betel. Aquí en el evangelio, llama la atención que Jesús diga que: “Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies como una advertencia para ellos”; extraña porque esto no lo hizo Jesús, pues cuando esto sucedió, simplemente se fue a otro lugar; como quiera es parte de la experiencia no sólo de llegar a ser rechazados, sino de ser rechazado el Reino de Dios.
 
En la segunda lectura tenemos un himpo paulino que canta el designio de Dios sobre nosotros, el cual tiene como centro a Cristo. Este himno bien pudo ser el contenido de la predicacion: Que en Cristo tenemos todas las bendiciones de Dios, en él hemos sido elegidos para que seamos santos e irreprochables a sus ojos, en él llegamos a ser hijos de Dios. Por Cristo hemos recibido la redención, el tesoro de su gracia. Por Cristo somos herederos y en él, después de escuchar la palabra de la verdad, hemos sido marcados con el Espíritu Santo prometido, el cual es garantía de nuestra herencia en los cielos.
 
Finalmente el evangelio dice que, después de que Jesús los instruyó: “Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban”. En estas palabras vemos la finalidad de la predicación, es decir el arrepentimiento, la conversión, pero por otro lado los efectos: expulsaban a los demonios ungían con aceite a los enfermos y los curaban. Se ve claro que la misión de los apóstoles no es otra, sino la misma misión de Cristo. Se cumple lo que dice Jesús en el evangelio de san Juan: “Como el Padre me envió, así los envío yo” (Jn 20, 21).
 
Hermanos, a nosotros también el Señor nos llama a la conversión y al arrepentimiento; el Señor quiere que seamos sus discípulos, desprendidos y misioneros, que demos testimonio con nuestra vida de la riqueza de ser portadores de Dios para que así muchos otros crean en Jesús. Así pues sintámonos llamados, identificados y enviados de Jesús. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 

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