La Summa Ecológica

La <<Summa Ecologica>> del Papa Francisco: volver a la realidad.
 
La «Laudato Si’» de Papa Francisco no es solo una Encíclica ecológica. Siguiendo el “hilo verde” de la cuestión ambiental hasta sus vericuetos más capilares, el obispo de Roma traza una crítica global sobre el sistema de desarrollo que envuelve a la humanidad y al mundo y que parece empujarlos hacia el callejón sin salida de la auto-aniquilación. La emergencia ecológica es el rostro contemporáneo de la cuestión social. 
 
Apología del pensamiento crítico 
 
En las más de 200 páginas del texto papal, viajamos también entre algas y mantos acuíferos contaminados, entre arrecifes coralinos e invadentes aparatos de aire acondicionado. Pero el punto fundamental del mensaje es la constatación objetiva de la insostenibilidad del modelo de gestión impuesto en el mundo por la globalización neo-mercantilista. Papa Francisco documento que «más allá de cualquier predicción catastrófica, lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista». Al hacerlo, indica y describe las conexiones, a menudo ocultadas, que relacionan las crisis financieras con las migraciones bíblicas de pueblos enteros, las convulsiones geopolíticas y las guerras mundiales «a pedacitos» desencadenadas por el control de las fuentes de energía, porque los «problemas del mundo no pueden analizarse ni explicarse de forma aislada».
 
Sus consideraciones, más que describir escenarios futuristas, son en muchos casos la descripción de un futuro que ya ha comenzado. Como cuando expresa la fácil previsión de que «ante el agotamiento de algunos recursos» se va creando «un escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones». 
 
Volver a la realidad 
 
 La mirada crítica que aplica Papa Francisco a los procesos de auto-destrucción puestos en marcha por la búsqueda de «un beneficio inmediato», al que instigan las leyes del mercado «divinizado», no surge de un idealismo romántico o del sueño nostálgico de volver en el tiempo para retomar formas de vida pre-industriales. El punto del que surge su juicio sobre el estado de la cuestión es más bien el respeto de la realidad, el respeto de ese dono que el delirio de omnipotencia tecnocrático trata contantemente de violar. La raíz del problema ecológico, reconoce Papa Francisco, radica en el hecho de que «hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla». Toda la encíclica está llena de realismo y de respeto del principio de realidad frente a los datos objetivos que marcan la condición humana, empezando por el reconocimiento de los límites del mundo y de sus recursos.
 
A lo largo del texto, Papa Francisco disemina eficaces antídotos en contra del fideísmo del «paradigma tecnocrático» y de los que lo publicitan, obteniendo grandes beneficios. Siguiendo las huellas de Romano Guardini, autor importante para el Papa, Francisco denuncia los límites del antropocentrismo moderno que «ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, porque este ser humano “ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente”». La intervención del ser humano en la naturaleza, recuerda Bergoglio, «siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas.
 
Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante». Y ahora, si se quiere neutralizar verdaderamente el germen de la auto-aniquilación que anida en los modelos de vida y de consumo impuestos por el paradigma tecnocrático, «ha llegado el momento de volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone, que a su vez son la posibilidad de un desarrollo humano y social más sano y fecundo». 
 
La Iglesia amiga de los seres humanos 
 
Al proponer al mundo su “Summa Ecologica”, Papa Francisco también ofrece a todos los dones apropiados y saludables que encuentra en el rico tesoro de la Tradición y de la memoria cristiana. No reivindica para el cristianismo la “la matriz” teológico-cultural del sistema capitalista o de los modelos de desarrollo difundidos por la economía de mercado. Por el contrario, en esa vertiente describe las posturas de un «antropocentrismo desviado» y reconoce que «una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles».
 
Bergoglio sugiere que en la actualidad es la experiencia cristiana de la gratuidad de la Creación, marcada por la sorpresa y por el agradecimiento por un don recibido que debe ser tutelado, la que puede ayudar a todos a volver a encontrar estilos de vida que no estén sometidos a las bulimias neuróticas impuestas por el consumismo.
 
«Cuando pensamos en la situación en que se deja el planeta a las generaciones futuras», escribe Bergoglio, «entramos en otra lógica, la del don gratuito que recibimos y comunicamos. Si la tierra nos es donada, ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual». 
 
 Con su encíclica, el Papa toca un nervio del mundo, llama la atención proféticamente sobre la urgencia planetaria de estos momentos. En el escenario del mundo, sacudido por guerras y enemistades, indica a todos, en la defensa de la vida y en la salvaguardia de la Creación, un terreno común en el que es posible volver a descubrir y vivir de manera concreta el destino común que une a los judíos y a los cristianos, a los musulmanes, a los fieles de las diferentes tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de la tierra. Tal vez por este motivo, es probable que incluso los potentes de las naciones atiendan sus palabras. Como sucedió en el pasado con la “Pacem in terris”, cuando el otro nombre de Dios se evocaba frente a las amenazas de la guerra nuclear, o con la “Populorum progressio”, cuando Pablo VI habló al pueblo que salía del neo-colonialismo sobre los «pueblos del hambre» que «llaman a los pueblos de la opulencia».
 
Esto puede suceder cuando la Iglesia demuestra al mundo límpidamente que predicar el Evangelio de Cristo quiere decir ocuparse del bien de todos y estar al servicio de todos. Porque, como decía San Agustín, el bien propio de la Ciudad del hombre es fundamental para todos los que pertenecen a la Ciudad de Dios. 
 
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