HOMILÍA DE LA PEREGRINACIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN

HOMILÍA DE LA PEREGRINACION A LA VIRGEN DEL CARMEN
14 de julio de 2015
 
Queridos hermanos todos en Cristo nuestro Señor, después de haber vivido el año jubilar vocacional con ocasión de mis 25 años de vida sacerdotal, y dentro del año de la vida consagrada y en preparación al año de la misericordia, decretado por el Papa Francisco, venimos como diócesis de Papantla en peregrinación ante la imagen bendita de nuestra Señora del Carmen.
 
En esta Eucaristía queremos honrar a María como Madre y Reina de la Unidad. Por eso las lecturas de la Palabra de Dios, que han sido escogidas para esta celebración, nos hablan especialmente de la unidad, la cual es fruto de la Pascua de Cristo para su Iglesia.
 
En efecto antes de su pasión, nuestro Señor Jesucristo oró por la unidad de sus discípulos y de todos los que creerían en él por la palabra de ellos. A Jesús le brotaba esta oración porque sabía que el padre de la mentira trataría de sembrar la división por medio del pecado. Por eso rogaba al Padre: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. Así pues, Cristo quiere a su Iglesia presente en el mundo especialmente por el signo de la unidad. La unidad es signo de la presencia del Espíritu, como su contraparte, la división es signo de la presencia del maligno.
 
La unidad es un don de Cristo resucitado para su Iglesia. Por tanto, la Virgen María, en cuanto Madre de Cristo, es Madre y Reina de la unidad. En efecto, ella estuvo al pie de la cruz, con la cual, Cristo nos abraza a toda la humanidad y nos hace un sólo pueblo pues en la cruz derribó el muro que nos separaba, es decir el odio, e hizo de los dos pueblos un solo hombre nuevo porque él es nuestra paz (cfr. Ef 2, 14-16).
 
También, como sabemos, María estuvo con los discípulos pidiendo la venida del Espíritu Santo al nacer la Iglesia. Por tanto es nuestra intercesora y modelo de la unidad de la Iglesia que tanto necesitamos y que el mundo necesita de nosotros para creer en Cristo resucitado. El Concilio nos dice que: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG No. 1).
 
Sin embargo, constatamos a diario que vivimos en un mundo lacerado por la violencia y la división. La herida del pecado que dividió a nuestros primeros padres, Adán y Eva, sigue estando presente en el mundo y en la Iglesia, por eso, en esta peregrinación, le pedimos a nuestra Señora del Monte Carmelo el don de la unidad.
 
La unidad es una gracia y una tarea. Por eso es importante convertirnos del yo al nosotros Dejar a un lado personalismos y liderazgos que dividan a nuestra Iglesia o a nuestras familias. Esto exige de nosotros que cuando haya problemas, en lugar de levantar muros, tendamos puentes entre nosotros. Ante las divisiones, nuestra actitud debe buscar la manera de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos mutuamente a llevar las cargas de nuestros hermanos (cfr. EG No. 67). Hay que confiar en el corazón del hermano y hay confiar nuestro corazón al compañero de camino, sin recelos, sin desconfianzas (cfr. EG No. 244),
 
La unidad no es uniformidad sino armonía en la pluralidad. Ni nos elegimos, ni nos excluimos, sino que nos aceptamos, nos amamos y nos ayudamos porque Dios nos ha hecho familia suya por la gracia del bautismo en su Iglesia. San Pablo nos dice que ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios porque estamos edificados sobre los apóstoles y los profetas, mientras que Cristo es la piedra angular y en él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. (cfr. Ef 2, 19-22).
 
Por eso “La Diócesis, presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la misión. Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio. Este proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los nuevos desafíos” (DA No. 169).
 
Nuestra unión con Cristo hace la Iglesia y la comunión entre nosotros. Las primeras comunidades cristianas tenían un solo corazón y una sola alma (cfr Hch 2, 42). Que la unidad sea un primer valor, entre nosotros, para que el mundo crea. El Papa Francisco nos dijo en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que la unidad prevalece sobre el conflicto: “Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad” (EG No. 226). Situarse ante el conflicto significa sufrirlo, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso (cfr. EG No. 227). Se trata de desarrollar una comunión en las diferencias, es un modo de hacer que los conflictos, las tensiones y los opuestos puedan alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida (cfr. EG No. 228).
 
En este sentido la misión del obispo y de su presbiterio es ante todo la unidad. “En el ejercicio del ministerio pastoral, el Obispo se siente y se comporta como “principio y fundamento visible” de la unidad de su diócesis, pero siempre con el ánimo y acción dirigidos a la unidad de toda la Iglesia católica. Promoverá la unidad de fe, de amor y de disciplina, de modo que la diócesis se sienta parte viva del entero Pueblo de Dios. La promoción y búsqueda de la unidad será propuesta no como estéril uniformidad, sino junto a la legítima variedad, que el Obispo está también llamado a tutelar y promover” (AS No. 58).
 
En la primera lectura, el Señor Dios promete a su pueblo disperso, hacerlo volver a su tierra y congregarlo en la unidad. En el Salmo hemos escuchado que: “El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño”. Eso le pedimos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que lleve a cabo en nuestro mundo, en nuestra Iglesia, en México y en nuestra diócesis, la unidad. Jesús nos une, María nos une, la fe nos une, la alegría de la misión nos une, especialmente el testimonio de nuestra vida, por tanto unamos nuestras voluntades y nuestros afectos para llevar a cabo nuestra misión de modo que el mundo crea y viva en la comunión con Dios, con María y con la Iglesia. ¡Qué así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
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